La Habana – Viena (con una escala larga en Madrid)

El escenario preparado para la representación
Aquel escenario tenía las mismas dimensiones (A.V.D.)

9 de Abril.- A veces, me vienen a la cabeza historias de emigrantes que conocí cuando a mí ni se me pasaba por la cabeza que, algún día, yo también emigraría. Ayer, mientras me duchaba en el gimnasio, me acordé de una de estas personas, cuyo recuerdo había permanecido sepultado casi veinte años en un desván de la memoria…

Se llamaba S.-la inicial es inventada, claro-, era cubano, y tenía unos treinta años –una edad que a mí, entonces, me parecía que contravenía las leyes de la física-. Tenía una cara ancha de niño, cuadrada, franca, que resultaba algo incongruente con su expresión sombría. La típica de quien cree que se lo merece todo pero, en cambio, recibe solo una pequeña fracción de lo que otros obtienen sin esfuerzo.

Había llegado a España originalmente de manera ilegal, aunque pronto había encontrado la manera de regularizar su situación, casándose con una alta funcionaria de la universidad en donde yo estudiaba.

La mujer era bastante mayor que nuestro hombre, y estaba tan convencida como él de que S. poseía un talento literario fuera de lo común.

Para confirmarlo, no dudaba en exhibir varias publicaciones en órganos del Partido Comunista Cubano en las que el autor hacía gala de un dominio del idioma castellano por encima de la media, sí, pero cuya degustación se volvía un tanto repetitiva a la tercera vez.

No me entiendan mal mis lectores, S. no escribía mal, pero una vez superado el deslumbramiento que producía su eficaz prosa tropical, uno echaba de menos cierta sustancia, algo de sentido del humor y todo el océano de espontaneidad de la que carecían sus textos. Hasta el punto de que no se tenía más remedio que llegar a la conclusión de que, años expuesto a la radiación fatal de los eslóganes, habían resultado letales para la capacidad de S. para producir algo legible (y disfrutable por parte del lector).

Otra de las cuitas de S. (y de su preclimatérica esposa, lógicamente embargada por los transportes de un dulce amor otoñal) era que, a pesar de que el cubano podía acreditar en su palmarés personal la posesión de varios títulos universitarios –cosa nada extraña en el ilustradísimo pueblo insular- dichos títulos, o bien no eran reconocidos por el pérfido Gobierno de Madrid, o bien resultaban poco vendibles en una sociedad tan codiciosa como aquella del Madrid de mediados de los noventa del siglo pasado.

Esto traía a R. por la calle de los suspiros y, en cuanto su arrobada esposa se daba la vuelta, se entregaba a la tarea de poner a escurrir no sólo al mencionado Gobierno monclovita, campeón de la perfidia, plusmarquista de la vesania, conspirador necesario contra la demostración de su talento, sino también a los españoles mismos, de los cuales denostaba nuestra forma de hablar (particularmente nuestro acento le ponía del hígado), nuestra pasividad política (en esto tenía razón, probablemente) y, en general, cualquier cosa  que apareciese en una conversación que se saliese aunque fuera un poco del tema meteorológico.

A pesar de ser víctimas de sus rociadas, los españoles le escuchábamos cariacontecidos  y, quizá desde la culpabilidad, le dábamos la razón, porque pensábamos en Cuba como en un paraíso en donde el personal vivía en una miseria feliz, y algo contradictoriamente nos acordábamos de los pobres cubanos que habían cruzado el mar en precarias embarcaciones aunque pensábamos de ellos que eran unos flojos que no valían para sufrir en nombre de lo que es éticamente superior.

No nos dábamos cuenta de que nos encontrábamos ante alguien que utilizaba la desgracia de sus compatriotas para impresionarnos pero que en realidad era, ahora lo sé, un trepa sin escrúpulos que hubiera vendido (barata) a su abuela por una columna fija en La Razón.

En mi descargo debo decir que, entonces, éramos jóvenes y creo que bastante más tontos que ahora, y no estábamos programados aún para reconocer a un pájaro de esta clase cuando nos topábamos con él.

A instancias de su santa, S., consiguió colocar un monólogo teatral en el grupo de en el que yo participaba. Me tocó a mí representarlo. El texto tenía apenas dos folios y era, en su complejidad, relativamente irrepresentable. Pero, como yo entonces no sabía que era imposible, me lancé a la tarea con las mejores ganas de alguien que soñaba para sí un futuro escénico fulgurante.

Nadie entendió el texto – por tanto, S. quedó convencido de que los españoles, aparte de hablar a trompicones, eramos también más tontos que pichote- y, a la cuarta representación, el monólogo se cayó de nuestro programa, sin que nadie lo sintiera demasiado. Fue así como S. desapareció por un agujero de mi memoria, del tiempo, de la vida. Qué habrá sido de él.

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