¿Por qué murió Erika Hechenleitner?

Hacia lo alto
Innsbruck, capital del Tirol (A.V.D.)

 

25 de Marzo.- Cuando se levantó el jueves pasado, Erika Hechenleitner no sabía que iba a ser la última vez. Sin embargo, alguien a quien ella conocía bien, había decidido que así fuera.

El pasado jueves, día veinticinco, Erika salió de trabajar a las cinco de la tarde de la oficina bancaria que el Reiffeisenbank tiene en Strass, un tranquilo pueblo tirolés de apenas 850 habitantes. La grabación de las cámaras de vigilancia de la entidad muestran a la empleada modelo de la sucursal llevando dos bolsas de deporte con cuatro kilos de oro cada una. Bolsas que, por cierto, aún no han aparecido (el oro vale 333.000 Euros). El jefe de Erika ha declarado a la prensa que su conducta no es compatible con las reglas de la entidad. Los negocios con oro fuera del banco están rigurosamente prohibidos. De hecho, todos los empleados del Raiffeisen tienen puestos límites al dinero que pueden manejar en efectivo. Si se trata de operaciones que excedan un determinado marco, tienen que pedir permiso. Cosa que Erika siempre hacía (antes del jueves, claro).

A eso de las nueve y media, Erika, al volante de su Mercedes blanco, emprende el camino del bar restaurante Rofan. Aparca en un lugar apartado –todo indica que, en un sitio que había convenido antes con su presunto asesino- y apaga el motor. La está esperando Heinz S., un policía residente en la localidad –de hecho, trabaja a menos de cincuenta metros del banco en donde curra Erika-. Heinz S. pasa por ser el guripa modelo (es guapo, es simpático, es popular y, desde hace 25 años trabaja en la pasma sin que nadie haya dado nunca queja de él). Sólo su santa esposa, que le dejó hace un año.

Heinz S. y Erika han trabado, a iniciativa del policía y durante los últimos meses, una amistad que, en el pueblo, califican de “especial”. Se les ve a menudo juntos, se mandan SMSs. Ninguno de los dos tiene pareja (Erika tiene una hija de una relación anterior). No se sabe por qué Erika quedó con quien, presuntamente, le dio matarile, pero lo que sí parece probable es que no tuviera ni idea de cómo iban a desarrollarse los acontecimientos. Cuando la tuvo a mano, Heinz S. la enmudeció y adormeció con un pañal empapado en cloroformo, la sentó en el asiento del conductor, cargó una pistola de señales pirotécnicas , la disparó dentro del habitáculo del coche y luego se largó con los ocho kilos de oro que se encargó de hacer desaparecer.

El crímen perfecto si no hubiera sido por un pequeño detalle. Por seguridad, los asientos de los coches están hechos de material que no prende fácilmente. Al estar abierta la ventanilla del vehículo, el fuego con el que Heinz S. contaba para que eliminase todas las huellas (incluyendo el teléfono móvil de Erika, con las llamadas desde un número de prepago con el que Heinz S. había mantenido su amistad) no se produjo. Esta circunstancia, si bien clave para la detención del criminal, no salvó la vida de Erika, la cual falleció por inhalacion de dióxido de carbono.

Horas después, se encuentra el Mercedes con el cadáver de Erika en su interior. Se analizan las pruebas encontradas y, los atónitos investigadores de la brigada criminal llegan a Heinz S. ¿Un policía? Heinz S. es detenido y se niega a confesar –a pesar del abrumador conjunto de pruebas que pesa en su contra-.

El presunto asesino guarda sin embargo para sí la respuesta a dos preguntas clave:¿Dónde están los ocho kilos de oro? ¿Por qué murió Erika Hechenleitner?

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