Las desventuras del caballo ganador

Austria
El poder: esa carrera en la que pocos ganan (A.V.D.)

 

26 de Enero.- Le hago hoy a mis lectores las preguntas que yo me hago a mí mismo: ¿Debe un político ser una buena persona para ser un buen político? ¿Debe ser ser humano necesariamente refinado y culto? ¿Debe un político, para ejercer la política, ser honrado? Todas estas preguntas se resumen en dos: en política ¿Debe uno siempre actuar con las buenas intenciones en la cabeza? ¿Qué es ser un buen político?

Cuando uno tiene quince años, veinte, da a todas estas preguntas respuestas más o menos positivas, inflamadas de tierno ardor adolescente. A saber: un político debe ser buena persona, altruista, honrado; si es refinado y culto, mucho mejor. Naturalmente, deberá actuar siguiendo los dictados de la ética, consolando al menesteroso, ayudando a la viuda, indemnizando al débil por los daños que ha recibido del fuerte.

Un buen político es un San Jorge que, armado con su espada justiciera y enfundado en una armadura pacientemente abrillantada con algodón mágico (¿Sabrán mis lectores más jóvenes lo que es el algodón mágico?bueno, es igual:) se echa a los caminos de la vida a socorrer damas en apuros y a “desfacer entuertos”.

Pero ¿Y después? Cuando uno va siendo, como este que escribe, un caballero de cierta edad, cuando ve mundo, cuando viaja y se va curando de las mataduras que le va infligiendo la vida, deja de tener estas cosas tan claras. La imagen en blanco y negro destiñe, y aparecen los perversos grises.

¿Un político debe de ser una persona inflexíblemente ética o, lo que es lo mismo, debe un político guiarse por la buena intención convencional, por ese amor al prójimo que es el mandamiento principal de la religión cristiana (y del catecismo comunista)?

Basta echar la vista atrás al pasado reciente de España para dar una respuesta contundentemente negativa. D. Jose Luis Rodríguez Zapatero, anterior jefe del ejecutivo español, es el ejemplo perfecto de que, armado de buenas intenciones, es más que fácil terminar metiendo la pata hasta el corvejón.

Aunque, su predecesor, D. Jose María Aznar González, el marido de la actual alcaldesa de Madrid, padre de la que fue la musa favorita del grupo de teatro Animalario, también es un ejemplo de que el político pragmático puro, el que detecta mejor que nadie cuál de los soles es el que calienta más, tampoco resulta, al final, un ejemplo de los que sea conveniente poner en las guarderías.

Parece, pues, evidente, que el único punto que todos los políticos tienen en común, lo único que comparten Zapatero y Aznar, Batman y el Joker, Obama y Bush es este: su hambre de poder.

El político “bueno” o , mejor, el “buenista”, la camufla, o se oculta ese hambre hasta a sí mismo, convencido de que se ha metido a político al objeto de trabajar en pro de eso tan escurridizo que se llama normalmente “el bien común”.

Al político “malo”, al de, como decía Fraga, “las verdades sin condón”, “el bien común” tiende a refanfinflársela bastante y lo que le gusta es el juego, la apuesta, la aventura, la épica del mando. Enviar a alguien a que compre un paquete de quinientos folios y que no tenga más remedio que obedecer. Porque yo mando, porque yo soy el jefe (o, más eufemísticamente, porque he sido el más votado).

Las dos clases de político, los buenos y los malos, necesitan, como los actores, un público. Porque no hay mandador sin mandado, sea cual sea la naturaleza del liderazgo. El poder y el Poder, son una convención, un contrato que se establece entre uno que manda y otro que obedece (por convencimiento o bajo coacción).

Los políticos son seres narcisistas que necesitan olvidar su inseguridad radical, ser tomados en serio para que la relación políticos-administrados funcione.

Todas estas reflexiones, amargas, algo cínicas, me vienen a la cabeza cada vez que veo al líder ultraderechista austriaco Heinz Christian Strache. Un político que, estoy convencido, estaría dispuesto a hacer lo que fuera por El Poder y que, como tal, está enormemente necesitado de que le tomen en serio. Necesitado de que sus votantes, su público, se convenzan de que él es el caballo ganador, de que hay posibilidades de que, algún día, deje de ser al Eterna Princesa del Pop para convertirse en una Gran Dama de la Canción.

Hoy, el Österreich publica una corta entrevista en la que Strache, de manera un poquitín patética (patética por cutre, pero también por el pathos, el sentimiento que transmite), defiende su derecho a recibir una condecoración de la República Austriaca por los servicios prestados al país (él sabrá cuáles son). Es muy difícil destapar más el propio funcionamiento psicológico en menos espacio.

“Si hay alguien que merezca esa condecoración soy yo”, dice el político. En fin.

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Un comentario a Las desventuras del caballo ganador

  1. Gonzalo dice:

    Hola Paco,

    Los griegos distinguen el hombre virtuoso del buen ciudadano. Para ser lo segundo no es imprescindible ser el primero. Pero para ejercer la política yo diría que los dos son imprescindibles. Buen ciudadano por eso de ser «ejemplar» que diría nuestro Monarca. Lo de virtuoso porque el pecado o las debilidades acaban con la república en poco tiempo. Aznar pecó de sobernia en las Azores y el Escoria, Strache de vanidad por su medallita de sufrimiento por la patria, y Zapatero… ay Zapatero! yo diría que un poco de todo. Si desaparece la virtud, sólo queda el Gran Poder, en el sentido maquiavélico.

    Diría que son notas características del buen gobierno: la satisfacción de la mayoría y. necesariamente, el cabreo de unos pocos. Aunque en nuestras sociedades bipartidistas puedan parecer lo contrario, los realmentes agraviados son un puñado, si el gobierno está formado por gente razonable. El resto somos voceros inerciales, más o menos forofos. Si son más los agraviados que los satisfechos, es signo inconfundible de mal gobierno.

    Con la escala de grisies das en el blanco 🙂 Cuando aparecen los grises, la realidad se vuelve de plástico.

    Saludos y enhorabuena por el post
    Gonzalo

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