La ciencia de ayudar

Con el móvil en la boca
Detectar la necesidad no siempre significa que haya que ir a correr a echar una mano (Archivo VD)

 

23 de Noviembre.- Querida Ainara: una de las cosas MÁS DIFÍCILES del mundo, y mira que te lo pongo con mayúsculas, es ayudar a los demás y salir con bien de ello. A mí, personalmente, es una de las cosas que más me ha costado aprender en este mundo, porque intentar corregir los desequilibrios del entorno de uno es una actividad que, en la mayoría de los casos, resulta ser de alto riesgo.

A causa de esta manía mía de echarle una mano al prójimo, me he metido en muchos jardines y me he llevado muchos más sofocones de lo que hubiera querido y, si no fuera porque tu tío tiene la cabeza dura como el pedernal, también es muy probable que las sucesivas decepciones me hubieran llevado a convertirme en un cabronazo de mucho cuidado.

El error más común que se puede cometer a la hora de ayudar a alguien es correr a hacerlo.

Durante mi adolescencia y mi primera juventud yo incurrí en esta falta con muchísima frecuencia, hasta que aprendí una cosa muy importante: hay mucha gente que se queja de que tiene problemas peeeeero que, haciéndolo, NO ESTÁ SEÑALIZANDO que quiere que la ayudes.

Lo cual puede ser por varios motivos: el más común es el simple masoquismo. Todos conocemos a esa persona que utiliza sus cuitas (reales o imaginarias) para llamar la atención y recabar así de los demás cierto sucedáneo del afecto.

Está claro: si le quitas las cuitas, también le quitas la herramienta de atraer sobre sí la atención de los demás.

Total: que la cagas.

Otro motivo por el que la gente, a pesar de tener problemas, rechazará tu ayuda, será porque no tengan el valor de reconocer que están en un aprieto.

Bien porque reconocer que se está en un aprieto les obligaría a reconocer que el aprieto existe (no sé si me sigues) o bien porque, sabiendo que están pasando un mal momento, quieren continuar con la ficción de que tú no te das cuenta y de que todos somos felicísimos, nos echamos unas risas y aquí no pasa nada.

La experiencia dice, Ainara, que estos dos últimos casos son los más frecuentes y es en los que uno tiene que esforzarse en hilar más fino. Esto es, y aunque suene un poco duro: ayudar a las personas sin que se den cuenta, utilizando medios laterales, moviendo resortes de cuya existencia ni ellas mismas son conscientes.

En una palabra: aplicando esa máxima evangélica de que la mano derecha no se entere de lo que está haciendo la izquierda.

Para mí, Ainara, la resolución de estos casos difíciles resulta un motivo de íntima satisfacción.

No solamente porque me siento orgulloso de la buena acción realizada (si es que uno puede sentirse orgulloso de hacer una cosa que, al fin y al cabo, es obligación de uno) sino, además, porque no puedo evitar enorgullecerme de haber resuelto una determinada situación utilizando toda la fuerza de mi inteligencia para no herir los sentimientos de la otra persona. Cosa, por cierto, enormemente fácil cuando uno de nuestros compañeros de este corto viaje se encuentra pasando por un mal momento.

El tercer grupo de personas son aquellas personas que cumplen tres requisitos que hacen que tu vida (y la suya, a la postre) sea mucho más fácil.

A saber: tienen un problema, reconocen que ese problema existe y que ellos solos no pueden hacer frente a él, y te piden tu ayuda para que les ayudes a resolverlo.

Aún en estas situaciones, hay que tener sumo cuidado, Ainara, de actuar con paciencia. A ser posible, procurando no destruir la autoestima de la otra persona resolviendo la situación tú solo (zac,zac,zac, como dicen en Austria) sino procurando que, aunque la cosa tarde un poco más de tiempo en llegar a buen puerto, la otra persona descubra y utilice los mecanismos que, al fin y al cabo, ha tenido todo el rato delante y la ofuscación del momento no le ha permitido ver.

Y una vez que todo ha salido bien, Ainara (las veces en que sale todo bien, que no es siempre) hay que tener la elegancia de saber retirarse a tiempo. De hacerse invisible y pasar a otra cosa.

Besos de tu tío.

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2 Responses to La ciencia de ayudar

  1. Gonzalo dice:

    Estupendo post Paco.

    Saludos,
    Gonzalo

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