Así se graba “Callejeros Viajeros”

Cádiz y Francia
Un chico gaditano y su novia francesa (Archivo VD)

 

23 de Agosto.- Viena. Schwedenplatz. Ocho y media de la mañana. Un español guapo y atlético trata, pacientemente, de comprar tres billetes para el ferry que une la ciudad de los valses con Bratislava,la capital de Eslovaquia.

La típica vendedora malhumoradaintenta obstaculizar la sencilla operación con todos los medios a su alcance.

Con los billetes en la bandeja de la impresora, empieza a preguntar:

¿Nombre?

Paco Bernal.

-¿Dirección?

Xgasse, número Y.

¿Teléfono?

El español guapo y atlético empieza a mosquearse.

¿Mi teléfono? ¿Y para qué quiere usted mi teléfono, si puede saberse?

La vendedora levanta los ojos del teclado del ordenador y, con voz mate y la expresión seca de una empleada de funeraria, contesta:

-Por si hay algún accidente con el barco.

El español (¿He dicho ya que es guapo y atlético?) se rinde y, tras tocar madera disimuladamente, le da su número de móvil.

Por suerte ayer el ferry no se estampanó contra ninguna de las marismas del Danubio, ni hubo que lamentar víctimas entre el relajado pasaje compuesto principalmente por jubilados y turistas (aún en edad laboral).

Esta afortunada ausencia de daños personales fue aprovechada por dos reporteros del programa de Cuatro “Callejeros Viajeros” y por este servidor de todos sus lectores, para elaborar un reportaje a propósito de lo mucho que Viena y Bratislava le deben al río que las riega.

La mecánica de Callejeros viajeros es algo diferente de la de los otros programas que, parecidos, han surgido como setas en los últimos años (desde el éxito de aquelMadrileños por el Mundo que inventó la simpar Carolina Ferre para la autonómica que ven todas las emperatrices de Lavapiés).

Así pues, los reporteros no sólo se centran en el español que han venido a entrevistar, sino que se esfuerzan en interactuar lo más posible con los aborígenes del país que se visita o en registrar cualquier otra cosa que pueda pasar durante el viaje.

Ayer, casualmente, el ferry estaba lleno de españoles, por lo cual, a los reporteros de Callejeros Viajeros no les fue difícil encontrar chicha para su reportaje.

Por ejemplo, entrevistaron a la pareja que encabeza estas líneas (un chaval gaditano y su novia francesa) y, para demostrar que el Danubio es el mejor aliado de Cupido, les pidieron que bailasen un vals en la cubierta del Ferry cosa que ellos hicieron.

También nos encontramos con cuatro jóvenes (un jóven y tres jóvenas) provenientes de la bonita localidad segoviana de Sacramenia –lo prometido es deuda, y menciono aquí su pueblo para que, a la vuelta, sus simpáticos paisanos no les corran a gorrazos o les tiren al pilón-.

Ya en la capital eslovaca, F. , J., y yo nos esforzamos en buscar las huellas del telón de acero –que son evidentes si se abandonan las calles más turísticas de Bratislava- y como, al fin y al cabo, el objetivo de estos programas es llevar algo de belleza y exotismo a esa parte de nuestra casa en donde reposa la Gwendoline legionaria, nuestros reporteros no tuvieron más remedio que documentar la esplendorosa construcción de muchas de las chatis eslovacas, las cuales pateaban la ciudad subidas a vertiginosos tacones y enfundadas en unos vaqueros tan ajustados que hacían temer que la sangre no les llegara al cerebro.

Por suerte, estos temores por la salud neurológica de las bellas se disipaban en cuanto los intrépidos periodistas les pedían algo tan sencillo como tirar un beso a cámara. En esta situación se averiguaba fácilmente que muchas mujeres eslovacas son recelosas y que su aspecto inocente no es más que una tapadera de la calculadora que muchas llevan escondida debajo de la falda (Sabina dixit).

Alguna de las que no se negó a ser grabada para disfrute del varón celtíbero se mostró visiblemente contrariada por la falta de incentivos económicos. Se las veía tentadas de decir aquello de:

No photo, no money.

Qué diferencia con las ingénuas orientales que nos encontramos en la fortaleza que protege Bratislava. Todas risas, todas pasitos cortos, todas vestidas con kimonos de seda. Se celebraba el día de Corea (o sea, de Corea la buena) en la capital eslovaca y se sorteaban diversos aparatos electrónicos entre la colonia procedente del país asiático.

La luz se iba, las chatis ya no podían ser recogidas con nitidez con la cámara, el día de grabación llegaba lentamente a su fin. Así pues, los tres volvimos en el tren. No sin antes esperar tres cuartos de hora en uno de los lugares más sórdidos y más feos que conozco: la estación de tren de Bratislava. Ese tipo de sitio en el que cualquier desconocido puede ser un mafioso Albano-kosovar veterano de la guerra yugoslava.

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