Buscar gimnasio en Viena (5): La Adicta vuelve a aparecer

Propulsión
Nunca se sabe cuándo podrá uno participar en alguna modalidad local (A.V.D.)

 

La parte anterior de esta serie está aquí

29 de Marzo.- Di que la otra tarde estaba yo corriendo mientras escuchaba (oh, vergüenza) a Los Del Río (cantando mentalmente aquello de que “Sevilla tiene un color especial” y haciendo cambios en la letra para hacerme reir a mí mismo mientras sufría, digoooo, mientras corría) cuando, de pronto, noté con mi visión periférica un movimiento en las bicicletas que estaban frente a mí.

Y cuál no fue mi sorpresa cuando, de una de ellas, bajó una vieja conocida de mis lectores. Una mujer menuda, piel y huesos, a la que yo bauticé, en mi anterior gimnasio, como La Adicta. Una persona humana que parecía vivir en la sesión de aparatos de resistencia del sitio en donde yo iba a mantener mi cuerpo escultural y que, estoy seguro, debió de llevarse el disgusto de su vida cuando, un día, sin saber cómo, el gimnasio que compartíamos quebró y nos quedamos compuestos y sin sitio en donde hacer ejercicio.

La aparición de esta Sombra del Pasado (título que, por cierto, era el más repetido en la sesión de telefilms de Mundo Perdido, la cadena de televisión en la que trabajé) me recordó de pronto que había dejado sin terminar la historia de mi búsqueda de gimnasio (búsqueda que, como intuyen mis lectores, llegó a su final de la manera más satisfactoria) y que tampoco había contado cómo me iba ahora, en mi nuevo gimnasio que es todo –lo digo ya- alegría, modernidad, ilusión y optimismo (de hecho, es tan optimista y la dirección se ocupa tanto de las personas que yo, acostumbrado como estaba a entrenar poco menos que con expresidiarios, a veces, no puedo con la vida de tanta amabilidad).

El gimnasio al que voy ahora –no diré su ubicación ni su nombre para poder seguir criticándolo y rajando sobre la fauna que va a él- me fue recomendado por mi amiga B., un día en que yo me quejaba de que, en Viena, era imposible encontrar un centro deportivo en el que mantener el cuerpo escultural de uno en compañía de personas medianamente normales –evidentemente para que, en contraste con los michelines de los demás, el escultural cuerpo de uno realce más, que yo no soy tonto-.

Me dijo entonces mi amiga B. que preguntase en el gimnasio al que iba ella, que era un sitio que me iba a gustar (precio, sin ser barato, muy favorable; socios de clase media que, en su mayoría, no tienen planeado dedicarse a atracar bancos ni a emprender una carrera en el mundo de la moda). Así pues, un día me armé de valor, me preparé todo lo que tenía pensado preguntar –porque yo soy una persona que, en idiomas extranjeros, me siento más tranquilo si me preparo con el vocabulario necesario– y me personé en la dirección que me había proporcionado mi amiga B.

Me atendió un caballero con el pelo muy corto teñido de color amarillo pollo –vaya por Dios-; él no sabía que yo estaba prácticamente decidido –me fío mucho, pero que mucho, de mi amiga B., y lo que a ella le guste, me gusta a mí también- así que pude asistir a otra representación completa de la obra Comercial Austriaco a Comisión en Acción. Al final, no pregunté ni la mitad de las cosas que quería preguntar –el tipo no me dejó meter baza, prácticamente- pero la verdad es que las cosas que me contó fueron de lo más alentadoras. De pronto, sentí lo que no había sentido cuando pedaleaba, corría y levantaba pesos inútilmente en el espacio que compartía con La Adicta: yo, Paquito Bernal, esa piltrafilla sin estudios, contaba para alguien. Una sensación muy conmovedora.

Como me pasa crónicamente con esta serie, me he dado cuenta de que tengo material para varios posts más. Uno, por ejemplo, dedicado a lo que pasa en los vestuarios de chicos de los gimnasios (esos lugares tan misteriosos y con esa idiosincrasia tan peculiar). Sí: creo que voy a seguir con esta serie. Próximamente.

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