Heimat, dulce heimat

20 de Agosto.- La palabra Heimat tiene una difícil traducción al español. Porque participa de los campos de significado de varias palabras de nuestro idioma. Grosso modo, podría decirse que Heimat (equivalente inglés de Homeland por construcción) podría ser “Patria”, pero sin parte de la alharaca épico festiva con que los generales utilizan ese término antes de darle estopa al enemigo. También podría ser “Terruño” o “Mi pueblo” siempre que se utilice ese binomio con el punto lírico de Juan Ramón en Platero y yo. En cualquier caso Heimat se utiliza para hablar de ese sitio en donde están las raíces de uno y, al utilizar esta palabra, a los indígenas siempre se les pone cara de estar contemplando un dorado reflejo de su niñez. Heimat es una palabra que habla de la nostalgia, y del recuerdo deformado para mejor.
Ayer estuve viendo en ARTE –esa cadena que nos alivia del aburrimiento de existir- un bonito documental en el que se hablaba de los Heimatfilme, o género cinematográfico específicamente teutón que se dedica a cantar las excelencias de una arcadia feliz y campestre situada en algún punto vago de la segunda mitad del siglo XIX.
Este género estaría sumamente emparentado con el lado más fetén de nuestras españoladas más folklóricas (“Pan, amor y andalucía” y por ese lado de nuestro cine de castañuela y brazo en alto) sólo que, sustituyendo la alegría, el arsa,salero y olé, estaría determinado componente lírico-boscoso que hace de estas películas parte de una mitología kitsch particular.
Los críticos alemanes que salían glosando las características de este género de cervatillo y mushasha con trenzas rubias en medio de un prado forrado de gladiolos, decían –criaturicas- que era un género reciamente alemán, sin darse cuenta de que en cada país, durante los tenebrosos momentos de la posguerra mundial, la industria de la evasión se dedicó a recrear unos mundos cristalinos en los que no existía el hambre ni la pobreza.
¿No es verdad, angel de amor, que en este apartado bosque hasta el sombrero horrible te sienta mejor? Típica estampa de heimatfilm en la que un lechuguino de capital intenta camelarse a la ingenua campesina.
En España, ya digo, había gitanas que estaban contentas de ser mastuerzas pero grasiosas, y que se dedicaban a corromper a payos que representaban el orden más fas…digo, conservador (esa “Morena Clara” con Fernando Fernán-Gómez y Lola Flores que fue nuestro antecedente más racial de “My Fair Lady”) y había Marisoles que, sin vivir en el campo (Marisol es un mito esencialmente urbano) hacían surfing sobre las carencias del desarrollismo cantando que la vida es una tómbola (de luz y de color).
(Paréntesis: hay un diálogo absolutamente surrealista de “Marisol Rumbo a Río” en el que Isabel Garcés y Marisol pasean en un taxi por la populosa ciudad brasileña. Señalando un monte, pregunta Marisol:
-¿Y esas casas, qué son?
A lo que el personaje de Isabel Garcés, contesta:
-Son Favelas, Marisol. La gente que vive en ellas es muy pobre pero vive muy feliz.
Tócate un pie. Es un diálogo como para tirarse en plancha, kalashnikov en mano, a la barricada más cercana. Se cierra paréntesis)
Por razones de incompatibilidad de imaginario, han llegado a España pocas películas de este género tan particular (bastante teníamos nosotros con Paquita Rico, Lola de España y Carmen Sevilla). Ahora, que tuvimos ocasión de ver la primera peli de Sisí (vamos y las otras) que representan a la perfección este mundo rosa y almibarado de las montañas de Baviera y del Tirol. En él, no puede faltar un alcaldón iracundo de levita, ni un conflicto matrimonial, ni un grupo de damas que van a la iglesia con su delantalito de flores y su sombrerito graciosamente ladeado sobre una ceja; también son imprescindibles el grupo de vagabundos que tocan el acordeón y entonan peculiares cantos de la tierra.
Sissí y Franz Joseph en plenos Alpes después de haberse hecho un porrito de Edelweiss (si no, ¿De qué tanta alegría? ¿Eh? De qué)
Una cosa curiosa que decían ayer los críticos de la cosa es que en los heimatfilme no hay malo. No hay conflicto más allá del de los amores no correspondidos que, al final, siempre terminan encontrando una correspondencia. Es un mundo sin historia, ni pasado, ni futuro, una realidad con la brillante e infinita superficie de un disco que girase de manera indefinida.
Desde que estoy aquí, me dedico a ver de vez en cuando estos flines que la ORF programa los sábados por la mañana (hora de comer) para disfrute de su audiencia más madura. Poco a poco, han empezado a formar también parte de mi mitología personal. Por ejemplo, “Geierwally” (historia de una chica aguerrida y medio marimacho cuya principal hazaña en el flin es robar un polluelo de buitre por razones ignotas para un espectador español, por lo menos para este espectador español).
Los lugareños se extrañan mucho de este interés mío por la cultura pop local –más que nada porque, como la tercera emisora de radio de la ORF ,es para viejos- pero para entender el presente es necesario también saber algo del pasado ¿O no?

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