El mercado de la seda

Bailarina
Bailarina (Archivo Viena Directo)
4 de Marzo.- Yo siempre digo que, en Viena, con el baile de la Ópera, es como si cada año se nos casase una infanta.
La crema y la nata de esta República (bueno, y algunos otros ingredientes no tan inmaculados) se reúnen en el augusto coliseo junto al Ring para reconocerse y ser reconocidos durante un evento que no es más, si bien se mira, que un ritual tribal.

 

Artificialmente uniformados por las reglas de la etiqueta, los asistentes se personan en la Ringstrasse llevados por diferentes razones. Los nostálgicos, porque les gusta pensar que, en Viena, aún hay sitio para ciertos ideales aristocráticos, para una cierta definición del “bei uns” que, en otras partes del planeta Tierra (afortunadamente) ha cedido el paso a conceptos sociales más democráticos (yo tengo un amigo, cordial lector, que califica esta forma vienesa de entender las relaciones sociales como “mafiosa” y puede ser que no le falte razón). 
Netrebko (dcha.), Schrott, e hija
Los pragmáticos, en cambio, se dan cuenta de que el Opernball es un estupendo publirreportaje para Austria. Gracias a la cursilería de las debutantes vestidas de blanco hoyando el parqué de la ópera con sus piececitos de geisha, muchos japoneses acudirán el año entrante a visitar la ciudad de los valses, intentando atrapar con sus cámaras de fotos megasofisticadas parte del glamour de un mundo (el de la monarquía austrohúngara decimonónica) que no existió más que en los órganos de propaganda de aquel régimen convulso, tensionado, y algunas veces abiertamente sangriento. Eso sí, la roña estaba cubierta con un revoque dorado que es lo que ha llegado hasta nosotros.
El Opernball puede llegar a ser un evento de lo más cruel, sobre todo si no se conocen las reglas. Como se encargó de reiterar ayer en el ESTUPENDO documental previo a la retransmisión del baile una de sus antiguas organizadoras, la actriz Lotte Tobisch, el Opernball es un evento que está abierto a todo el mundo pero en el que no cuenta sólo estar, sino la posición que se ocupa. Era una afirmación claramente dirigida a Richard Lugner como diciéndole “usted puede traer todas las putas que usted quiera y nosotros no nos podemos negar a venderle a usted su entrada si usted la paga, pero nunca se sentará en los palcos que ocupan las gentes importantes de verdad”. Esto es: la hija de Lugner nunca se codeará con las debutantes, hijas del poder y del dinero, que ayer exhibieron sus acnés y sus ortodoncias frente a los extasiados ojos de millones de telespectadores del mundo entero. Hay cosas que no se pueden comprar.

Haider y la presentadora con más clase del mundo mundial, Frau Barbara Rett
Los comentaristas de la cosa, nunca dirán esto, claro. Ellos se detendrán en la vaporosa ilusión, en el chisme malintencionado. Dirán, por ejemplo, que los mercados internacionales se han resentido por la cantidad de seda salvaje verde esmeralda que fue necesaria para confeccionar el vestido de Anna Netrebko (que, en los últimos tiempos, parece haberse aficionado a las papas con huevos fritos; resultado de lo cual está cada día más primadonna). Comentarán divertidos también la sintonía, sólo posible entre un gay y su musa, que reinó en todo momento entre Alfons Haider y Frau Desiree Treichl-Stürgkh (prometo copiar el apellido cien veces a ver si me lo aprendo). Ella, un elegante esqueleto vestido de verde doncella, él, un presentador contenido y frío como una pescadilla, que reina sin rival en las descafeinadas interviús de este tipo de eventos. 

Alimentarán de chismes y cotilleos los periódicos que leen las gentes que necesitan trabajar todos los días para comer mientras, precisamente las figuras, volverán a esconderse en sus hornacinas doradas. Hasta el año que viene. 
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3 Responses to El mercado de la seda

  1. cleira dice:

    No aguanté a verlo todo, pero el ballet de la Opera me encantó y las entrevistas me resultaron pesadas, a muchos ni los conocia.

  2. Maravilloso !!!!!

    Muy buena tu idea de ser los ojos de los que lejos estamos de Viena.

    Mi saludo desde MDQ.

  3. Chus dice:

    El traje de la presentadora me parece de ensueño.

    Me conecté a twuitter y no vi nada.

    Un beso

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