La guerra de los Mayer

“Mi madre también era puta, lo que pasa es que se arrepintió a tiempo”
María Barranco en El Rey Pasmado
28 de Noviembre.- Esta es Irene Mayer
Este es Alexander Mayer
 Y este, que parece el sobrino indio del conde Drácula (o un miembro de la troupe de Farruquito), atiende por Nathane.

Los dos primeros, hasta hace poco tiempo, formaban un matrimonio bien avenido. Por lo menos de puertas para afuera. Eran los Mayer: una de esas parejas sin oficio conocido que satisfacen las ansias de glamour de aquellos miembros de la sociedad con expediente académico más justito.  Ella, iba de diva superchunga trash. Él, era el acompañante que se dedicaba a enterrar la vista en los escotes de otras señoras ( esto se ha sabido más tarde, vaya).
Bueno, miento en lo de que no tenían ni oficio ni beneficio. A ella, a Irene, las revistas siempre se refieren diciendo que es una empresaria del ramo farmacéutico. Pero en ningún lugar he podido yo encontrar la compañía para la que trabaja, ni el medicamento que representa. Así pues, es muy probable que Irene Mayer (o su exuberante arreglo pectoral) sirvan de imagen a cualquiera de esos tratamientos que se supone que embellecen.
Irene y Alexander Mayer obtenían la mayor parte de sus ingresos a base de ejercer de celebridades de todo a cien cobrando a tanto por aparición. Hasta que, un día, se les rompió el amor de tanto usarlo (con otras personas, se entiende).
A raiz de las supuestas infidelidades de ella, Alexander decidió divorciarse de la mujer con la que había tenido un par de churumbeles. Irene no se lo perdonó, y los cónyuges entablaron una batalla judicial que todavía dura (y lo que te rondaré) pero en la que los contendientes parecen tener como único objetivo la aniquilación total del contrario.
La joya de la corona de los Mayer es un apartamento que se encuentra en el ático del edificio en donde está la tienda de Julius Meinl, en el Graben (para mis lectores que conozcan Madrid, imagínense tener un ático en la Plaza de Oriente o en lo más exclusivo del barrio de Salamanca). Da la sensación de que Irene y Alexander litigan más por la propiedad de la casa que por la custodia de sus dos criaturas. Unos churumbeles que, esta semana, han tenido que pasar por otro trance de los que marcan de por vida.
Según informa la revista News, Irene Mayer, en medio de ese frenesí que acomete a cualquier esposa despechada, ese en el que la santa quiere tirar a la basura todas las pertenencias del adúltero para erradicarle de su vida, encontró las pruebas de que su exsanto, Alexander, había ejercido la prostitución.
Esto ya lo sabía ella, porque hay que aclarar que Irene es una mujer del siglo XXI que no se asusta porque su santo haya levantado la bandera del taxímetro con otras. Lo sabía, repetimos, pero pensaba que Herr Mayer había dejado de regar otros jardines nada más haberla conocido. Milagros del amor que alejan al hombre del pecado.
Irene, despechada, con las bolsas de basura en la mano, descubrió que no. Que Alexander, según probaban correos, cartas y fotos, había seguido alegrándole la existencia a damas deprimidas largo tiempo después de haber pasado por la vicaría.
-Venid hijos –cuenta la revista News que dijo- echad una mirada a lo que vuestro padre ha sido y es.
No consta la reacción de los infantes ante el espectáculo de ver aparecer a su progenitor fotografiado con la escasa vestimenta de una camiseta de estampado de leopardo y unas cadenas (y con un cierto aire a Dinio, por cierto). Lo que sí consta es la reacción del interesado, el cual se ha apresurado a negar que haya ejercido el oficio más antiguo del mundo, al tiempo que sacaba del armario uno de los esqueletos que su santa, la emprendedora empresaria farmacéutica, tiene guardados: según Alexander Mayer, Irene fue pupila en el Babylon, uno de los burdeles de lujo más famosos de la capital que el Danubio parte aproximadamente por la mitad.
¿Y qué pito toca Nathane en todo este asunto? No el que sería obvio dados los antecedentes de esta pareja. Los morenos brazos de Nathane han sido los que Irene ha elegido para refugiarse de la ingratitud del esposo que iba por ahí derrochando amor en otros lechos, y que a ella la tenía como a Rocío Jurado cuando cantaba lo de la Paloma Brava.
Irene Mayer ha tenido que interceder ante el juez por Nathane cuando su pareja, cual Ernesto de Hannover (o de Hang Over), intentó partirle el jetamen a un fotógrafo que estaba intentando inmortalizarles. La Mayer habló de la insoportable presión que la prensa ejerce sobre su amor practicamente recién nacido, justificó los desperfectos en el equipo del fotógrafo dada la ardiente naturaleza de Nathane, un hombre que tiene que ver con la sangre hirviendo de furor cómo la figura de su mujer es denigrada en los medios.
Sin embargo, a mí no hay quien me quite que, en esta historia, todavía hay sitio para la reconciliación.
¿Terminarán yendo los Mayer juntos, como Lugner con la tribu de sus ex, al baile de la ópera?
El tiempo lo dirá.
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2 Responses to La guerra de los Mayer

  1. D.A. dice:

    Jajajaja…Chapó! Lo que me he reído. Si es que los tres son unos perlas. Un abrazo

  2. Chus dice:

    Por lo que veo en todos los paises cuecen habas. No solo en España. Si es que al final los humanos que cotillas somos!!!

    Un abrazo

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