Falta de educancia

Escuela en Las Palmas de Gran Canaria
Una escuela (Archivo VD)

 

5 de Septiembre.- Ver llegar este día siempre pone en el alma una gota de melancolía. Por un lado, porque uno se acuerda de sus tiempos de escolar y, por otro, porque, el principio de las clasescertifica la rotunda certeza de nuestra sospecha: al verano le quedan dos telediarios.

En un país en el que, a diferencia del mío,la calidad de la educación es un asunto que da para sabrosos debates, y en el que la educación recibida influye tanto y tanto (y desde tan pronto) en la vida de sus ciudadanos, el principio de las clases es un acontecimiento que ni los medios de comunicación más frívolos pasan por alto.

Se recapitula lo que dio de sí el último informe PISA y, luego, cada uno hace balance dependiendo de lo que cree que hará que su parroquia lance suaves gemidos de placer.

Si el periódico simpatiza con nuestros simpáticos amigos de la ultraderecha, algún editorialista clamará indignado contra la presencia excesiva de niños morenos en las clases, criaturas cerriles, de padres nacidos en el corazón analfabeto de Asia Menor, y que lastran los resultados académicos de los laboriosos niños de ojos azules que comen tocinete (speck) y beben Almdudler.

Si el papel, en cambio, admira la labor de los verdes en su defensa de los colectivos más oprimidos de la sociedad, el editorialista dirá que, de rezarle un responso a la sociedad multicultural, nanai. Que los extranjeros en las aulas aún son pocos, que se esfuerzan por integrarse y que son los propios austriacos los que les excluyen, les marginan y les condenan a un futuro de pobreza y viciosos círculos.

En España, la educación sale en los periódicos de manera indirecta, o sea: los textos están escritos de manera que el lector pueda darse cuenta del zarrapastroso nivel que se imparte en nuestras aulas. Nivel (abisal) que salta a la vista de cualquiera que ponga uno de esos programas de televisión en donde se insiste en airear detalles porno de la vida de una gente cuyo único mérito es el de haber pasado hambre durante tres meses en una isla del Caribe.

Cuando el asunto educativo se aborda de manera directa es siempre porque a los maestros alguien les toca el bolsillo.

Y así ha sucedido últimamente en la Comunidad de Madrid.

Su Gobierno, encabezado por su presidenta, Sra. Dña. Esperanza Aguirre Gil de Biedma, ha decidido que los profesores den, a partir de ahora, dos horas de clase más a la semana (por la misma pasta, claro). Por supuesto, los docentes están que trinan, y han convocado una huelga para protestar contra lo que ellos consideran el principio del fin de la civilización tal como la conocemos.

Los medios afectos a la Presidenta de la Comunidad de Madrid (apodada por sus contrarios, con mucho recochineo, “la lideresa”) han empezado una campaña inmisericorde de linchamiento de los maestros, por la vía de airear lo que cobran.

De este modo, un articulista de un periódico de difusión nacional, ansioso, sin duda, de recibir un cómodo puestecillo en la Administración, escribió un texto en el que, sin ningún empacho, repasaba los sueldos de los que intentan desasnar a los niños de España, sin advertir (aunque saltaba a la vista) que las cantidades que citaba eran brutas y no netas.

Por supuesto, casi un centenar de comentaristas picó el anzuelo y, de haber sido plaza pública y no periódico, estoy seguro de que se hubieran dirigido armados de horcas y cuchillos al instituto más próximo y se hubieran cepillado a un par de enseñantes. Hubiera estado feo.

La víspera de mi primer día de clase yo le pregunté a mi padre que por qué había que ir a la escuela y él, con muy buen criterio me contestó:

Para que no te engañen, hijo.

Pues eso.

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