Juan Schwarz, Justo entre las naciones

Leopoldstadt
Judío ortodoxo en Leopoldstadt (Archivo V.D.)

 

21 de Septiembre.- Viena. Septiembre de 1942. Las cámaras del noticiario de la UFA cubren el encuentro de las organizaciones juveniles de las llamadas “Potencias del Eje” en el que se funda la Alianza Europea Juvenil (Europäische Jugendverband).

En el salón, inundado por un sol que empieza a ser otoñal, el cámara se esfuerza por sacar favorecida a la portavoz española, Pilar Primo de Rivera que, con su voz nasal de amazona falangista a la que se le ha pasado el arroz, lee un discurso que es acogido con frialdad por su homóloga alemana, Frau Jutta Rüdiger, y por gran parte de la jerarquía nazi presente.

Queremos dejar bien sentado -declama la hermana de José Antonio– que nuestra oposición al judaísmo envolvería, en todo caso, un sentido estrictamente político, económico y social, y no una oposición por razones de raza o religión.

A los de la cruz gamada, que se sienten en estos momentos los amos de Europa, no se les escapan las consecuencias prácticas de la críptica afirmación de la pequeña española.

Lo que acaba de decir aquella mujer borrosa, con aspecto de bacaladilla y un aroma inconfundible a violetas maceradas, es que el régimen de Franco nunca perseguirá a los judíos por motivos raciales, sino solamente por motivos económicos o políticos.En España, pues, no habrá ningún Auschwitz.

La señorita Primo de Rivera continúa con un discurso plagado de floridas expresiones elogiosas y resalta la supuesta hermandad entre teutones y celtíberos. Sin embargo, todos los presentes están al tanto de que los loores no son más que piezas de retórica granítica que, en realidad, no van a ningún sitio. A duras penas consiguen disimular su desprecio por la representante del pariente pobre del fascismo europeo.

En el auditorio, sin embargo, una persona acoge con alivio las palabras de la vestal falangista. Se trata del consul español en Viena, el canario Juan Schwartz.

Tras una reveladora conversación con el Gauleiter de Viena, Baldur von Schirach, Schwarz ha decidido utilizar todas las herramientas a su alcance para salvar a todos los judíos posibles de la impía barbarie nazi.

Aunque le cueste el puesto.

La afirmación de Pilar Primo de Rivera, una de las pocas intocables del régimen franquista, parece servir a los propósitos de Schwarz.

El consul, junto con otros colegas suyos, que desempeñan su labor en lugares tan dispares como Marsella, Budapest, México o Buenos Aires, lleva algún tiempo aprovechándose para sus propósitos del caos legislativo que reina en la España de Franco; un caos fruto, en gran parte, de la convulsa historia del país desde la caida de la monarquía de Alfonso XIII.

Para salvar a los judíos perseguidos, Schwarz y sus colegas se van a servir de un decreto promulgado por el dictador Primo de Rivera y sancionado en 1924 por el rey Don Alfonso XIII, por el cual se otorgaba la ciudadanía española a todos aquellos hebreos que acreditasen ser descendientes de los expulsados en 1492 por los Reyes Católicos. El decreto fue derogado en 1931, como otros muchos, por el gobierno republicano pero la última prioridad que tiene en Madrid la cancillería del Palacio de Santa Cruz es fiscalizar esta manera tan poco ortodoxa de aumentar el censo. Por lo que respecta a los nazis, el decreto, aunque poco favorable para sus fines, continúa perfectamente en vigor.

Así, las oficinas de Schwarz en la Argentinierstrasse se convierten durante dos años en la única esperanza para miles de personas que, de otra manera, hubieran sido deportadas hacia los campos de concentración del este de Europa. Cientos de judíos se agolpan cada día ante el consulado español, ofreciendo incluso sus objetos de valor, al objeto de conseguir el pasaporte que les otorgue la inmunidad que necesitan para pasar a África o América.

Juan Schwarz fue relevado de su cargo en 1944 pero continuó prestando servicio público en diversos cargos hasta una década y media más tarde. Por su labor en el consulado de Viena le fue concedido el título de “Justo entre las naciones”, una condecoración que concede el Estado de Israel a aquellas personas que, sin ser de ascendencia judía, ayudaron a los hebreos a escapar del holocausto.

Juan Schwarz, casado con una hija del poeta León Felipe, fue padre del economista Pedro Schwarz (que contó la heróica labor de su padre en este artículo de La Vanguardia en 1999) y del escritor y diplomático Fernando Schwarz, al que quizá alguno de mis lectores recuerde como elegante presentador de televisión en el programa Lo más Plus, junto a Máximo Pradera.

Redacción: Francisco Bernal

Idea y documentación: Luis Tercero

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Un comentario a Juan Schwarz, Justo entre las naciones

  1. Es una interesante noticia rescatada de la historia. El franquismo fue golpista, pero no llegó a subir al escalón del genocidio, cosa que si hicieron Alemania y sus aliados europeos, incluyendo la “Francia libre”. Los franceses aún se están avergonzando de aquéllo, y de los alemanes, qué decir.
    Sin embargo, sólo cuatro españoles fueron distinguidos como “Justos entre las naciones”: Angel Sanz Briz, Eduardo Propper de Callejon, José Ruiz Santaella y Carmen Schrader. Juan Schwartz no es justo entre las naciones. Me temo que va a tener que cambiar el título del artículo, señor Bernal. Puede comprobarlo en el propio sitio web del Yad Vashem, que está en seis idiomas incluyendo español:
    http://www1.yadvashem.org/yv/en/righteous/pdf/virtial_wall/spain.pdf

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