Los domingos, bacanal (Viena, 2008)

Un tipo duro
A.V.D.

 

Nuestro salto hacia atrás en el tiempo nos lleva hoy a Marzo de 2008.

¡Cómo ha cambiado el mundo desde entonces! En aquellos meses previos a la quiebra de Lehman Brothers, la crisis era solamente un rumor del que sólo tenían noticia los más avispados, y yo trabajaba en una empresa de ambiente muy conservador en la que no hubiera estado bien vista mi participación (totalmente santa, por otra parte) en la fiesta que a continuación se cuenta ¿Quieres saber cómo fue?

16 de Marzo.- Ayer estuve en una de esas fiestas en las que acabo por no saber decir que no.

Llamémosle R. es un hombre de dos metros en el que cabe toda la inocencia de un niño de doce años y toda la capacidad de hacer amigos de un emigrante en terreno enemigo.

Vino al mundo en algún lugar de la antigua Yugoslavia y es fisioterapeuta.

Sabe de cada idioma dos palabras suficientes para ser simpático y romper el hielo, y el aire de la calle no parece haberle corrompido su inquebrantable fe en el ser humano. Dice unos holas estentóreos mientras te abraza con su envergadura de boxeador. Pero también habla un alemán sabroso con acento guerrillero y un portugués de pirata caribeño que exhibe junto con unos conocimientos autodidactas de samba.

Llamémosle R. cumplió cuarenta años la semana pasada y ayer montó en un bar una fiesta al estilo de su tierra (mucha música, mucho alcohol) a la que yo llegué por un amigo común. Eran más o menos las once de la noche, y todos los asistentes hubieran reventado ya los aparatos más resistentes de medir alcoholemia. Un hombre borroso acompañaba al teclado a un cantante improvisado que remedaba una versión Karaoke de La Vie en Rose y, en la minúscula pista, varias impúdicas damas yugoslavas (Serbias, Montenegrinas, qué sé yo) enseñaban sin pudor los michelines sobre los vaqueros de cadera baja, encaramadas en unos taconazos de vértigo. Llamémosle R. reinaba sobre aquella corte de los milagros como el príncipe de los piratas, riéndose alto, invitando a diestro y siniestro a chupitos de Limoncello, escuchando con aire serio confidencias de borracho de media noche, prometiendo favores, palmeando espaldas, gastando bromas sexuales a los hombres y enterrando la nariz en las prominentes pechugas de las hembras. A una tanda de canciones francesas (“Parole, parole” pedía el rendido público) siguió una tanda de vertiginosas melodías yugoslavas entonadas por el hombre borroso con una contundente voz de niña. El limoncello corría a mares, el champán adquiría los tintes dorados de una bebida helada y mortal. Algunos asistentes, olvidadas todas las maneras, se lanzaban sobre la tarta de chocolate, que cogían con las manos a grandes puñados.

En esto, a la una, entró al local una fila de ordenados travestis yugoslavos, debo decir que de increible fealdad (todos parecidos a Julia Caba Alba). Atravesaron el local en silencio, con un contoneo provocador y, en fila, le dieron un besito a R. en la mejilla. En disciplinada formación, volvieron a salir del local. Sólo un travesti se quedó (el que llevaba más postizos) y las damas le rodearon para tocarle las curvas y preguntarle secretos de belleza.

A aquellas horas, yo me preguntaba qué leches estaba haciendo en aquella fiesta y me maldecía a mí mismo por terminar siempre en sitios que el lunes no puedo contar en el trabajo (¿Qué pensarían de mí? Por eso me desahogo aquí). También me preguntaba en dónde habría conocido el bueno de R. a aquellas personas, que no encajan nada con su profesión (demostrada) de masajista deportivo. Preguntados algunos asistentes, me explicaron que R. tiene un corazón de toro que no le cabe en el pecho, y que ayuda siempre a todo el mundo que lo necesita. También es generoso y en su casa siempre hay una copita de slivowitz para quien tenga penas de amor. Sea con quien sea y del sexo que sea.

A la una y pico, los bailarines ya daban traspiés y, en plena borrachera, simulaban muertos de risa estar en una bacanal. Los demás parroquianos del local (todos correctos centroeuropeos fuera de esta costumbre balcánica de beberse hasta el agua de los floreros) contemplaban las escenas de traspiés y precipitadas huidas al servicio como yo: viendo una obra de teatro extraña, brutal y lujosa en la que R. era el director de las improvisaciones.

A las dos, sólo quedaban tres bailarines en la pista, con pinta de haber hecho una maratón de baile. El amigo que me había traido a la fiesta estaba inconsciente a mi lado (con los ojos abiertos, pero era incapaz ya de decir nada coherente) y yo, más sobrio que un asceta hindú. Las flamígeras melodías de un par de horas antes ahora eran cantos melancólicos de amor a los tiempos mejores. Llamémosle R. como buen anfitrión, también estaba sobrio, y escuchaba pacientemente a alguien que le contaba su vida. Yo, decidí que ya era hora de irme. Pagué mi kleines bier, me despedí y me metí en la cama dudando si había estado soñando despierto durante las últimas tres horas.

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