Hágase extremista

Werden Sie Extremist
"Tiempos extremos exigen hazañas extremas !Hágase extremista!" Cartel en la Kunstlerhaus (A.V.D.)

 

12 de Marzo.- En Austria, las encuestas de intención de voto se publican como en España los resultados de los partidos de liga: semanalmente y los domingos.

Tras una semana que ha resultado bastante movidita (y que ha incluido “el perdón” a los griegos de una parte de su deuda, el acuerdo para la inyección de otro pastizal y algún que otro rifirrafe que ha salpicado la política interior) diferentes medios austriacos publican varias encuestas de intención de voto que certifican lo que Strache –del ultraderechista FPÖ- viene diciendo prácticamente desde que el mundo es mundo (antes sin razón y ahora con ella). Esto es: que Austria se ha convertido, de hecho, en una democracia con tres partidos grandes.

Socialistas y Conservadores, que actualmente gobiernan en coalición, están sufriendo el desgaste que supondría, para cualquier Gobierno, la adopción de una serie de medidas impopulares (el Sparpaket, por ejemplo, que no tiene nada que ver con la conocida cadena de supermercados, y sí con una serie de medidas de ahorro y control del déficit público que resultan suavísimas comparadas con la severa dieta a la que el Gobierno va a someter a la resollante economía española).

Curiosamente, sin embargo, no están sufriendo el desgaste por igual.

Mientras que el Partido Socialista Austriaco (SPÖ) mantiene un vivero de votos relativamente saneado (por la izquierda austriaca la cosa se mantiene relativamente tranquila, aunque los votantes del SPÖ no entiendan qué puede tener de socialista hacerle el juego al Capital); los conservadores, sin embargo, ven como una parte de su electorado (particularmente los jóvenes) se dan el piro y acuden golosamente a pacer al pesebre ideológico de la ultraderecha.

No, y esto creo que es interesante recalcarlo, porque se hayan vuelto unos fachas irredentos, sino por algo muchísimo más dramático: en mi opinión no entienden el lenguaje que hablan los políticos del ÖVP.

Si para sus padres (personas de clase media baja, sólidos valores religiosos católicos, querencia por la tradición y el orden) la política era, en gran medida, una cuestión de fe –el político hablaba y, aunque no se le entendiera, como se le asociaba a una serie de valores muy identificables, se le creía a pies juntillas, con la fe del carbonero- los jóvenes actuales han encontrado en las campañas de Strache –pensadas para seres dotados de la inteligencia de una ameba– un banderín de enganche ideal.

Si consideramos como muestra aleatoria a todos los votantes confesos del FPÖ que conozco, puedo decir que ninguno de ellos se caracteriza ni por tener una formación esmerada ni por entrar en muchas profundidades en lo que respecta a la política. El discurso de Strache, en ocasiones considerablemente bronco, apela a esa parte del cerebro de sus votantes que los seres humanos heredamos de los dinosaurios. Esa isla neuronal en donde residen la ira, el hambre, el instinto de supervivencia y los sentimientos más primarios. Nada que exija grandes procesos de elaboración conceptual.

Otra parte de votantes tránsfugas del conservadurismo la representan aquellos que, decepcionados por lo que consideran la pérdida de pegada ideológica de los conservadores, conciben al FPÖ como un voto de castigo.

Una cosa curiosa es que, ni unos ni otros consideran que Heinz Christian Strache sea de fiar. Parece que ni sus propios votantes.

Llama la atención que, de los candidatos a canciller potenciales (cabezas de los grandes partidos) Strache es el que recibe peor valoración y es adelantado incluso por Eva Glawitschnik, la cabeza de cartel de los vedes (Die Grünen) que, aquí, ocupa un espacio aproximadamente igual al que ocupaba en España la Izquierda Unida de Anguita.

Otro dato destacable que las encuestas arrojan es que, si bien la idea de un partido de ultraderecha sigue siendo tabú, el progresivo desgaste de la coalición gubernamental está haciendo que, lentamente, se vaya disolviendo la huella de los traumas que supusieron el escándalo Waldheim (ex secretario general de la ONU al que se le descubrió un pasado en la Wehrmacht nazi) y, sobre todo, la ola de éxito populista, trufada de escándalos de corrupción, que supuso el Haiderismo y su manera faldicorta de hacer política.

¿Veremos entonces al FPÖ en el Gobierno después de las próximas elecciones? Depende de muchos factores, pero yo me atrevo a mojarme: a pesar de todo lo anterior, si todo sigue así, es muy posible.

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