La máquina del tiempo

Un peinado
Un simpático joven madrileño meditando sobre lo que le parece la figura de Manuel Fraga (A.V.D.)

 

16 de Enero.- Ayer por la noche murió Manuel Fraga Iribarne. Desde el momento en que se supo que había fallecido, quien más quien menos se ha sentido en la necesidad de valorar la figura del finado. Como es natural, se han dicho y se han escrito muchísimas gilipolleces.

Yo no comulgaba mucho con Fraga pero, como me sucede con muchas personas con las que no comulgo, trataba de entenderle y respetarle. Es más, creo que, a lo largo de mi vida, he conocido a algunas personas que se le parecían bastante (item más, creo que la forma de pensar de Manuel Fraga estaba muy extendida en la gente de su generación). Por ejemplo, sin haber sido nunca ministra de la Gobernación, mi abuela María (q.e.p.d.) tenía más o menos la misma manera de pensar que Fraga (por suerte para ella, su dicción era mucho mejor que la del muerto). Era una señora muy católica, tan inteligente como Fraga y a la que le gustaba lo que ella entendía como orden. Esto es: mi abuela, como Fraga, veía en todos los cambios un peligro potencial. Su vida perdía en emoción lo que ganaba en fiabilidad. Ni mi abuela ni Fraga eran Indiana Jones, está claro. Pero lo previsible les tranquilizaba. Hay gente que hace más daño.

Como soy un infatigable lector de memorias he leido de todo sobre Fraga y, generalmente, bastante amable. Gente, como Marsillach, que no comulgaba tampoco nada con él, describían a Fraga como una persona de dicción rocosa, sentido del humor sardónico y la impaciencia crónica de esa gente que tiene que lidiar todos los días con personas mucho menos inteligentes que ellos.

Creo que Fraga, ya anciano en su despacho del Senado, debió de sentir esa impaciencia cuando le entrevistó Maria Antonia Iglesias. Recuerdo que, cuando leí la entrevista (para disfrutarla, pinchar aquí), le mandé el link por correo a mi hermano y los dos convinimos en que España andaba muy falta de políticos a los que, por lo menos, no diera vergüenza leer.

Casualmente, la muerte de Fraga me pilla releyendo “Anatomía de un Instante”, de Javier Cercas. Un libro que vacuna sobre todas las gilipolleces que se escriben y se dicen cuando se opina mirando solo al teatrillo que vemos por la pantalla de la televisión.

Aquí, el artículo que escribí entonces ¿Te subes a mi máquina del tiempo?

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