Desde Viena, desde el cabreo

Perder para poder ganar
Un cartel de la Acampada de Sol (Archivo VD)

 

9 de Noviembre.- Querida Ainara: tengo que reconocer que me equivoqué en mi última carta. Afortunadamente. Las cosas no han ido a peor, más que nada porque no podían. Eso no significa sin embargo que hayan mejorado. Digamos que, como ocurre algunas veces con las personas muy mayores, hemos bajado de pronto, abruptamente, un escalón que, quizá, no podamos volver a subir en mucho tiempo.

Mientras te escribo estas líneas, hay un país (Grecia) que busca desesperadamente un primer ministro que ponga la cara para que se la partan. No parece haber demasiados candidatos decentes que estén dispuestos al sacrificio (dejando aparte que, entre los políticos griegos, parece reinar el mismo estado de indigencia académica que reina entre los españoles) aunque sí un buen número de tahúres preparados para jugarse el todo por el todo al siguiente envite.

Al mismo tiempo, en los otros dos países que observan con ansiedad la evolución (un mucho errática) de los acontecimientos en Atenas (España e Italia), se han abierto también sendos procesos de renovación política.

En España, el proceso de renovación de la jefatura de Gobierno estaba cantado (la laminación del crédito político del presidente del Gobierno, Sr. D. Jose Luis Rodríguez, conllevó la convocatoria de elecciones generales).

En Italia, ha sido la insoportable presión de los organismos económicos internacionales (Unión Europea y Fondo Monetario Internacional) y la humillante tutela impuesta al Gobierno de Roma lo que está a punto de provocar la dimisión de Silvio Berlusconi. Un político que ha seguido punto por punto el curso parabólico que ha distinguido a los gobernantes del país con forma de bota desde que el mundo es mundo: una línea ascendente, un breve periodo en la cumbre y un picado más o menos largo hacia el esperpento más patético.

No me ocuparé sin embargo de Silvio Berlusconi, ni de sus cirugías estéticas, ni de su jeto maquillado como el de una folklórica que se compra novios cubanos en los supermercados de la noche. Allá se las compongan los italianos.

Hablaré de España. Del espectáculo bochornoso, moribundo y paralítico en el que se ha convertido la vida política de mi país. Sobre todo durante esta campaña electoral en la que el voto parece haberse convertido en un mero trámite. Una campaña en la que no hay espacio para la más mínima discusión, y sobre la que se tiende la sombra ominosa de la sospecha.

Si un extraterrestre viera desde el espacio la propaganda electoral de estas elecciones y la comparara con la de hace treinta años, se llevaría una sorpresa tremenda. Es muy probable que pensara que la mayoría de los partidos españoles se han extinguido y sólo quedan dos fuerzas políticas, cansadas como paquidermos prehistóricos, que luchasen desganadamente, con las últimas fuerzas disponibles, antes de hundirse en una ciénaga.

El “debate” de antes de ayer, siete de noviembre, entre los dos aspirantes a encabezar el Gobierno de la nación fue un espectáculo que desafió la inteligencia del más humilde ser unicelular y que, en las personas normales, sólo pudo provocar sarcasmo.

En primer lugar ¿Tanto miedo tienen estos dos señores, en tan poco se tienen, que son incapaces de debatir? (debatir significaba, antaño, discutir, ahora, por lo visto, significa monologar seriadamente).

Me pregunto qué sucedería si, aquí, en Austria, los políticos que se presentasen a unas elecciones tuviesen la poca vergüenza de prestarse al teatrillo que se montó en España hace dos días.

En segundo lugar, para cualquier observador con dos dedos de frente resulta escandalosa la pérdida de pudor no ya de los actores del teatrillo de marionetas, sino la de sus acólitos, los llamados “ministrables”. Unas bocas hambrientas que parecen esperar que les toque una lotería. No hay máscaras, no hay caretas. Todo está tan groseramente, tan impúdicamente “inszeniert” (escenificado, se dice en alemán, fingido, falso) que da miedo.

Por no hablar de los comentarios “del día después” como suelen decir los analfabetos que escriben sobre estas cosas.

¿Quién había ganado el debate? !¿Cómo?! ¿Ganar?

Revolvía las tripas leer los artículos laudatorios del día siguiente.

¿Cuándo llegamos a este deterioro? ¿Cómo nos prestamos, cómo se prestan, a esta desfachatez? ¿En qué momento se evaporó la última gota de decencia y nuestro sistema político se convirtió en esta cosa renqueante, plantígrada, torpe?

Por lo menos, si tiene que haber teatro, ya que la obra no es buena, deberíamos plantearnos buscar mejores actores.

Besos de tu tío

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6 Responses to Desde Viena, desde el cabreo

  1. el herpato en cuhtión dice:

    BRAVO!!! BRAVO!!!

  2. amelche dice:

    Yo ya ni me molesté en ver el debate, era totalmente previsible. Además, no me gusta ninguno de esos dos señores para presidente, aunque me temo que no me quedará más remedio que sufrir a uno de ellos dentro de poco.

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