A ciegas (Segunda Parte)

17 de Noviembre.- Querida Ainara: el sábado siguiente, puntual, me presenté en mi puesto a las siete de la mañana. Hacía uno de esos días soleados que hacen que en Madrid merezca la pena madrugar. Cuando llegué, había misa. La docena larga de monjas ocupaban una posición preeminente detrás del sacerdote. Algo apartadas, unas cuantas mujeres mayores vecinas del barrio y, distraidos, al fondo, algo así como diez personas en claro estado de indigencia.

 

No hice caso del permiso de marchar en paz con el que el sacerdote dio por terminada la eucaristía. Localicé a la hermana que me había tomado por un mensaje del Espíritu Santo.
Buenos días, hermana ¿Se acuerda de mí? –ella me miró cortesmente pero, evidentemente, sin tener ni idea de quién era yo. Encontré una manera delicada de explicárselo y ella me llevó junto a otra hermana que, por lo que parecía, tenía ciertas competencias organizativas.
Este chico, que viene por ayudar ¿Hay algo que hacer?
La monja me miró de forma neutral. “Algo habrá”, dijo. “Pero primero, el café”. Yo enarqué las cejas, porque pensé que me iban a dar de desayunar. Pero no fue así. La monja organizadora y yo fuimos a una cocina capaz como para doce o catorce personas. En el centro, una mesa cubierta por un hule de flores con el dibujo medio borrado que había conocido los azares de la Transición. A su alrededor, estaban sentados los indigentes en número de diez o doce. Todos los objetos a la vista estaban relucientes pero eran viejísimos y con aspecto de haber sido rescatados de un contenedor. La misma habitación tenía aspecto de ir a caerse a pedazos de un momento a otro.
La monja organizadora me indicó un fregadero en el que había un buen número de vasos limpios de duralex marrones, verdes y transparentes y luego, creo recordar, una caja medio llena de esos paquetes de galletas María Fontaneda que dan en los hospitales.
Un paquete por persona –dijo.
Yo repartí un vaso por cabeza y, según me habían indicado, un paquete de galletas a cada uno de los componentes de aquella tropa de desesperados. Un hombre mayor, en una ausencia de la monja, me pidió anhelante un segundo paquete. Me acordé de mi abuela María, que tenía la costumbre de guardarse alguna galleta en el bolsillo de la rebeca y, con el corazón partido, no tuve valor para negarme. Cuando la monja volvió, llené en silencio cada uno de los vasos con café negro hasta la mitad y luego los completé con un chorretón de leche hasta que adquirieron un apetecible color marrón.
La monja me indicó que me separase de la mesa con un gesto. Uno de los indigentes, creo recordar que una mujer, hizo ademán de abrir su paquete de galletas. La monja miró a la persona y, con una voz inesperadamente fría, dijo:
Primero, el Padre Nuestro.
Yo quise que se me tragara la tierra presa de una vergüenza mortal al ver que aquellas personas, muertas de hambre después de toda la noche en quién sabe qué senderos, tenían que pagar el peaje de un padrenuestro para poder echarle un trago al café con leche caliente. Cada una de las palabras de la oración se me atragantó. Creo que es el padrenuestro más penoso que he rezado en mi vida. Me pareció que era como si les dijésemos a aquella gente “Jesucristo patrocina su café con leche”.
Por supuesto, la monja no me ofreció a mi nada ni yo hubiera querido cogerlo.
Besos de tu tío.
PS : Pensaba que iba a terminar en esta carta, pero creo que hay material para una más.
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4 Responses to A ciegas (Segunda Parte)

  1. Chus dice:

    Todo depende del color del cristal por el que se mire.

    Creo que ese día como hacía sol, llevabas las gafas de sol puestas.

    No me parece mal que una institución religiosa, rezara el padrenuestro antes de desayunar, ¿donde está el mal?.

    Un abrazo Paco, puntos de vistas diferentes, pero escribes muy bien y lo cuentas mejor. Si eso es lo que sentiste, está bien que lo digas, pero las cosas son son blancas o negras, en medio hay matices.

  2. Estoy de acuerdo contigo. ¿Que las monjas quieren rezar con los indigentes? Pues vale, pero antes que les den de desayunar. La manera en que lo hicieron viene a decir que para ellas es más importante el «alimento para el alma» que para el cuerpo. Es muy fácil pensar así cuando no pasas hambre…

  3. Paco Bernal dice:

    Hola a las tres:

    Muchas gracias por vuestros comentarios. Respuestas rápidas:

    -A Amelche: volví, aunque no mucho 🙂 Esa es la continuación de la historia.

    -A Chus:jajaja. Debe de ser que yo me hab¡ia levantado ese día con el pie izquierdo. De todas maneras: A mí me parece muy respetable que se tratara de una institución religiosa. Pero para que entiendas por qué me dio vergüenza. Imagínate que, Dios no lo quiera, el padre de Ainara, mi hermano, se encontrase en una situación apurada. Hace el hombre un viaje hasta Viena para pedirme X. Dinero, por ejemplo. Y entonces yo le digo: «Venga, te lo doy». Mi hermano, todo contento, pone la mano y yo le digo: «Pero primero, las gracias, que si no, no hay pelas».
    Creo además que fue el melenudo de Nazareth el que dijo que «el sábado se había hecho para el hombre y no el hombre para el sábado». O sea, que lo primero, en mi opinión, es lo primero. Cuando alguien tiene hambre, hay que darle de comer y luego, si quiere, que rece.
    La gente es lo importante, las oraciones, deberían venir de añadidura. En condiciones ideales, claro.

    -A la doctora Anchoa: totalmente de acuerdo contigo. Pero también hay que decir que las monjas de la madre Teresa hacen una gran labor, por ejemplo, con los enfermos de SIDA sin recursos. Vaya lo uno por lo otro.

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