Divina de la muerte (o los peligros del estrés)

Dos millonarios en el MQ de Viena
No la vuelvo a llamar más nunca, eh? Más nunca

 

4 de Septiembre.- En declaraciones al suplemento Madonna, del periódico Österreich (espejo, nata y flor de los noticieros transalpinos), la señora Eva Walderdorff, condesa austriaca prima del príncipe Alberto de Mónaco por parte de madre, se muestra arrepentida y avergonzada, y no sabe cómo excusarse por su conducta de hace un par de semanas cuando, poco ants de tomar un vuelo con destino a Londres, arrambló en un Duty Free con cosméticos por valor de 1000 Euros.

Cuando la pillaron en flagrante delito contra la propiedad privada, la Sra. Condesa lo negó todo y, aunque no consta, seguramente le espetó a los sufridos empleados del aeropuerto aquello de que no sabían con quién estaban hablando. Posteriormente, cuando los medios de comunicación se hicieron eco de la afición de la Sra. Condesa por las cremas de Sisheido ajenas, la prima del Príncipe de Playmóvil volvió a llamarse andana, dando a entender que lo sucedido se había debido a un malentendido tremebundo en el que la grosería de los trabajadores del Duty Free había jugado un desagradable papel. Hoy, cuando la justicia parece estar a punto de tomar cartas en el asunto, la Frau Walderdorff reconoce su delito pero minimiza su culpa, y se defiende alegando una supersobrecarga de trabajo que la había dejado hipercansadísima y había motivado una conducta que, ella misma lo reconoce, es tan megainjustificable como megaextraña en ella.

“No soy ninguna cleptómana”, asegura la aristócrata y, al leerlo, nos la imaginamos jurando por Snoopy. Como para dar más peso a sus afirmaciones, la Sra. Condesa mira al periodista y le dice: “No le robaría a usted ni un bombón”.

Dicho esto, la encopetada aristócrata da su versión de los hechos. Estando en el aeropuerto esperando el avión que habría de llevarla a la capital del Támesis, megápolis en donde reside su hija, la Sra. Condesa pasó por delante del escaparate de la tienda de Hermés y sufrió un repentino espeluzno al contemplar, superdesolada, los estropicios que el estrés cotidiano había causado en su rostro. No es de extrañar, pues la Sra. Condesa se gana las habichuelas dando consejos de estilo y etiqueta una vez a la semana en un programa que emite la ORF. Un trabajo, como todos sabemos, extenuante.

Horrorizada, la atribulada aristócrata recordó las sabias palabras de su santo esposo que, en una discusión doméstica en la que las ganas de fastidiar iban de la mano con la legítima preocupación marital, le echó en cara el estar dilapidando su salud y, con ello, echando a perder su aspecto, “¿Qué pensará nuestra hija –dijo el patricio- si te ve en este estado?”

Frente al escaparate de Hermés, Frau Walderdorff sintió entonces un repentino estremecimiento ¿Es que ella, como madre, tenía derecho a causarle a su hija el pesar de verla marchita, pocha, y todo por culpa del trabajo? ¡No y mil veces no! Así que arrastró su coqueto trolley Samsonite hasta el Duty Free más cercano, en donde, presa de un frenesí sólo explicable por los adversos efectos sobre su psique de la sobrecarga laboral que sufre, robó como plebeya lo que podía haber pagado perfectamente como dama de la alta sociedad.

Tras reconocer que sus pares, en los “Events” (sic) la miran raro, la Frau Walderdorff se ha declarado dispuesta a pagar la multa que la autoridad quiera imponerle para dar fin a la tortura de ser tenida como una vulgar choriza en vez de como lo que es: una desgraciada víctima del estrés laboral.

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