Catalanes de Jaén

Art Nouveau
El balcón a Europa se ha cerrado (Archivo Viena Directo)

 

21 de Septiembre.- Querida Ainara: la semana pasada, uno de los días en que llamé a tu abuela por teléfono, tú también estabas allí.

A la hora a la que llamé (mi pausa de la comida) tu abuela estaba intentando también que te comieras el puré de verdura. Para distraerte (y descansar ella también, me temo) tu abuela te preguntó si “querías hablar con el tito Paco” y te pasó el teléfono.

Mientras me contabas tu vida, de pronto, se te ocurrió algo y preguntaste:

-Tito Paco, y tú ¿Dónde estás?

En Viena, cariño –contesté yo; y luego, como me di cuenta de que, para ti, Viena y la aldea pitufa vienen a compartir las mismas coordenadas, aclaré: en el supermercado, comprándome una ensalada.

La verdad es que tu pregunta me dejó un regustillo triste. Me fastidió ser para ti la voz que te habla por teléfono (esa voz remota) y la fotografía encima de la mesa del comedor que tu abuela te enseña, de vez en cuando, para que no se te olvide mi cara.

Pero la vida, Ainara, es así.

Lo que está claro es que uno, aunque las nuevas tecnologías induzcan a pensar lo contrario, no puede estar en dos sitios a la vez. Y así, España se aleja cada vez más del centro de mi vida y, a pesar de que me considero una persona bien informada, poco a poco, al mismo tiempo que tú pasas de los lápices de colores a los rotuladores (y, en algún momento, al ordenador) yo voy perdiendo elementos de juicio sobre la realidad española (o, mejor dicho, empiezo a medir la realidad española con unos parámetros que le son ajenos: los de la realidad austriaca).

Desde aquí, Ainara, muchas de las cosas que suceden en España resultan un poco marcianas (seguramente por mi culpa) y sobre ellas me resulta difícil formarme una opinión. O, mejor: me doy cuenta de que, si sobre esos asuntos se aplica la norma del ferreo sentido común centroeuropeo, uno se descubre, de pronto, defendiendo puntos de vista que le colocan fuera de lo que se ha convertido en la moneda corriente en Celtiberia.

Cuando uno se da cuenta, mueve la cabeza y se resigna a pensar que las gafas con las que uno lee la realidad tienen una graduación antigua. No hay más remedio que encogerse de hombros.

Uno de esos asuntos sobre los que uno ya no se atreve a opinar es Cataluña y la relación que esta región tiene con el resto del Estado.

Desde niño, Ainara, soy un fervoroso amante de Cataluña (de aquella Cataluña). La de los ochenta. La de los programas de televisión que se hacían desde los estudios de Sant Cugat. Unos programas modernos, inteligentes, sofisticados, en los que se pedía al espectador que pensara por sí mismo. Soy amante de la Cataluña cosmopolita de Vázquez Montalbán, de Juan Marsé, de Plá, de Espriú. Soy amante de la Cataluña abierta a Europa, la que había conseguido unir el Mediterráneo Romano con el Sueño Europeo, la nouvelle cuisine con el aceite de oliva. Mis mejores amigos, también un antiguo amor que ha adoptado con los años la forma de una cariñosa amistad, proceden de ese mar cosmopolita en el que daba gusto nadar y en el que el catalán era otra de las maneras hermosas de decir lo mismo, un fondo suave y algo socarrón que imprimía a las palabras un vaivén que tu tío sigue considerando una de las maneras más sensuales de decir a alguien que se le quiere.

Sin embargo, en los últimos tiempos, pongamos desde que empezó el siglo, Cataluña se ha ido cerrando sobre sí misma con una contumacia, bajo mi punto de vista, paleta y reaccionaria ,que están matando lo mejor que había en ella. El auge de cierto nacionalismo destripaterrones (si es que hay algún nacionalismo que no se dedique a destriparlos) ha elevado a las instituciones catalanas a una raza de sujetos y sujetas que, contra toda lógica, defienden los estereotipos más groseros no sólo sobre los otros españoles, sino sobre el uso de la lengua que debería ser (que es) nuestro tesoro común.

Se da la circunstancia de que la mayoría de estas personas que presumen de catalanidad llevan apellidos sonoramente castellanos. Sus abuelos, sus padres, llegaron a Cataluña procedentes de otras zonas de España. Quizá el trauma de ser considerados “charnegos” (según el despectivo término que se utiliza aún por aquellas tierras) les forzó a inculcarles a sus hijos, a sus nietos, un amor malsano por la tierra de acogida –quién sabe lo que yo haría si tuviera hijos en Austria– y una insistencia no menos insalubre en pedir disculpas por unos antecedentes familiares que nadie fuera de ellos concibe como un baldón.

Pero el miedo mayor, Ainara, es que hablar de estas cosas, decirlas en alta voz (o escibirlas), se ha convertido en España en algo peligroso, aunque sólo sea para la forma en que los demás te ven. El componente mafioso que todo nacionalismo lleva consigo –ese “si no estás conmigo estás contra mí” que a mí me jode tanto y tanto– ha conseguido que poner el dedo en esta llaga te convierta en un sospechoso de no se sabe qué.

Seguramente, por tu propia culpa.

Besos de tu tío.

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