Una cuestión de personas (nada más, y nada menos)

Strangers 3/99
Una cuestión de personas (A.V.D.)

 

 30 de Enero.- En el verano de 2009, la ORF emitió una versión del conocido formato francés “Tengo una pregunta para usted”.

Se trata, como saben mis lectores, de que el Pueblo Soberano, ese que llena (cada vez menos) las urnas con sus votos, pregunte personalmente a los políticos por los temas que más le interesan y que los políticos demuestren que se han comportado como aplicados estudiantes de oposición, y que se saben lo mismo la cifra exacta del PIB que el precio de un café en el Bar Casa Pepe de Fuengirola.

En esta (y hasta ahora creo que única) ocasión, el tema de la interesante charla era: “Los turcos y los austriacos, esos grandes (mútuos) desconocidos”.

Para entrar en materia, los presentadores dieron paso a un vídeo en el que ciudadanos de diferentes estratos sociales (desde el medio bajo hasta las más altas cotas de miseria) explicaban la opinión que les merecía el grupo al que no pertenecían. Los austriacos explicaban lo (generalmente medio bien o medio mal) que les parecían los turcos y los turcos contaban lo (generalmente mal) que les parecían los austriacos.

Lo primero me lo esperaba, pero lo segundo, menos.

Y fue así cómo comprobé que es totalmente cierta una cosa de la que los austriacos se quejan mucho cuando los extranjeros dejamos de autocompadecernos y, abandonando todos los prejuicios que nos hemos traido de casa, nos paramos a escucharles: los extranjeros, en general, no nos molestamos en intentar entender a la población aborigen.

Estamos tan ocupados en que ellos nos comprendan, en que respeten nuestra singularidad, en que se emocionen con la paella y dejen de ver los toros como el último rastro de la barbarie primigénia, que hacemos rara vez el esfuerzo de intentar buscar el porqué de algunas costumbres austriacas o de algunas peculiaridades de la vida de los honrados ciudadanos de este país. O, simplemente, el esfuerzo de dejar de intentar que Austria se convierta en una segunda España (cosa que, por otra parte, sería aburridísima).

Por otra parte, cuando los extranjeros o, mejor dicho, los que no nacimos aquí pero nos sentimos en cierto modo orgullosamente austriacos porque hemos hecho ese esfuerzo del que hablaba más arriba, vemos o leemos que se critica a nuestra patria de adopción (o de elección, porque, a diferencia de España, en donde no decidimos nacer, hemos escogido Austria para vivir y trabajar); cuando, decía, vemos que se critica a nuestro país de adopción sin hacer el esfuerzo de intentar entenderlo, no podemos evitar sentir el mismo dolor que es seguro experimentar cuando alguien es profundamente injusto con alguien a quien queremos.

En otras palabras, la llegada de ese momento es la señal de que el matrimonio por el que nos casamos con esta tierra que, en principio, fue de conveniencia, se ha transformado en un matrimonio por amor. Y el amor, ya se sabe, tiene razones que la razón no entiende.

Desde que volví de España, parece haber tomado cuerpo la hipótesis de que, próximamente, el número de españoles en Austria va a aumentar (de hecho ha aumentado en los últimos tiempos).

Comentando el hecho con otros compatriotas, he empezado a percibir el temor que, yo mismo, no puedo dejar de sentir. A saber: que esas personas van a venir aquí (algunos lo han hecho ya) cargados de prejuicios, lo mismo que los turcos del programa que yo citaba.

Y pensarán que los austriacos son unos insensibles, y que tratan a los niños como a perros y a los perros como a niños (cosa que no es verdad, de ninguna manera); y que verán en su cortesía, frialdad, y en su respeto por el espacio del prójimo, sequedad;  y verán también un neonazi detrás de cada esquina y a una exguardiana de Treblinka en cada anciana que intente cruzar, trabajosamente, un paso de cebra.

Y, a nosotros, nos dolerá (ya nos duele, y mucho) que los españoles piensen así de unas personas con las que trabajamos codo a codo todos los días, unas personas a las que queremos y apreciamos por su honradez, por su claro sentido del trabajo bien hecho, por su sentido del humor (a veces retorcido, a veces neurótico, a veces negro, a veces de dudoso gusto, pero siempre cariñoso), por su alto concepto de la privacidad y de la libertad del prójimo, por su amor a las tradiciones, aunque estas puedan parecernos arcaicas.

Nos dolerá, como nos duele (como me duele) cuando vemos a los turistas pisar sin cuidado los parterres de los jardines de Schönbrunn, invadir un espacio en el que a nosotros nos ha costado tanto trabajo pasar desapercibidos, ser vistos, no ya como extranjeros (que lo seremos siempre) sino como simples personas.

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