Primer amor, primer dolor

Pareja agotada
Una pareja de enamorados en Verona (Archivo VD)

 

10 de Agosto.- Querida Ainara: si has tenido la paciencia de leer las cartas que llevo años escribiéndote, te habrás dado cuenta de que a tu tío, a veces, se le va mucho la cabeza.

El sábado pasado, por ejemplo, como no me podía dormir, me puse a pensar en los viajes en el tiempo. Una cosa fascinante y, probablemente, imposible. Tú verás: si la gente pudiera viajar en el tiempo (del futuro al pasado, claro) más tarde o más temprano nos encontraríamos con uno de esos seres y la contaminación entre ese, su futuro lejano, y este, nuestro presente, podría tener consecuencias imprevisibles y catastróficas.

Mientras el sueño me venía, pensé en qué sucedería si yo, el Paco de ahora, que va a cumplir 36, pudiera hablar con el Francis de hace veinticinco años. ¿Qué le diría mi yo de treinta y seis a mi yo de once?

Muy literariamente, imaginé la escena. Incluso el sitio en el que se produciría el encuentro.

Mi yo de 36 años le escribiría a mi yo de once una carta que dejaría en la oficina del Banco de Santander que hace esquina con la calle donde viven tus abuelos. Mi yo de 36 años se escondería un poco para no ser visto, y mi yo de once años, aquel niño de las gafas doradas, pasaría, repararía en el papel, se agacharía, cogería la carta y la leería. Y luego, se sorprendería mucho.

Empezaría así: “Querido Francis: no me conoces, pero yo a ti sí. Soy tú mismo, dentro de veinticinco años. En las próximas dos décadas y media te van a pasar muchas cosas. Tranquilo: sobrevivirás a todas. Vas a asistir a una serie de cambios tecnológicos que te van a dejar con la boca abierta. Podrás llevar el teléfono a todas partes, y tendrás ordenadores del tamaño de un libro de bolsillo. En España habrá juegos olímpicos, y el ECU se va a transformar en Euro. Irás a la Universidad y estudiarás una carrera. Cambiarás de país de residencia.¡Harás teatro! Y te va a encantar, ya lo verás…”. Y aquí, me paré, Ainara. Porque pensé que sería injusto no avisar a mi otro yo de que también le sucederían otras cosas menos agradables. Por ejemplo, el primer amor.

Que yo sepa, sólo conozco a una pareja que haya acertado a la primera. Tienen mi edad y ninguno de los dos ha conocido a otro hombre ni a otra mujer. Supongo que, después de tantísimos años de convivencia (se conocieron con quince o dieciséis) deben de tener la misma intimidad que yo tengo cuando hablo conmigo mismo.

No es lo usual, Ainara y, normalmente, la gente no permanece para siempre con su primer amor. El mío, para no ser una excepción, acabó mal (o sea, lo normal). Es bueno que así sea, porque generalmente, se quiere de una manera desastrosa a la primera persona de la que uno se enamora. Suele suceder que se la idealiza, se le quitan todos los defectos hasta que se convierte en un ser irreconocible.

El primer amor se recuerda como el colmo de la felicidad porque es cierto que, en esas condiciones, sólo puede surgir un sentimiento muy parecido a la pérdida de la salud mental, que nos recompensa con dosis de euforia que colocan más que cualquier droga; pero también es verdad que, salvo en casos excepcionales, la llamarada se consume rápidamente al topar con la dura realidad.

Otra cosa buena es que, el primer amor se suele terminar, generalmente,en una época en que uno puede soportar un golpe que, a edades más adultas, podría tener un potencial letal. Todos los adolescentes se creen inmortales, capaces de renacer de lo que sea. Y, probablemente, sea así también.

Yo creo que Romeo y Julieta se han convertido en arquetipos precisamente porque, al final de la obra, los dos se mueren. Todos nos podemos identificar con ellos porque, cuando nuestro primer amor nos es arrancado, todos morimos un poco, como los dos amantes de Verona. Por eso, cada vez que vemos la obra es como si estuviésemos contemplando a la persona que algún día fuimos. A nuestro yo de hace veinte o veinticinco años al que, probablemente, no serviría de nada avisar.

Besos de tu tío

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