Strauss y los mártires del compás

Rubita
Una niña austriaca con dindrl

 

6 de Septiembre.- El palco central de la Ópera Estatal de Viena es famoso en el mundo entero. Todos los años, millones de telespectadores pueden ver al Presidente de la República Austriaca sentado junto a su señora departiendo relajadamente con otros miembros de la alta sociedad, o de pie, el ademán patriótico, mientras suena el Land der Berge con motivo de la apertura delOpernball.

En días de diario, las butacas (incómodas, por cierto) de este augusto espacio están ocupadas por gente más normal. Lo cual no quiere decir más pobre, porque un abono para la temporada de la Ópera Estatal cuesta lo que una red de transplantes ilegales paga por un riñón en buen estado. Así que ayer, con la unción del fiel que penetra en el Sancta Sanctorum, yo ocupé la butaca número 20 de la fila central de las tres con la que cuenta el palco en cuestión. El favor se lo debo a un difunto al que nunca conocí.

El amigo al que pertenecían las entradas, tuvo que acudir al funeral de un conocido lejano que había tenido el detalle de morirse una semana antes de que se representase Arabella, de Strauss. De modo que, como los funerales y los bautizos son ocasiones únicas de las que toda persona da una sola función, mi amigo tuvo que renunciar a la velada operística, con algún disgusto –no sólo por la ocasión luctuosa, es gran melómano- y alegría nuestra (de mi compañía y de este mismo que viste y aporrea el teclado) a pesar de lo luctuoso del asunto.

Las butacas 20 y 21 son las del extremo izquierdo si se mira el palco desde el escenario y tienen una peculiaridad. Adosado a la que cierra la fila hay un traspuntín o asiento plegadizo (apenas una tabla sin respaldo, forrada de terciopelo de pana color vino) que, supongo, se concibió originalmente para acomodar a esos empleados que los ricos tienen siempre a mano para atender sus necesidades.

Ayer por la tarde, el citado asiento plegable lo ocupaba una niña preciosa, de unos diez años, que a mí me tuvo toda la representación en un estado de total admiración. Su nombre, que supe por casualidad, es Debbie.

La niña, como digo, era guapísima. Iba vestida con un dindrl de color rosa palo; el delantal era de color verde doncella. Calzaba unas sandalias negras con cristalitos de Swarovsky y llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo, supongo que copiando a su madre. Soy de la opinión de que, durante la tarde de ayer, la niña aprendió a odiar a Strauss con ahínco –el compositor austriaco es durillo para un oido adulto, así que para uno infantil tiene que ser igual de agradable que te claven astillas debajo de las uñas-.

Debbie, sin embargo, mantuvo en todo momento una actitud enteramente irreprochable. Las manitas cruzadas encima del regazo, la vista fija en el escenario. De vez en cuando, sacaba un pañuelito del bolsillo del dindrl y se sonaba la nariz discretamente, con lo que pronto nos quedó claro que la criatura (encima) tenía un catarro caballar.

En el entreacto, la madre –sentada en la última fila de butacas- apareció rubísima, delgadísima, guapísima y altísima, enfundada en un vestido de cóctel negro, cogió a Debbie de la mano y se la llevó a dar una vuelta por el edificio de la ópera.

Mientras veía su figurita desaparecer entre la gente, camino quizá del espectacular foyerdecimonónico que sobrevivió a la guerra mundial, yo no cesaba de preguntarme en qué entretendría Debbie la eternidad que para ella supondría, seguramente, el tostón que estaba contemplando.

¿A quién se le ocurriría, pensaba yo, llevar a una niña de diez años a ver una ópera de Strauss? Si mi Ainara me dice alguna vez que quiere que la lleve a la ópera (cosa que haré de mil amores) me parece que empezaré con una cosa más facilita. Qué sé yo. El repertorio mozartiano (¿La Flauta Mágica? Es buena para empezar). Tosca, Turandot (Puccini siempre es un valor seguro). Pero ¿Strauss? Strauss es como las ejecuciones de disidentes en los regímenes totalitarios: sólo sirve para fabricar mártires. En este caso, del compás.

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