Niki Stajkovic: el niño prodigio de la natación austriaca

Tras los pasos de Leni Riefenstahl
Un chico practica salto de trampolín en las piscinas del Olympia Stadium de Berlin (A.V.D.)

 

5 de Marzo.- Salzburgo. 1964. Los bañistas del Leopoldkroner Bad se dan codazos, sorprendidos. Se han dado cuenta de que, en la torre de los trampolines de la piscina, en la plataforma más alta (diez metros). Hay un niño pequeño que, un poco vacilante, empieza a dar algunos pasos. Un salto. Dos. La tabla vibra y, al tercero, el cuerpo del niño traza una limpia parábola en el aire y, de cabeza, entra limpiamente en el agua. Algunos espectadores del suceso que no han podido evitar contener la respiración, resoplan aliviados cuando el chiquillo, nadando como si no hubiera hecho otra cosa en la vida, gana la orilla de la piscina y habla con un hombre que, obviamente, resulta ser su padre.

Los bañistas salzburgueses no lo saben por entonces pero el chavalín rubio que acaba de acometer una proeza a la que no se atreven todos los adultos estaba llamado a convertirse en un as de las aguas cloradas: se llamaba (se llama) Niki Stajkovic.

Niki Stajkovic (en realidad Nikola Stajkovic) nació en Salzburgo en 1959, vástago de una de las familias más ricas e influyentes de la antigua Yugoslavia (el tatarabuelo de Stajkovic fue tres veces presidente del Gobierno yugoslavo). El hombre que esperaba a Niki a la orilla de la piscina, su padre Vlado, estaba destinado a ser político o diplomático. Sin embargo, el destino –y, suponemos, una gran ambición deportiva- le llamaron a ser el entrenador de su hijo.

Como en otros casos –si no, que se lo pregunten a los Sánchez Vicario– la relación entre padre-entrenador e hijo-pupilo no resultó siempre fácil. Los padres no siempre entienden las necesidades especiales de lo que se suele llamar un “niño prodigio”, criaturas con las dotes de un adulto pero que no dejan de tener derecho a disfrutar de una infancia más o menos normal. El caso de los niños deportistas es, si cabe, mucho más duro que el de los otros niños prodigios porque siempre están sometidos a la dictadura del marcador. El afán competitivo, como el valor en la mili, se les supone.

Stajkovic, sin embargo, le quita hierro al asunto.

“Un entrenamiento malo –declara- era naturalmente una catástrofe para el ambiente en casa. Pero a pesar de eso a mí mi padre me caía muy bien y, claro, me divertía mucho haciendo deporte”.

A pesar de los tempranos éxitos de su hijo Niki, parece que Vlado Stajkovic era perfectamente consciente del corto recorrido de la carrera de un deportista de elite e insistió para que su hijo estudiara. Primero, en Austria y luego, becado, en las universidades de Indiana y Texas. Stajkovic junior. Hoy en día, el exnadador es licenciado en económicas, psicólogo y medio médico (hubiera sido ya la repanocha que hubiera terminado su tercera carrera universitaria).

Naturalmente, una vida tan especial no ha estado exenta de anécdotas que demuestran que este mundo está muy mal repartido y que hay gente que nace con una flor en salvo sea el orificio. Stajkovic cuenta, por ejemplo, que a los catorce años fue enviado por sus padres –solo- a Colombia, a participar en los campeonatos del mundo que se celebraban en la ciudad de Cali. En el aeropuerto, al niño le robaron la maleta. Desesperado, el chavalín se dirige a un hombre por el que toma por empleado del aeropuerto. El tipo resulta ser multimillonario.

“Así que todos los días iba a entrenar en un BMW con chófer”.

El palmarés de Stajkovic incluye cinco participaciones en los juegos olímpicos en los que nunca, por cierto, hizo un papel muy brillante (octavo en Moscú fue su mejor clasificación). Durante un tiempo, sin embargo, se le consideró el segundo mejor saltador del mundo detrás del americano Greg Louganis.

Los achaques de la edad le hicieron retirarse de las piscinas a mediados de los ochenta. Sin embargo, la suerte de Stajkovic estaba muy lejos de agotarse.

Utilizó sus estudios para entrar en los negocios inmobiliarios y, actualmente, alquila casas de vacaciones a los austriacos (ricos) que visitan los Estados Unidos. Stajkovic presume de que, aunque vive y trabaja en América la mayor parte del tiempo, sigue conectado a Austria. Últimamente, ha vendido una piscina en Dubai por 1,2 millones de Euros.

Lo dicho: una flor.

Por cierto: no ha dejado de hacer deporte. A sus cincuenta y tres, Stajkovic se mantiene en forma cabalgando sobre las olas de Hawai en una tabla de surf. Toma ya.

 

Todas las informaciones de este post están sacadas de este bonito artículo del Standard.

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