Austria Picada

Joseph Hader como Brenner en una de las escenas de la película

9 de Marzo.- Un día, rebuscando en Müllers, encontré un DVD barato (10 Euros) de la colección de cine austriaco del Standard. La portada llevaba la foto de un hombre arrastrando una cruz. La imagen, que prometía un film coñazo en la línea de Igmar Bergman (paseos cariacontecidos por el amor y la muerte) y el título, Silentium, despertaron el lado más gafapasta de mi ser. La perspectiva de aburrirme como un búfalo ante una supuesta obra maestra, me hizo sacar un billete y entregarselo a la cajera con la unción que se usa cuando se cumple un deber ingrato pero que nos hace mejores.
Llegué a mi casa, metí el disco, respiré hondo y esperé: a la media hora había recibido un curso intensivo de humor austriaco.
Silentium era (es) una película policiaca –lo que aquí se llama Krimi– protagonizada por Joseph Hader. Estupefacto, ingrávido de la emoción, acudí a la sabiduría de mis alumnos: ¿Quién era este hombre? ¿Había hecho más películas? ¿Basadas en libros? ¿Se podían comprar? Las respuestas llegaron en fila: Joseph Hader, cabaretista (actor ocasional). Sí, Komm süsser Tod; basada en un libro de Wolf Haas. Estaba a la venta.
Desde entonces soy fan de Hader y de Haas y, por supuesto, del personaje que ya es tanto del uno como del otro: Brenner: un tipo marginal que, por lo mismo, goza de una perspectiva privilegiada sobre la sociedad austriaca.
Der Knochenmann es la tercera de las películas dedicadas a Brenner, que fue policía y luego detective privado siempre al margen de los luminosos senderos del éxito. En esta, el fatalista Brenner se gana la vida como mamporrero de una compañía de leasing de coches. La búsqueda de un vehículo perdido le lleva a una solitaria Wirtshaus de carretera (una institución infaltable en el paisaje austriaco, especie de taberna de la que hablare mañana). En esta, contra su voluntad, Brenner se verá arrastrado a un círculo de humor (negro), amor y muerte.
¿Por qué son buenas las películas de Brenner?
En general, porque son entretenimiento de muchos octanos pero además:
a) Porque son ejemplos del humor austriaco más puro. Ese que, cargado de una eficaz metralla de ironía, en el minuto uno te desencuaderna de risa, en el dos te pone un nudo en la garganta y al tercero te lleva a las arcadas (no necesariamente en ese orden).
b) Porque en manos de Wolf Haas los tópicos más sobados parecen frescos.
c) Porque las películas están hechas de personajes reconocibles (algo extremos) que compatibilizan un realismo feroz con una clase curiosa de estilización que los hace enormemente atractivos. Nadie es bueno ni malo, sino todo lo contrario.
d) Porque funcionan a muchos niveles. Quien quiere pasar un buen rato, pues va y lo pasa, y quien quiere algo más, casi que debe (por ejemplo buscar el lado de parábola moral que tienen las historias).
Un último apunte: cuando se habla de la necesidad de la existencia de un cine europeo se suele pensar en salas medio vacías, en subvenciones a fondo perdido y en cintas que describen a cámara lenta la caida de una gota de agua durante tres horas (en Austria pelis sobre el nazismo y los campos de exterminio, en España pelis sobre la Guerra Civil llenas de republicanos animosos y curas fascistoides y rijosos que se comen a los niños crudos). Pero ayer la sala más grande del Apollo Kino (¿Cuatrocientas, quinentas butacas?) estaba llena de gente que iba a pasarselo bien con una peli, por supuesto, de gran calidad y a nadie le importaba que fuera europea, china o neozelandesa, porque era buenísima. Y nos lo pasamos bomba. Doy fe.

NOTA AL MÁRGEN: Mi primo N. y yo salimos del cine la mar de orgullosos. Tras tres años largos aquí y sin cursos (bueno, casi) habíamos conseguido entender una peli chunga que te cagas (¿Un Airbag austriaco?) y nos habíamos reido en alemán. Era el fresco aroma de la victoria.

Lo más sorprendente, o quizá no tanto, es que en la vida real, Joseph Hader es un hombre enormemente culto y refinado (además de modesto)
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