Generación porno

El beso, cortometraje filmado por Thomas Alva Eddison en abril de 1896 en su estudio Black Maria. Como aquel que dice, el pleistoceno superior.

17 de Enero.- Querida sobrina: leo en los periódicos locales una de esas noticias que parecen una gilipoyez pero que ayudan mucho a tomar el pulso de una sociedad. Debido a la influencia del porno, los fabricantes se han visto obligados a eliminar (o modificar) la talla S de condones porque los hombres se acomplejaban al pedirlos en la farmacia, no fuera a pensar la boticaria que tenían la pichulilla pequeña.
También leí el otro día un artículo con el mismo título de este post, en el que se intentaba hacer reflexionar a los lectores a propósito de una realidad que se ha vuelto cotidiana de manera muy rápida en los últimos años: somos la primera generación en la Historia que ha tenido la pornografía tan al alcance de la mano y de manera tan socialmente aceptada. Basta con teclear la dirección web de cualquier página de nuestra elección y en un par de clics estaremos mirando, de manera anónima –bueno, más o menos- un ejemplo de aquella práctica sexual que más nos alborote los instintos.
La pornografía se ha convertido en un fenómeno complejo, al que no se dedican sólo los profesionales. Hay portales especializados llenos de vídeos en los que voluntariosas amas de casa y esforzados émulos de Nacho Vidal le enseñan a la ciudad y al mundo sus habilidades amatorias imitando los jadeos y las posturas, a veces peligrosas, que ven en las películas (digo que son a veces peligrosas porque se sabe del caso de un cándido escritor –hoy septuagenario- que admite en su biografía haberse roto tres costillas en una sesión de equilibrios venéreos).
Tanta afición al tema, con el consiguiente aprendizaje de sus mecanismos, ya ha empezado a producir los primeros cambios en la sexualidad del mundo occidental. Particularmente, porque, como cantaba la Martirio “Es un diario sentrañas es un diario, que mi marío me pida que le haga lo del vídeo comunitario”. O sea, que los jóvenes que empiezan en el tema corren peligro de acomplejarse porque no tienen un mandado que les llegue por la rodilla y ellas porque la naturaleza no las dotó con un par de pechos semiesféricos, ubérrimos e inmóviles a lo Afrodita, la novia de Mazinger Z.
(Y aquí, abro un paréntesis: el auge de las tallas de sujetador extragrandes es un producto de la influencia americana; la sexualidad mediterránea era mucho más felliniana: o sea, centrada en las prietas y generosas ancas. Se cierra paréntesis).
A fuerza de ver por todas partes la misma imagen repetida, se ha instalado subliminalmente la noción de que lo natural es lo que vemos en los vídeos. O sea, un sindiós. Un poner: como si pensáramos que lo lógico en esta vida es llevar a la oficina un látigo y un revólver como Indiana Jones.
Por otra parte, la pornografía está hecha en su mayor parte por hombres y para hombres y establece un modelo de relaciones con las mujeres que pone los pelos de gallina (en fin, sabemos que la pornografía es ficción y que nadie ve –según aguantes– más de veinte minutos de cualquier material de esta clase, pero la verdad es que incluso esta forma tan básica de desahogo transmite un mensaje ideológico). Un modelo que, por cierto, se extiende también incluso a aquellas prácticas que se alejan de la corriente general.
Lo que también ha hecho aflorar otras cuestiones, como la redefinición de qué tipo de relaciones sexuales son admisibles –en este contexto, utilizar el adjetivo “normal” siempre hace que corras el peligro de que te tomen por uno del Opus-. Una cosa que nuestros padres –en muchos casos por desgracia- tenían clarísima pero que ahora está sujeta a un debate contínuo. Un debate que produce situaciones como la de que un parlamento europeo haya decidido hace pocas fechas legislar a propósito de las prácticas sexuales con animales –algo que, en el mundo de hace veinte años, era no sólo un territorio inexplorado por la mayoría de la población, sino hundido absolutamente en la marginalidad; pero que, en el de ahora, no debe de ser ni tan inexplorado ni tan marginal, a juzgar por la prisa que se ha dado el legislador en regular campo tan proceloso-.
Sólo he querido con esta carta exponerte una serie de cuestiones relacionadas con el tema que a mí me causan perplejidad y curiosidad. Quién sabe las leyes que se verán en dos décadas si la cosa sigue así; o quién sabe si el péndulo volverá y ocupará la imaginación el puesto que de momento ocupan los ávidos ojos.
Besos de tu tío
Articulo publicado en Cada miercoles, escribeme una carta. Guarda el enlace permanente.

2 Responses to Generación porno

  1. Arantza dice:

    Interesante post, Paco. Como yo trato con mucho adolescente debido a mi trabajo, y como un curso de idiomas da para hablar de muchas cosas, alguna vez hemos debatido este tema. Y me han dado escalofríos. Hace poco oí a una famosa sexóloga quebequesa hablar de un nuevo síndrome entre los más jóvenes, que ella llamaba «el síndrome del porno», en el que muchos parecían tener dificultades diversas en sus vidas amorosas (impotencia, insatisfacción crónica,esa sensación de que podrían estar haciendo «más», complejos varios) causadas porque el aprendizaje sexual lo hacen principalmente por medio de esta lente deformante que es el porno. Al igual que esta terapeuta, en algunas conversaciones con chicos he tenido que intentar traerles de vuelta al mundo real: un mundo en el que las mujeres necesitan preliminares; en el que «no» quiere decir exactamente eso, y no «quizás»; en el que cuanto más inexpertas son, tratarlas con respeto y delicadeza es obligatorio; no, no pienso que el sexo tiene que ir obligatoriamente de la mano con el amor, pero me parece que en un contacto tan íntimo, lo mínimo es recordar que la persona que uno toca es eso: una persona. Respect, brother ;-).

  2. Paco Bernal dice:

    Hola!

    Yo creo que, en este caso, también influye en cierto modo la crisis de la masculinidad…Pero en lo demás, completamente de cuerdo contigo.

    Saludetes

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