Ernst Gotthilf: el arquitecto de la casa de la Favoritenstrasse 62

Fachada lateral
El típico edificio de la época de la monarquía: sobre estas líneas, el Hotel Imperial (A.V.D.)

 

20 de Marzo.- Me encanta escribir este tipo de post que yo llamo “de tirar del hilo”. A veces, como en este caso, a través de un dato aparentemente sin importancia, se pueden llegar a saber muchas cosas interesantísimas.

Como ya saben mis lectores, a mi amigo, el Duque de la Vieja Erlaa y a mí, nos une una pasión picante e irreprimible por los portales vieneses.

En esta ciudad, es muy fácil satisfacer nuestro prurito coleccionista. Por dos cosas: por un lado, los vieneses son de natural bastante conservador y, normalmente, no han caido en ese frenesí modernizador tan hortera que llevó a que muchos edificios españoles sucumbieran presa de la piqueta a partir de los sesenta –por ejemplo, todos los palacetes del Paseo de la Castellana, en Madrid, salvo los que se han convertido en bancos-; la forma de pensar aquí es, generalmente, “si funciona, ¿Para qué tirarlo?”. Así, por ejemplo, se han salvado la mayoría de los porteros automáticos de los años veinte que, con sus cromados art decó y sus cajas de maderas nobles y oscuras, duermen en en el fondo muchos portales de los distritos de la almendra central de la ciudad. Otro factor salvador ha sido, paradójicamente, la falta de dinero para sustituir los equipamientos antiguos por otros más nuevos. De manera que, comunidades de vecinos compuestas por pensionistas o inmigrantes, no han tenido fondos para cometer los desmanes que, generalmente, terminan con el patrimonio histórico.

Pues bien:  enseñé ayer una foto de un portal y esta mañana, mi amigo, con su eficacia habitual, me ha enviado dos links de los que he podido sacar la historia siguiente.

La casa del número 62 de la Favoritenstrasse que yo enseñaba ayer fue uno de los primeros proyectos del arquitecto Ernst Gotthilf, el cual vino al mundo en Timisoara (actual Rumanía, entonces Austro-Hungría) en 1865, hijo del industrial judío, ennoblecido, Eduard Gotthilf von Miskolcz.

Como la familia  tenía el riñón bien cubierto, papá Gotthilf envió a su niño a estudiar arquitectura al Polytechnikum de Zurich, pero al futuro arquitecto no debió de gustarle el ambiente de la Confederación Helvética, así que se cambió a Viena, en donde terminó sus estudios. Tras acabarlos y realizar el correspondiente Practikum, se estableció por su cuenta a los 27 años.

A partir de ese momento, Gotthilf, al que las fotografías de época muestran como más bien serio –con ese aire que tienen algunos enfermos estomacales- no paró de trabajar. Al principio, proyectó sobre todo casas de alquiler y de viviendas (entre ellas, la que nos ocupaba ayer), sobre todo para el gremio de comerciantes de Viena, que incluso le encargó el hospital corporativo (es obvio que, entre los comerciantes vieneses, habría también un cierto número de masones).

En 1909, Gotthilf, un personaje tipiquísimo de la Monarquía Habsbúrgica , montó un próspero despacho de arquitectos con un tal Alexander Neumann. La firma Neumann-Gotthilf se convirtió pronto en la más importante de la ciudad, hasta el punto de que, cuando el Gran Berta empezó a lanzar balas que mandaban hombres al otro mundo y el Barón Rojo a hacer sus piruetas en sus biplanos, la firma de Gotthilf fue la única que siguió recibiendo grandes encargos que se realizaron sobre todo en Viena. Por ejemplo, son suyos algunos edificios de la monumental Schwarzenbergplatz, multitud de villas y palacetes repartidos por las cuatro esquinas de la urbe danubiana, bancos y el Austria Forum, una concurridísima sala de exposiciones vienesa que todos los años bate records de visitantes; o la fachada actual de las Sofien Sälle, actualmente en proceso de rehabilitación y reforma para convertirlas en un moderno edificio de viviendas.

Suponemos asimismo que al éxito de Gotthilf contribuyó considerablemente el hecho de estar casado con la hija de Donath Zifferer, uno de los principales constructores de la Viena de la época.

Tras la primera guerra mundial, la firma Gotthilf-Neumann decayó. A la crisis económica que trajo el fin de la contienda, se unió que los edificios historicisas, conservadores y recargados en los que se había especializado la empresa, estaban mandados retirar con el fin de la Belle Epoque.

Gotthilf vivió de pequeños encargos hasta que, en 1938, tuvo que marcharse a Inglaterra expulsado por los nazis (que no veían con buenos ojos, claro está, que Gotthilf fuera hebreo). Nunca regresó a Austria. Murió en Oxford en 1950. Su mujer le sobrevivió quince años más y falleció en 1965.

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