Donde ningún español ha estado antes: otra exclusiva de Viena Directo

Panorama
Skylink es una media luna de acero y cristal

Segunda parte: de paseo por la terminal

9 de Diciembre.- Tengo una especial habilidad para equivocarme de tren y, si no fuera por la mirada condescendiente y suavemente irónica mirada de un par de revisores austriacos, probablemente habría dado con mis huesos más de una vez en las estepas húngaras o en los antiguos territorios de la extinta Yugoslavia. De todas formas, más de una vez he terminado en algún andén de alguna pedanía esperando el tren que me lleve de regreso a la casilla de salida.

Así pues, como me conozco, me tomo mucho tiempo para una operación aparentemente tan sencilla como coger un cercanías que me lleve a algún lugar fuera del perímetro de Viena.

Después de comprar el billete, chequeo concienzudamente el trayecto, las paradas y la dirección del tren, y no estoy tranquilo hasta que pongo los pies en la estacón de destino. Y, cuando lo hago, poco me falta para hacer como el penúltimo Papa y arrodillarme para besar el andén.

Por eso, el otro día, a pesar de haber quedado a las cinco y media me tomé casi dos horas para asegurarme de llegar con tiempo y, lo que es más importante, poder poner remedio si sucedía alguna catástrofe.

No la hubo y, a las cinco y diez, yo estaba puntual, sano y salvo, en la estación de tren del aeropuerto de Viena.

Me esperaba una amable lectora gracias a cuya participación, los otros seguidores de Viena Directo podrán disfrutar de este reportaje.

La empresa donde trabaja esta chica es una de las contratas que sirve al aeropuerto de Viena y, con motivo de la próxima puesta en marcha de la infraestructura, les iban a dar una charla de presentación y les iban a llevar de visita guiada.

La dirección de la empresa había dejado dicho que cada empleado podía llevar con él a dos personas, amigos o miembros de su familia, y esta chica tuvo el detalle e acordarse de quien esto escribe. Así pues, mi amable lectora y yo, acompañados de otros empleados de la empresa y de bastantes niños, nos encaminamos a Skylink. Tras pasar por una entrada lateral, llegamos a lo que si Dios quiere, en el futuro, será el espacio destinado al check-in.

Allí, nos esperaban los jefes de la empresa (director incluido) los cuales nos recibieron con el apretón de manos habitual y esa sonrisa que entra dentro de los deberes de cualquier jefe en las cenas de navidad (una vez al año, ejercitar la mandíbula no hace daño).

Tras una charla en la que se ponderó lo mucho y bueno que la compañía espera para el ejercicio entrante (ampliación de plantilla incluida) y se alabó el competente desempeño del personal durante este conflictivo año que termina, empezó la visita guiada por las nuevas instalaciones del aeropuerto de Viena.

El edificio tiene cuatro pisos de alto y es una media luna de acero y cristal en blanco y negro.

Skylink tiene dos áreas principales separadas de manera casi estanca: Schengen y No Schengen. Al ser Viena uno de los destinos internacionales con más transito de viajeros hacia otros lugares dentro y fuera de la Unión, resulta imperativo construir estas dos áreas perfectamente delimitadas: la destinada a aquellos viajeros que tienen derecho a transitar libremente por la Unión, al estar sus países de procedencia adheridos al tratado de Schengen, y aquellos que tienen que enseñar el pasaporte por proceder de fuera de la UE.

En la actualidad, la terminal está casi terminada, aunque falta vestirla. Resultaba muy curioso caminar por lo que, en el futuro, serán las zonas de tránsito (para proteger el suelo de arañazos antes de la inauguración, nos hicieron calzarnos unos patucos blancos), ver las sillas amontonadas de lo que serán los restaurantes, las escaleras mecánicas aún envueltas en papel de estraza para protegerlas de los chorreones de pintura.

Impresionante el corazón de la seguridad del aeropuerto. Una sala llena de monitores, actualmente en pruebas, desde donde se podían ver todos los rincones de la terminal.

Naturalmente, todas las medidas de seguridad están controladas por ordenador y se han implementado sistemas de identificación que son casi futuristas. Este hecho, sin embargo, no dejaba tranquilo a uno de mis compañeros de visita guiada el cual, en cada altar dedicado a la alta tecnología, levantaba la mano y, suspicaz, preguntaba:

-¿Y si se va la luz, qué?

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