Ni el olvido ni el delirio (Primera parte)

Bustamante y Bisbal cuando compartían escenario y subidas de adrenalina en Operación Triunfo

«Jamás quiso llegar el desengaño

Ni el olvido, ni el delirio

Seguiremos siempre igual»

Encadenados, de Carlos Arturo Briz

27 de Agosto.- El otro día, apareció entre mis discos un pequeño tesoro que tiene su historia. Mi amigo B. , al que conocí en Madrid, decidió un día dejar su trabajo de ingeniero para una compañía que fabrica equipos de montaje de vídeo y asociarse con su hermana. Los dos montaron un bar en el norte de España que, según mis noticias, funciona fenomenal. B., que es un hombre muy racional, sabiendo que soy bailón y que tengo buena memoria para los títulos, me pidió una lista de canciones pop de todos los tiempos para cuando el bar se transformase en discoteca. Durante dos días, y de manera muy grata para mí, dejé un poco de lado el trabajo que tenía entonces (y que odiaba con todas mis fuerzas) para estrujarme las meninges buscando mis músicas favoritas.

Salieron más de ciento cincuenta canciones que he estado disfrutando durante estos días. Las más actuales son del año 2003, más o menos. O sea, de las postrimerías del aznarato, es decir del punto máximo de la ola de falsa prosperidad que trajo la burbuja inmobiliaria. 
Hoy, mientras me duchaba, he pensado que debe de haber un punto de conexión entre el estado de ánimo social y la música pop que produce un grupo humano. No creo que sea casualidad que, justo a principios de los sesenta del siglo pasado, cuando se empiezan a dar en España los primeros frutos del plan de estabilización de Fuentes Quintana, aparezca en España una generación pop que abandona las galas algo pobretonas de Joselito y Marisol y se lanza a una espiral minifaldera y plastificada llena de colores ácidos. Como en un esfuerzo colectivo en abandonar todo tipo de actividad intelectual consciente en favor del dolce far niente mental.  Un esfuerzo que, sobra decirlo, contó con la complicidad del poder al que, por supuesto, no le interesaba nada que España pensase.
Asimismo, a principios de este siglo, cuando España se sintió rica y descansó en una prosperidad que parecía calvinista, pero que no era más que una quema insensata de recursos humanos y materiales, floreció un pop dulce, suavemente entontecedor, que daba gusto bailar.


No creo que se haya producido un pop más arrolladoramente masivo y más conmovedoramente estúpido que en los años que van desde la primera edición de Operación Triunfo (2001) hasta las elecciones de 2004 (momento en el que, por cierto, OT cambió también de cadena: de la pública TVE a la privada Tele 5). España se convirtió, además, en una potencia exportadora de melodías que olían a feria, a churros, a muñeca chochona; que hablaban de amores desgraciados que aún no habían perdido la inocencia, cantados por unos vocalistas eternamente vírgenes pero que estaban empapados de una sexualidad soterrada para niñas lectoras de Super Pop. Eran unas canciones que se te subían a la cabeza como la cafeína de la coca-cola, que te podían convencer de que Europa estaba viviendo una celebración a la que tú también estabas invitado.
La estrella más rutilante de ese firmamento de ídolos inofensivos fue (y es) David Bisbal, cuyos tirabuzones rubios a lo Shirley Temple son la marca de la casa. Bisbal está hecho de la materia porosa que los sueños necesitan para flotar en el agua del tiempo. Es un ídolo pop puro, con un golpe de cadera rotundo y una personalidad escénica altamente espídica, carne de multinacional, con un instinto innato para saber lo que su público quiere. Ese placer culpable que sólo se admite cuando uno tiene unas copas de más. Un cantante que, en algún momento, coincidiendo con el crecimiento de sus seguidoras, hará la transición de la balada tontaina a productos musicales más maduros y, por lo tanto, dejará de ser un rey del pop para convertirse en un ídolo respetado de la canción latina, al estilo de Luis Miguel. Y si no, al tiempo.

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2 Responses to Ni el olvido ni el delirio (Primera parte)

  1. m. dice:

    No me había parado nunca a pensar en este tema. Y mira que yo (lo admito) soy una consumidora en potencia de canciones pop simplonas, azucaradas y (¿por qué no decirlo?) ñoñas (aunque lo patrio no me tire casi nada). Cuando unos compañeros de trabajo echaron un vistazo a la carpeta de mi reproductor mp3 que lleva por nombre «Suecia» me dijeron: «Esto es muy cutre. Qué horror.». En esa carpeta tengo, precisamente, canciones de (atención) los discos 10 discos recopilatorios de lo mejor de las galas de «Fame Factory» (el OT sueco). Bueno, a lo que iba: me encanta este tipo de música y la verdad es que, a lo largo de los años que hace que consumo compulsivamente todo lo que puedo conseguir (gracias, compras digitales por Internet) no he notado que la cosa haya cambiado mucho según estuvieran los tiempos socialmente. Cuestión de perspectiva, supongo. Saludos.

  2. Paco Bernal dice:

    Hola!

    Gracias por tu comentario.

    Yo soy de la opinión de que el pop bueno, el genuino, que es el alegre, el tontaina, es hijo de la abundancia.

    Cuando la gente está triste no tiene ganas de ná 🙂

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