(A)y (A)y (A)y: Austria pierde la Triple A

De culo, contra el viento y sin motor
Para S&P vamos de culo, contra el viento y sin motor (A.V.D.)

 

17 de Enero.- Cuando yo era pequeño, era muy buen estudiante. Primero porque me gustaba estudiar; segundo porque, modestamente, se me daba fenomenal (aunque trabajara como un burro) y, tercero, porque ser niño en invierno podía llegar a ser tan aburrido que algo había que hacer, ¿Verdad?

Salvo en gimnasia y en matemáticas, mis notas nunca bajaban de notable.

En gimnasia, mis sufridos profesores inventaron para mí el aprobado por compasión (hay mucho cachondeo en mi casa porque, desde párvulos, albores de mi vida académica, ya hay un informe por ahí en el que se pone de relieve que tengo la psicomotricidad de una barra de hierro; en fin).

En matemáticas sacaba bienes y suficientes, porque yo era un niño que se manejaba muy bien con las palabras (ese territorio elástico que permite tantos escondrijos) mientras que los números, aunque luego terminé estudiando empresariales, me daban bastante más respeto.

Aunque era totalmente innecesario, algunas veces mis profesores, esa raza de personas que a mí me parecían omniscientes y omnipotentes, decidían que yo necesitaba incentivos y, en vez del sobresaliente que me merecía, me ponían unos notables que, como medalla de plata que eran, a mí me picaban en el orgullo.

-Es para que no te duermas en los laureles.

Yo levantaba las cejas sorprendido y tragaba saliva (muy) dolido en mi amor propio, a la vez que pensaba “¿Dormirme? ¿Quién se está durmiendo? Si me he levantado a las cinco y media esta mañana, como un jornalero, para repasarme la lección”. Algo dentro de mí, sin embargo, me decía que no me iba a servir de nada rebelarme contra la injusticia (los niños de mi época éramos así de sumisos –o de bobos, según-); en vez de decir que yo me merecía el sobresaliente –que me lo merecía, pueden mis lectores estar seguros-, en la siguiente tanda de exámenes me levantaba a las cinco en vez de a las cinco y media. El sobresaliente volvía (al profesor, entretanto, se le había olvidado la injusticia cometida) y aquí peace and after, glory.

Me acordaba de esto pensando en la última de Standard and Poors, que ha dejado a España al nivel del betún económico (o sea, al nivel de Eslovenia) y, a algunos de los primeros de la clase (aquellos alumnos de sobresaliente de cuando entonces) ha decidido ponerles un notable alto para que no se duerman en los laureles.

Austria ha perdido pues la triple A que garantiza que sus cuentas son irreprochables y que prestarle dinero al Estado Austriaco es un negocio redondo porque siempre se recupera lo invertido.

A pesar de que, por lo que parece, a las bolsas y a los mercados la opinión de S&P parece haberles chupado un pie (siguen prestándole dinero al Estado Austriaco como antes), la pequeña Viena del poder (esa que, según un amigo mío, se parece al plantel de presentadores de TV3, siempre los mismos y siempre omnipresentes) ha reaccionado bastante picada en su amor propio.

El domingo, día en que se supo que Austria ya no era un país de diez, sino solo de nueve y medio, algunos de los representantes de esa pequeña Viena del poder comparecieron en reunión de emergencia en Im Zentrum, programa debate que presenta la simpar Ingrid Turnher, para explicarle al país que no había motivos para el pánico y que, a pesar de lo que pudieran decir las agencias de rating, la austriaca era una economía con la salud de la barra de hierro que servía de ejemplo a mi psicomotricidad, y que los bancos austriacos, a pesar de haber dado créditos a troche y moche en Hungría (créditos que los húngaros pueden tener muchas dificultades para pagar) eran unas empresas más fiables que la Coca-Cola.

Sin concentrarme mucho en lo que se decía en el plató –al fin y al cabo las obviedades que se hilvanan para que las viejas no vayan al banco a retirar su pensión– no pude evitar fijarme en algunos pequeños detalles. Por ejemplo, en que el gobernador del Banco Central Austriaco, Herr Novotny se llama, llevaba los protocolarios pantalones gris marengo remangados casi hasta media pierna, dejando ver unas pantorrillas anémicas enfundadas en unos calcetines negros flojos, que dejaban ver varios centímetros de esa piel blancuzca que se les pone a los altos funcionarios cuando están preocupados de perder su puesto. No sé, me pareció sintomático.

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