Buscar gimnasio en Viena (3): ¿Dónde entrena la gente normal?

Tatuaje
Buenas tardes (hola, buenas) ¿Es ahí el gimnasio normal? (¿Y qué es eso?) A.V.D.

 

Los otros dos capítulos de esta historia están aquí y aquí, y el origen (que no es moco de pavo) aquí.

18 de Febrero.- Hoy, mientras subía una escalera tan ficticia como interminable, me he dado cuenta de que, al final, no conté como terminó la epopeya de mi búsqueda de gimnasio nuevo. Voy a tratar de resumirla película lo más brevemente que pueda.

Como recordarán mis lectores, tras visitar un gimnasio baratuno, con un cierto parecido –en límpio- al patio de la penitenciaría de Sing-sing, di con mis huesos en un reino de esplendor pijo en donde una muchacha con las uñas pintadas con esmalte transparente, me propuso unos precios que hubieran hecho recomendable el que yo vendiese cualquier víscera mía a una red ilegal de transplantes.

Así las cosas, mi pregunta fundamental a todo el que quisiera oirme era ¿Es que no hay un término medio? ¿Es que me tengo que ver en el brete de elegir entre entrenar con unos tipos que llevan tatuajes bizarros en la espalda o entrenar con tipos de esos que se compran calzoncillos caros sólo para enseñar el elástico por encima de la cinturilla de los vaqueros? En otras palabras: en esta ciudad, las personas normales, sin antecedentes penales, pero también sin una incipiente carrera de modelo (o modela) ¿Dónde narices entrenan?

Tras una eficiente búsqueda en internet, desafiando –literalmente- a las condiciones climatológicas (ventisca, quince grados bajo cero) me personé en un gimnasio situado en una zona popular de la capital (antaño calle comercial de cierto fuste, hoy emporio de esas tiendas que venden ropa de esa que a los tres lavados no hay quien se ponga). Pronto me di cuenta de que, quizá, había encontrado el punto medio. Me atendió una chica que no visitaba el centro de estética en donde tunean a la chica de las uñas pintadas de esmalte transparente, más que nada porque no se lo hubiera podido permitir. Esto, me tranquilizó. Porque me di cuenta de que, si bien no estaba ante una bakala, la comercial de este gimnasio era uno de los nuestros (vamos, de los míos).

La chica me enseñó las instalaciones de este centro. Límpias, decentes, en las que se veía gente de todas las edades (mayoría de oficinistas de los edificios administrativos próximos). Gente que, en verano, se pone ciega de barbacoas y, en invierno, luce unos entrañables michelines (como yo). La cuota de tíos de esos que parece que les han soplado por el pito para inflarles esaba reducida al mínimo imprescindible (ceñudos, operaban las diferentes máquinas y levantaban unas mancuernas del tamaño de mi cabeza).

La chica me enseñó las clases, la de spinning –esa modalidad diabólica que consiste en que un tipo montado en una bicicleta intenta por todos los medios que eches el estómago por la boca– e, incluso, como novedad, me ofrecieron el participar en una clase en la que un par de decenas de voluntariosas amas de casa trataban de encaramarse a una barra vertical (de esas en que las pilinguis de las películas americanas hacen sus malabarismos) haciendo gala de la misma gracia que un avestruz enfermo de vértigos.

(Por cierto, entre las marujas, había también un marujo notablemente vetripotente con una cinta en el pelo a lo Jane Fonda que no mejoraba nada en gracejo a sus compañeras de entrenamiento).

Todo fenomenal. El precio me convenía. La chica (algo ceceante, por cierto, detalle que en alemán resulta especialmente encantador) la chica, decía, había hecho su trabajo divinamente.

Sin embargo, diez minutos más tarde, en la calle, supe que no, que mi búsqueda aún no había terminado ¿Por qué? Lo sabrán mis lectores en el próximo capítulo de esta historia.

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