Encerrado con un solo juguete

11 de Julio.- Todos los días, antes de ir al gimnasio, entro por lo menos cinco minutos a mi tienda de segunda mano favorita, que está justo debajo de donde me castigo.

El otro día, en la vitrina en donde están puestos los artilugios electrónicos, hice un hallazgo sensacional: una camarita digital de vídeo que estaba como nueva. Su dueño la había vendido porque, desde que salió a la venta en 2009, han salido otros modelos más pequeños (aún) y que ofrecen mejores prestaciones. Sin embargo, para mis propósitos era (es) perfecta. Conté mentalmente: calculé que el dinero que me iba a costar lo iba a recuperar con las clases de aquella semana. Total: no suponía mayor gasto y, eso sí, una cantidad considerable de diversión. Así pues, con la decisión ya tomada, llame al dependiente, que sacó de la vitrina la caja con la cámara como si esta fuese un bien delicadísimo y precioso. La pagué y, desde entonces, ando haciendo experimentos.


Lo primero que he aprendido es que el enemigo a batir se llama La Maldición de la Cámara Subjetiva. Todas las grabaciones domésticas caen en ella. Consiste en que los planos se alargan y se alargan y se alargan, mientras la tía Enriqueta explica lo bien que le ha salido el cocido o el infante de la casa hace sus monerías que interesarían más quizá, contadas de otra manera. Es algo, me dije, que tienes que evitar a toda costa. Por otra parte, prácticamente desde que el cine dejó de ser una curiosidad científica y desde que la tele es tele (vale también para internet) el espectador está entrenado para no aguantar más de veinte segundos de plano fijo. Con una cámara de fotos, esta fragmentación de la mirada es fácil. Basta con hacer tomas del mismo objeto desde diferentes ángulos. El vídeo, sin embargo, exige más astucia. Yo, como pueden ver mis lectores, todavía estoy en ello.

Me consolaba pensando que el programa de edición que tengo, aún siendo rudimentario, es más de lo que tenía cualquier cámara hasta los setenta. Puedo hacer transiciones, incluir varias pistas de sonido, títulos y música. En fin: un mundo lleno de posibilidades.

Los ensayos, hasta ahora, han tenido un éxito desigual. En cualquier caso, están bastante lejos del estándar mínimo exigible para poder estar en Viena Directo. He hecho dos: una pieza de apenas un minuto que grabé el otro día en el Museums Quartier y otra algo más larga que grabé ayer en el Arsenal. La del MQ quedó bien porque era sencillita: planos del escritor e, intercalados, planos del público. Ayer, con la del Arsenal, me metí en más jardines y, aunque no ha quedado horrorosa, es manifiestamente mejorable.

Otra cosa importante en la que estoy trabajando es la de intentar desarrollar un método de trabajo eficiente. A razón de una hora de trabajo por cada minuto de película, si quisiera hacer piezas ara el blog –que quiero, estoy impacientísimo en realidad- el coste de tiempo sería prohibitivo. Para esto también estoy haciendo pruebas basadas en el método general que uso para las fotos: primero, visiono el material. Sobre la marcha, hago una primera selección, separando lo utilizable de los descartes. Luego, en las fotos seleccionadas, hago todo el proceso de postproducción (colores, texturas, etcétera) y, finalmente, monto –en el caso de las fotos el montaje consiste en decidir el orden en que van a aparecer y, en su caso, el texto que las acompañará-. Con las fotos, puedo ser bastante rápido. Proceso varios cientos en una hora, pero el vídeo es otro cantar. Me queda todavía tiempo para poder trabajar con esa alegría.

Sin embargo, la cabeza me bulle de proyectos de posts que podría hacer utilizando el vídeo y pienso incluso en cosas más largas.

Lo que siempre dice mi madre: “Hay que enseñarse” . No hay que parar.
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