Alias Christina

Los caminos del fuego
Quien juega con fuego, acaba quemándose (A.V.D.)

 

15 de Marzo.- Como escritor con alguna experiencia en relatos de misterio, lo que aquí se llaman Krimis, tengo visto que hay personajes que, casi desde la cuna, están pidiendo que su vida acabe como el rosario de la aurora.

Las fotos de la austriaca, residente en Suiza, Claudia M. representan a ese tipo de mujer que, como decía una jefa que yo tuve, se dan cuenta de que están dejando de ser jóvenes y reaccionan tiñéndose de rubio.

Una de esas señoras frescotas, de buen ver que, después de rodar por aquí y por allá, van derivando a un aspecto matronal y se sienten en la necesidad de fingir un aire de respetabilidad que no termina de salirles bien.

Ese tipo de indivíduo que se da cuenta de que ser bueno y decente, y hacer las cosas como las hace toda esa gente a la que no se puede criticar, es un auténtico coñazo (por no hablar de que, viviendo así, no se sale de pobre).

Según la prensa basura local, Claudia M. era una chica de buena familia, procedente de Estiria, que había terminado en Suiza.

Cuando, hace unos días, apareció muerta a golpes en un recinto deportivo a pocos metros de su casa, esa misma prensa informó a sus lectores de que Claudia M. era “una millonaria austriaca” muerta en extrañas circunstancias, y que esas “extrañas circunstancias” implicaban, a buen seguro, un móvil sexual.

No hubiera sido el primer caso ni, desgraciadamente, será el último.

Hace algunos meses otra “millonaria” había aparecido asfixiada con una bolsa de plástico en lo que tenía toda la pinta de haber sido un juego sexual que había terminado de manera desastrosa.

Luego se supo que la “millonaria” era uno de esos espíritus libres que hubieran podido suscribir una frase que Rocío Jurado (q.e.p.d.) repetía a menudo, aquello de que “en mi coño y mi zaranda nadie manda” (con perdón) y que, bajo este lema libertario, se había llevado a su casa, un lujoso ático del distrito 1, a un tunecino que se alquilaba para soñar.

El tunecino y la peliteñida se habían montado un numerito sado-maso a la inglesa, el hombre de placer había esperado demasiado antes de quitarle de la cabeza la bolsa del BILLA, y la cliente se le había muerto en plena escalada al monte del gozo. Asustado, el magrebí había puesto pies en polvorosa sin llevarse del piso de la muerta ni un imperdible pero, también, sin borrar unas huellas demasiado obvias que dieron con sus huesos en la trena.

Estos días se ha sabido que, de la primera biografía que los medios habían publicado de Claudia M., lo único cierto era que había nacido en Estiria.

En Suiza, la lozana austriaca se ganaba los schnitzels ejerciendo la prostitución de lujo para varias agencias del ramo, en cuyas páginas web aparecía en sugerente ropa interior (bodys negros que ocultaban los ya evidentes estragos de los años sobre sus carnes).

En la que fue su última noche, dos hermanos, John y Kevin K., la habían llamado solicitando sus servicios (por cierto, a juzgar por las pintas de los interfectos uno duda mucho del supuesto “alto standing” de la prostitución que ejercía Claudia –la pobre-).

Claudia, alias Christina –su nombre de guerra- había ido a casa de sus clientes que, siempre presuntamente, la sometieron a todo tipo de sevicias para terminar apaleándola hasta la muerte. John y Kevin, que ya eran conocidos en su barrio por lo violento de su estilo de vida (amenazas con arma blanca, incendios de coches, y otros pasatiempos salvajes) abandonaron el cadáver de Claudia M. donde fue encontrado y, como lo de matar parece ser que abre el apetito, se fueron al Mc Donald´s más próximo, en donde se metieron para el cuerpo un par de hamburguesas y sendas birritas.

(Por otra parte, una típica conducta psicopática)

Se da la irónica circunstancia de que Claudia, alias Christina, hubiera estado viva si la justicia Suiza hubiera sido algo más estricta (y aquí enlazo con el principio de mi post). En sus esfuerzos para salir de pobre, Claudia M. había encandilado a un millonario suizo, un señor mayor, al que había estado “cuidando” durante tres años. El maduro caballero, cegado sin duda por los evidentes encantos de Claudia, fascinado con sus prendas, conquistado por sus habilidades culinarias, había tardado en darse cuenta de que la jacarandosa austriaca le había tangado una buena cantidad de francos suizos falsificando su firma en cheques en un total de 81 ocasiones. Claudia había reconocido su crímen y la justicia helvética la había condenado a cuatro años de prisión. Sin embargo, la austriaca había recurrido y, mientras el recurso se resolvía, había seguido coqueteando con el destino que, como pasa siempre, terminó por alcanzarla.

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