El retorno del Cuandofranquismo

Madrid, Orgullo Gay 2007: la mujer elegante
Durante mucho tiempo, muchos pensamos que el franquismo era algo tan superado, muerto y enterrado como el dictador (Archivo VD)

 

30 de Noviembre.- Querida Ainara: sólo he estado una vez en el Valle de los Caidos. Fue a principios de los ochenta y creo recordar que debía de ser un poco más mayor de lo que tú eres ahora (seis o siete años, tendría yo; tu padre, dos menos).

Tengo el recuerdo confuso del seat 124 de tu bisabuelo rodando majestuosamente por una carretera que serpenteaba entre negros pinares y ha quedado en mi memoria el eco de mis pasos infantiles en el interior de la basílica, un lugar que, ya entonces, me pareció un sitio desangelado y triste (ahora que lo pienso, quizá porque el estilo arquitectónico del monumento es tan parecido a ese engendro que son los Nuevos Ministerios de Madrid, uno de los conjuntos arquitectónicos que más grima me dan en el Universo).

El nombre del dictador que la erigió, entonces, sólo me evocaba que había dos tipos de duros –monedas de cinco pesetas- con los que comprar chicles y cromos: a saber, “los de Franco”, con el escudo del águila de San Juan y la cara de aquel señor más bien calvo en el reverso, y “los del rey”, que mostraban al actual monarca en el cénit de su juventud, cuando la imagen del abuelo que es hoy estaba aún sumergida en las negras aguas del futuro remoto.

Recuerdo también la piedad que hay a las puertas de la basílica, obra (aunque yo no lo sabía entonces) del escultor de izquierdas Juan de Ávalos –los escultores de izquierdas, Ainara, también tienen la mala costumbre de comer-; y las proporciones ciclópeas de la cruz que remata un monumento que no lo es precisamente al buen gusto. Aunque, si uno visita los cementerios españoles normales hay que aceptar que, a la hora de cascarla, el buen gusto no es una de nuestras virtudes nacionales.

Aquel día, Ainara, también visitamos el monasterio de El Escorial –era el lote completo con el que tus bisabuelos obsequiaban a las visitas de fuera de Madrid- y dejamos para una oportunidad futura, que nunca se materializó, la llamada “Casita del Príncipe”; palacete que, si no me equivoco, fue el pisito de soltero del rey Don Juan Carlos, y  su residencia durante los primeros tiempos de su matrimonio con la reina Doña Sofía.

Por lo demás, Franco era para mí un marcador temporal. Los adultos hablaban mucho “de cuando Franco” y supongo que los críos acaban aprendiendo lo que dicen cerca de ellos. Lo que estaba claro era que “Cuando Franco” había sido un tiempo, tan remoto en mi mente de niño como las remotas genealogías de la Odisea o la Iliada, en el que todo había sido muy distinto.

Para los adultos, era evidente, había habido un antes y un después de Franco. Y, era transparente también, a los adultos la época “cuando Franco” les merecía una valoración bien diferente.

A tu bisabuela M., por ejemplo, la época de “cuando Franco” le había parecido bien en general, pero todos sabíamos que era porque a tu bisabuela M. no le gustaban mucho las cosas nuevas y en “cuando Franco” , si uno podía estar seguro de una cosa, era de eso: de que no iba a cambiar nada y todo iba a seguir siendo igual a sí mismo por los siglos de los siglos.

Pronto, Ainara, los cromos empezaron a valer cinco duros –veinticinco pesetas- y pasó a haber tres tipos de monedas: “las del rey”, “las del mundial” (por el del 82) y “las de Franco” que eran las más feas y fueron desapareciendo poco a poco. Como la figura del propio Franco, que se convirtió en un ectoplasma pasto de nostálgicos y de gente que estaba un poco mal de la cabeza.

Cada veinte de Noviembre, por ejemplo, un Blas Piñar cada vez más gagá convocaba a cuatro viejos y a cuatro veintegenarios frente a la estatua ecuestre de los Nuevos Ministerios y, en las elecciones, era un cachondeo ver las papeletas de “La falange auténtica”, “la Falange reconstituida”, “la Falange de verdad de la buena” y qué sé yo cuántas cosas más. A los dieciocho, no podías evitar el siguiente comentario:

Serán bobos! Encima de ser pocos y trasnochados, van y se pelean entre ellos.

El franquismo era una cosa de museo, naftalina y abrigos negros hasta que, en 2004, el gobierno presidido por Rodríguez Zapatero, en un claro intento de empujar a sus rivales políticos (por lo menos en la percepción de sus votantes) hacia la ultraderecha, empezó a agitar el fantasma de los “cuarenta años cuarenta” (que decía Umbral).

Las personas sensatas que, como se demostró luego, éramos pocas, pensamos que aquel hombre no estaba en sus cabales y que serían pocos los que se dejarían llevar por una provocación tan burda y tan barata.

Desgraciadamente, la sensatez es una mercancía escasa y Franco, qué pesadez, volvió a cobrar actualidad más de treinta años después de estar tieso como la mojama bajo su lápida. Dando pie a todo tipo de histerias por un lado y por otro.

Ayer, un grupo de expertos recomendó desalojar al dictador de su tumba en Cuelgamuros y llevarle a un sitio en donde su presencia no violentase a las víctimas del franquismo lo cual, en mi opinión, es tanto como aceptar que el “cuandofranquismo” sigue inquietantemente vivo y los españoles no hemos sido capaces aún de despertar del sueño profundo, gris, mediocre, que supuso aquel oscuro periodo de nuestra historia.

Qué pereza.

Besos de tu tío.

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