Domingo de Ramos, 1984

Flores del ciruelo de mi terraza, hoy, Domingo de Ramos de 2010

28 de Marzo.- En mi casa, cuando éramos pequeños, mi madre siempre decía lo de:

-Domingo de Ramos, el que no estrena, no tiene manos.

Y nosotros siempre la poníamos en un apuro preguntándole por qué. Ella no sabía decirlo y yo, hoy en día, tampoco. Aunque es probable que, si se sigue usando la tradición, Ainara pregunte lo mismo y no sepamos qué contestarle. Será uno de los pocos misterios de su vida que se mantenga sin desvelar y estará bien así.

Mientras planchaba, me he acordado del domingo de ramos de 1984, el año en que hice la primera comunión. También hacía un día nublado, como hoy. Con un cielo húmedo y de color antracita, que amenazaba lluvia. Lo recuerdo bien. Fuimos a misa de once, a la reservada a la muchedumbre de los catecúmenos –entonces todo el mundo hacía la comunión- y fuimos con mi padre. Cosa extraña, porque siempre era mi madre la que venía con nosotros. Mi hermano también estaba.

La iglesia olía a multitud apretujada, a colonia barata, al betún con el que los zapatos trataban de disimular los achaques de la edad y de los patios de recreo terrosos, a chavales que montaban un cierto revuelo al darse la paz (era el único momento de la misa en el que estaba permitido cierto relajamiento). La eucaristía la celebró un páter que ya descansa. Un cura con bastante pluma del que mi hermano, con cierta mala leche que, en aquella época, era bastante inocente, hacía una imitación bastante buena que a nosotros nos hacía partirnos de risa.

Éramos todos hijos del trabajo. Del taller, de la fábrica o del andamio. Y, para burlar la maldición de quedarnos sin manos, estrenábamos cosas humildes. Productos de mercería o de tienda pequeña que las madres allegaban haciendo un extraordinario. Unos calcetines de perlé (blancos, con caladito), unos calzoncillos, algún jersey (recuerdo uno a rayas que hacía un poco de daño a la vista). Cantábamos en misa canciones pop adaptadas a las exigencias del culto. O himnos un poco moñas como aquel de Dios es amor, la Biblia lo dice, Dios es amor, San Pablo lo repite. Dios es amor, ven y lo verás. En el capítulo cuatro, versículo ocho, primero de Juan.

A la puerta de la Iglesia se ponían gitanos a vender las palmas. Las modestas ramas de olivo (dos por ramo) atadas con un cordel blanco y las más elaboradas palmas de color pajizo, trenzadas con cintas; al modo de Levante. A mí me gustaban mucho más, pero sólo se las podían permitir los más pudientes porque eran caras. Las ramas de olivo rociadas con agua bendita (“asperger” creo que es el verbo correcto) se ataban en los balcones y en las rejas. Soportaban las lluvias de la primavera conservando milagrosamente todas las hojas (el mundialmente conocido “agua bendita power”), y el calor del verano, y las brumas invernales hasta la siguiente primavera en las que eran sustituidas por otras nuevas.

Aquel domingo de ramos, mi hermano y yo compramos los olivos a la puerta de la iglesia y, después de benditos, fuimos como siempre a casa de mi abuela María. Creo recordar que le dimos un trocito de nuestra rama –que, después de todo, no pensábamos colgar, porque no teníamos reja ni balcón- para que la pusiera en la ventana de su umbrío dormitorio en el que rara vez daba el sol –ocupaba la esquina más oscura del patio interior-.

Luego, no sé qué hicimos. La película de mi recuerdo llega sólo hasta el beso que mi abuela nos dio para despedirnos.
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4 Responses to Domingo de Ramos, 1984

  1. PabloSalzburg dice:

    Dios mío! Los calcetines de perlé. Ya había conseguido olvidarlos. Por qué, Paco, por qué… Tendré que empezar de nuevo con la terapia.

    Saludos salzburgueses

  2. El herpato en cuhtión dice:

    Desde luego que la psicoteriapia tiene que funcionar. Has conseguido sacar de mi recuerdo escenas que ni siquiera pensé que las tendría guardadas.

    Gracias, herpato.

    Besos.

  3. Paco Bernal dice:

    Hola a los dos!

    A Pablo: jajaja. Los calcetines aquellos los había de dos tipos: los que tenían elástico y te cortaban la circulación -cómo picaban- y los de verano, que se te caían (o «te los comías», como decíamos nosotros) y te los tenías que estar todo el tiempo colocando. Sufrirán los chavales de ahora esas cosas? jajaja.

    Saludos vieneses.

    A mi hermano: de nada, de nada. A mí me pasa mucho con N., esto. El otro día estuvimos hablando de las Disco Light. Tienes tú idea del tiempo que hacía que no oía yo esa palabra?

    Besos

  4. amelche dice:

    Tendré que mandarte la próxima vez (ahora ya se ha pasado) alguna palma blanca para que la pongas en el balcón. Aunque en Viena, se helará seguro, no sé si te durará hasta el año siguiente…

    No sé si sabes que Elche manda cada año al Papa y a cada persona de la familia real palmas blancas para ese domingo. Y no sé si sabes cómo se quedan blancas las palmas:

    Se atan las hojas de la palmera hacia arriba y se tapan con una bolsa de plástico negro, que las pobres palmeras parecen un capurucho (creo que en Andalucía les llaman «nazarenos», estos que salen con los trajes de Semana Santa y el gorro de punta en las procesiones). Al no darles la luz, las hojas se ponen blancas, aunque también creo que las echan en una piscina con lejía para que blanqueen más. Luego unos hombres trepan a la palmera con cuerdas (de esparto, si es a la manera tradicional), cortan las hojas blancas y se las llevan. Luego son las mujeres las que trabajan a mano para hacer las palmas rizadas, típicas de las niñas o mujeres, porque las de los hombres son lisas.

    Bueno, aquí lo tienes todo muy bien explicado:

    http://www.palmablanca.com/elaboracion/index.html

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