Inés y la alegría

Ball Dame
Archivo VD

 

28 de Junio.- Quedé la otra tarde con mi primo para tomarnos unas cañas a la vera del Donaukanal, en unos chiringuitos que se llaman Summerstage y que tienen cierta semejanza con esas verbenas que los impresionistas retrataban en sus cuadros. Mesas de teca, cañizo, bombillas de colores y (en este caso) algún puesto de comida exótica.

Por motivos que hoy no hacen al caso, paró nuestra charla en la realidad insoslayable de que, en esta vida, hay personas que aparecen, nos acompañan un rato en el camino y luego, llegados a cualquier curva, desaparecen.

A veces, de manera paulatina; otras, súbitamente. En ambos casos, sin dejar rastro.

Y esto último, mejor que lo diga ya, va dejando de ser una metáfora.

Ayer, por ejemplo, intentaba acordarme del nombre de aquella primera jefa mía que, como quien no quiere la cosa, me comentó de pasada lo bien que me quedaban los pantalones, me llevó a su casa y me enseñó su dormitorio (yo admiré los visillos y ella debió de pensar que yo era gilipollas, pero lo que era en realidad es completamente inocente: eso me salvó de ser violado en mitad de una de las salitas de estar más feas, más ordinarias y más agresivamente vulgares que he visto en mi vida).

Pues bien: no hubo forma de acordarme de cómo se llamaba aquella buena mujer que se dedicaba a asaltar las cunas ajenas.

Qué lástima, Señor, que se pierdan por el agujero negro de la memoria las personas curiosas que uno ha conocido.

La otra noche, después de dejar a mi primo, lavándome ya los dientes para irme a la cama, recordé con cariño a una de esas personas.

Hace ya más de una década que no la veo y nuestra fugaz amistad se benefició del hecho de que algunas gentes sienten conmigo ese mismo prurito de confidencia que suscitan las estaciones o los aeropuertos durante las largas noches de espera.

En los meses que duró nuestra relación, esta chica, a la que llamaremos Inés, experimentó un cambio notable.

Cuando yo la conocí era una mujer en la que nunca te hubieras fijado en un sitio lleno de gente. Era muy blanca, un poquito pecosa, con una tupida cabellera pelirroja, y bastante más rellenita de lo que demandaban entonces (y demandan aún) los cánones de belleza al uso. Su voz era, como suele suceder en muchas chicas entraditas en carnes, de una dulzura fuera de lo habitual. Aquella voz, de hecho, unida a una inteligencia incisiva que siempre se manifestaba con modestia, era su característica más sobresaliente. Esa chica tenía un tesoro en la garganta. Dios había pensado en su laringe para hacerla el hogar de todas las canciones de amor.

Un día de aquellos meses, sin embargo,  debió de suceder algo en la vida de Inés porque, una tarde, apareció convertida en otra persona. La melena orgullosamente encrespada, de color caoba brillante, le coronaba la cabeza prestándole un aspecto agradablemente felino; un traje elegante daba testimonio de las curvas de sus carnes firmes, su cuerpo se había convertido en una invitación a la danza y los pies, que normalmente iban cubiertos por zapatillas de deporte, brincaban felices en unos zapatos de un tacón suficiente.

Inés entraba en los bares y los hombres fijaban en ella unas miradas golosas de deseo que a ella le divertían bastante, acostumbrada como estaba desde siempre a pasar inadvertida. Un día, filosóficamente, dijo algo que no he olvidado y que quisiera que mi Ainara se aplicase cuando, en la adolescencia, le entren las dudas: “No es tan importante ser guapa como sentirse guapa”.

Aquella misma noche, a solas los dos, Inés me contó un secreto sobre sí misma que, aún hoy, y por la seguridad suya y mía, no puedo revelar. Además, el folio de hoy ya se me ha terminado. Mañana, más.

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Un comentario a Inés y la alegría

  1. maria jose dice:

    Bien cierto, yes sir. Me gusta esa Inés. Beso.

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