¿Quién me ayuda a resolver este misterio?

Flor de melocotón
Una bonita foto primaveral, como la de la entrada original (A.V.D.)

 

Hoy, la sección de Viena Directo que se llama «La máquina del tiempo» quiere llevar a sus lectores a un momento especial (alguno de los lectores de Viena Directo no habían nacido, y eso, a su redactor, le da un poco de cosilla). Se trata del Domingo de Ramos de 1984, año en el que ese redactor, yo, hizo la primera comunión.

Por alguna razón, ese día quedó fijado en mi memoria y un día, mucho tiempo después, me entretuve en contar mis recuerdos.

En el texto se plantea una pregunta de la que yo sigo sin saber la respuesta ¿Podrá ayudarme alguno de mis lectores? Se lo agradecería tanto…

El texto se llama: Domingo de Ramos, 1984. Y dice así:

28 de Marzo.- En mi casa, cuando éramos pequeños, mi madre siempre decía lo de:

 -Domingo de Ramos, el que no estrena, no tiene manos.

 Y nosotros siempre la poníamos en un apuro preguntándole por qué. Ella no sabía decirlo y yo, hoy en día, tampoco. Aunque es probable que, si se sigue usando la tradición, Ainara pregunte lo mismo y no sepamos qué contestarle. Será uno de los pocos misterios de su vida que se mantenga sin desvelar y estará bien así.

 Mientras planchaba, me he acordado del domingo de ramos de 1984, el año en que hice la primera comunión. También hacía un día nublado, como hoy. Con un cielo húmedo y de color antracita, que amenazaba lluvia. Lo recuerdo bien. Fuimos a misa de once, a la reservada a la muchedumbre de los catecúmenos –entonces todo el mundo hacía la comunión- y fuimos con mi padre. Cosa extraña, porque siempre era mi madre la que venía con nosotros. Mi hermano también estaba.

 La iglesia olía a multitud apretujada, a colonia barata, al betún con el que los zapatos trataban de disimular los achaques de la edad y de los patios de recreo terrosos, a chavales que montaban un cierto revuelo al darse la paz (era el único momento de la misa en el que estaba permitido cierto relajamiento). La eucaristía la celebró un páter que ya descansa. Un cura con bastante pluma del que mi hermano, con cierta mala leche que, en aquella época, era bastante inocente, hacía una imitación bastante buena que a nosotros nos hacía partirnos de risa.

 Éramos todos hijos del trabajo. Del taller, de la fábrica o del andamio. Y, para burlar la maldición de quedarnos sin manos, estrenábamos cosas humildes. Productos de mercería o de tienda pequeña que las madres allegaban haciendo un extraordinario. Unos calcetines de perlé (blancos, con caladito), unos calzoncillos, algún jersey (recuerdo uno a rayas que hacía un poco de daño a la vista). Cantábamos en misa canciones pop adaptadas a las exigencias del culto. O himnos un poco moñas como aquel de Dios es amor, la Biblia lo dice, Dios es amor, San Pablo lo repite. Dios es amor, ven y lo verás. En el capítulo cuatro, versículo ocho, primero de Juan.

 A la puerta de la Iglesia se ponían gitanos a vender las palmas. Las modestas ramas de olivo (dos por ramo) atadas con un cordel blanco y las más elaboradas palmas de color pajizo, trenzadas con cintas; al modo de Levante. A mí me gustaban mucho más, pero sólo se las podían permitir los más pudientes porque eran caras. Las ramas de olivo rociadas con agua bendita (“asperger” creo que es el verbo correcto) se ataban en los balcones y en las rejas. Soportaban las lluvias de la primavera conservando milagrosamente todas las hojas (el mundialmente conocido “agua bendita power”), y el calor del verano, y las brumas invernales hasta la siguiente primavera en las que eran sustituidas por otras nuevas.

 Aquel domingo de ramos, mi hermano y yo compramos los olivos a la puerta de la iglesia y, después de benditos, fuimos como siempre a casa de mi abuela María. Creo recordar que le dimos un trocito de nuestra rama –que, después de todo, no pensábamos colgar, porque no teníamos reja ni balcón- para que la pusiera en la ventana de su umbrío dormitorio en el que rara vez daba el sol –ocupaba la esquina más oscura del patio interior-.

 Luego, no sé qué hicimos. La película de mi recuerdo llega sólo hasta el beso que mi abuela nos dio para despedirnos.

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2 Responses to ¿Quién me ayuda a resolver este misterio?

  1. Ana dice:

    un estilo inconfundible, la sencillez de la descripción, la importancia del detalle, consigues que veamos un retrato de aquel episodio, tan familiar para todos siendo como somos de familias distintas, pero yo también lo he vivido… y revivo gracias a tí.
    Un aplauso.
    PD siento no poder aclararte por qué si no estrenabas no tenías manos.. a mí me daba mucho miedo cuando me lo decían.. uff.

    • Paco Bernal dice:

      Es curioso, yo miedo no recuerdo, pero siempre nos sorprendía mucho que nos lo dijeran. El domingo, que es el de ramos, voy a ver si publico la respuesta que unos amables lectores me han mandado y que explica el origen de la expresión. Saludetes 🙂

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