Reflexión de Nochebuena

Familia turca
¿Qué aspecto tendrían hoy José, María y el niño Jesús? (A.V.D.)

 

24 de Diciembre.- Queridos lectores de Viena Directo: hoy es Nochebuena.

La fecha, aún despojada de toda la milagrería con la que las religiones buscan envolver sus mitos fundacionales con un halo maravilloso, es mágica, porque conmemora el nacimiento de un niño. Lo más hermoso que puede pasar en el mundo.

No es ningún secreto para los que me conocen bien que las navidades no me gustan. Son unas fiestas de las que prescindiría totalmente. Si por mí fuera, esta noche me sentaría tranquilamente delante del televisor, con Pauli y Sofía a los pies, y me pondría una buena película vieja. O, simplemente, seguiría con el libro que estoy (re)leyendo en estos momentos. Sin embargo, la fuerza de la marea social es tanta, que esta noche no podré evitar cenar (más de la cuenta), intercambiar regalos (este año reducidos al mínimo, porque me he propuesto no maltratar mis nervios con demasiadas colas) y regar la una y los otros con ciertas dósis de un alcohol que, cada año, me sienta peor.

Cuando los paquetes estén abiertos y me quede solo, creo que buscaré un momento para reflexionar sobre lo que me parece a mí que es lo único salvable de estas fechas. Lo siguiente: el relato bíblico del nacimiento de Jesús habla, fundamentalmente, de una familia en apuros.

De un hombre, San José, al que le endosan una criatura (que el padre sea el Espíritu Santo, tampoco creo que hiciera más fácil la tarea). A pesar de todo, San José, por amor a María, acepta al niño como si fuera suyo.

Es la historia de María, una niña de dieciséis o diecisiete años, recién casada que, en avanzado estado de gestación, se tiene que poner en camino para cumplir una absurda tarea administrativa (dice la historia que los dolores del parto la sorprenden de camino a inscribirse en el censo ordenado por el emperador Augusto).

Es la historia de aquellos que, aún viendo que María está encinta y a un tris de dar a luz, no quieren meterse en problemas y no le dan alojamiento, hasta el punto de que la pobre mujer tiene que parir en un establo, con la única compañía (cae por su peso) de la injustamente olvidada partera del villorrio de Belén y del pobre de Pepe, el carpintero, asustado, como todos los padres primerizos, por el temor de perder a su mujer.

Mientras todo esto sucedía, el mundo siguió girando.

En Roma, la capital del Imperio, fue un día de primavera normal (es muy probable que Jesús, en contra de lo que dice la tradición, naciera en algún momento de marzo o abril del año tres antes de Cristo) y, en la propia Jerusalem, las amas de casa siguieron yendo a la plaza a comprar, alguno que otro se emborrachó en las tabernas con caldos producidos según la ortodoxia judía y los romanos, el poder colonial de entonces, seguro que tomaron sus baños como si tal cosa.

Alrededor de nosotros, también hay muchas personas como José y María, cuyos apuros hacemos lo posible por ignorar mientras nuestra vida sigue en la indolencia habitual ¿Qué hacemos por ellos? ¿Qué cosas pequeñas para nosotros, grandes para los demás, decidimos no hacer para no renunciar a nuestra tranquilidad, a nuestra comodidad o, simplemente, para no destacar, para no ser diferentes? ¿Por cuánta gente nos mojamos? ¿Cuántas familias en apuros, como la de José y María conocemos todos? ¿Cuántos amigos enfermos tenemos, cuántas personas que no tienen trabajo, o cuántas, simplemente, que necesitan solamente a alguien que las escuche? ¿Qué cara tendrían Maria y José hoy? Si naciera el niño Jesús esta noche de Diciembre ¿En qué garaje, qué humilde techo cobijaría su cuna?

Esta noche en Belén, en Viena, en Motilla del Palancar, en Lima, o en Hong Kong, van a nacer unos cuantos niños tan buenos, tan inocentes, con tanto futuro, como tuvo el niño Jesús durante sus primeras horas de vida, en aquella lejana noche del año menos tres.

Hagamos un futuro mejor para esos críos que son inocentes de nuestros errores, nuestras codicias y nuestra mezquindad.

Mientras tanto, queridos lectores, feliz navidad.

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