J. Edgar, de Clint Eastwood: Historia de un capullo (humano, eso sí) contada por él mismo

Thirties
A.V.D.

 

10 de Febrero.- El telediario de la noche hace, en Austria, las funciones de una plaza pública –o de un patio de vecindonas, según-. Todo el que tiene algo que decir en este país ha pasado alguna vez por el pequeño estudio, que podría ser el de una tele local si se lo compara con los decorados galácticos que se gastan en las cadenas españolas.

Gran parte de la audiencia espera con ansiedad las siempre inteligentes, incisivas e irónicas preguntas del presentador, el avispadísimo Armin Wolf.

Wolf representa un rival rocoso para cualquier entrevistado, porque sabe que tiene a la audiencia detrás y porque, con su cara de payaso serio, es capaz de hacer las preguntas más salvajes sin mover un músculo.

El público ruge de placer en la placidez de sus hogares cuando Wolf engancha a alguien que, ignorando las reglas del juego, entra al trapo de sus preguntas cargadas de intención. Es entonces cuando el periodista se crece y, ansioso de ofrecer espectáculo, juega con su víctima, como un gato de dibujos animados que se complaciese en putear a un ratón inmortal y, al fin, asesta un último zarpazo que envía al invitado a su casa lamiéndose las heridas escocido.

La otra noche, en el plató del Zeit im Bild se produjo una de esas entrevistas en las que, si Wolf fuera torero, el público le hubiera sacado a hombros.

El líder ultraderechista Heinz Christian Strache, habitual de estos posts, viejo conocido de mis lectores y correoso profesional de la política (en el peor de los sentidos del término) fue invitado al plató de las noticias para que tratara de explicarse (disculparse, o lo que fuera) a propósito de las declaraciones que había hecho en el WKR Ball (ya saben mis lectores, aquel en el que también Marine Le Pen movió “el pandeiro”).

Incapaz de competir con Herr Wolf, Herr Strache entró al trapo no pocas veces y, aguijoneado por una inseguridad escénica radical y un miedo al silencio que, paradójicamente, parecen ser uno de los motores de su éxito político, trató varias veces de callar al presentador, le interrumpió constantemente y, a ratos, se ahogó en su propio discurso agresivo.

Como siempre, Wolf se reservó la última palabra y, en ese tono y con esa sonrisa que hacen las delicias de los lectores de dobles, triples y hasta cuádruples intenciones, se quejó ante Strache de que el político “no le había contestado ni una sola de las preguntas que había hecho”.

Strache se levantó airado y, al domingo siguiente, se quejó en la prensa afecta (Kronen Zeitung) de que Armin Wolf le había entrevistado como un periodista de la DDR (Alemania Comunista) a sueldo del Polit Buró.

(Y el público pensó: “Manolete, si no sabes torear pa qué te metes”).

Viendo ayer J. Edgar, de Clint Eastwood, me acordaba yo de esta escena porque sospecho que Hoover y Strache, salvando las distancias, deben de tener muchos puntos en común.

La película trata de la biografía de Edgar Hoover, siniestro personaje, furioso anticomunista, terror de presidentes, navegante experto de las cloacas del poder americano y se encuadra, sospecho, en una cierta tendencia de la cultura americana a verse a sí misma como una especie de Roma del siglo XX.

Los  enemigos de Hoover le achacaban, como a Strache hoy, como a Hitler en los cuarenta, su modestísima formación y su carencia casi total de refinamiento –por ejemplo, en un mundo de doctores en las más variadas especialidades y personalidades provenientes de los estratos más altos de la enseñanza y la cultura, el de los ojos azules, a pesar de lo que dice él mismo o sus turiferarios, sólo puede presumir de su diploma de protésico dental-. Pero lo cierto es que Hoover, como Strache, como el de Braunau am Inn, como Haider, sólo tenía una pasión en la vida: el poder y el medro personal. O sea: la política entendida como forma de autojustificación personal. Una manera de entenderse a uno mismo como parte de un “nosotros” límpio, puro, imprescindible, en contraste con un “ellos” que representa la escoria de esta tierra.

Los críticos han reprochado a la película de Eastwood el humanizar a un personaje obviamente indeseable como fue Hoover (el cual, por ejemplo, a sus virtudes públicas oponía una vida privada muy cuestionable en la primera mitad del siglo pasado –mantenía una relación sentimental con su lugarteniente-) y es verdad que la película plantea una pregunta que la convierte en una carga de profundidad moral muy intranquilizadora  en estos tiempos de corrección política ¿Hasta qué punto el pasado como víctima de Hoover no le forzó a convertirse en verdugo? ¿Puede ser que el infierno sea el cielo visto desde otro lado? ¿Todo ser humano merece compasión, por muy despreciable que sea? Y, lo que es más importante ¿Por qué el meapilas de Brad Pitt está nominado al Oscar y Leonardo Dicaprio, que está enorme en esta película, va a ver la ceremonia desde la platea?

 

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Un comentario a J. Edgar, de Clint Eastwood: Historia de un capullo (humano, eso sí) contada por él mismo

  1. victoria dice:

    Quizá vaya este fin de semana a ver la película de Hoover. De todas formas Lord Acton (s XIX) dejó una frase para la posteridad que se ajusta perfectamente al tema : «el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente». Pues eso, no hay nada más que añadir.

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