Habla la novia del señor cura

Una mujer pequeña charla de sus cosas
En la parroquia del cura polaco no se habla de otra cosa (A.V.D.)

13 de Abril.- Recordarán mis lectores que, con ocasión de la misa del jueves santo en El Vaticano, el papa puso a escurrir a un grupo de sacerdotes austriacos por pedir que se normalizasen ciertas cosas de sentido común. Como, por ejemplo, el celibato opcional o una mayor participación de las mujeres en los asuntos de la Iglesia. También recordarán que hablé del asunto de un párroco que había puesto el grito en el cielo por la presencia en el consejo de su parroquia de un señor (bastante feillo, por cierto) que vivía en feliz coyunda con otro caballero.

Pues bien: como dice la Biblia que todo lo secreto termina descubriéndose, ha sucedido lo que tenía que suceder: una señora, de nombre Mahrer (peliteñida, cejas depiladas, frisando una esplendorosa cincuentena) ha ido a los papeles para contar que, durante tres meses, en algún momento entre 2001 y 2006, mientras el señor párroco de Stützenhofen pastoreaba las almas de Pressbaum, ella calentaba el lecho del señor párroco, cocinaba para el señor párroco y servía de báculo de las cuitas del señor párroco.

La señora cuenta la historia de su amor con el ensotanado de una manera bastante simpática. Explica a quien quiera ponerle delante una grabadora que su relación con el sacerdote empezó en un momento de enorme zozobra espiritual, cuando se vio obligada a cuidar de su madre impedida y ella misma tuvo que enfrentarse a la siempre desasosegante idea de la muerte, como resultado de una operación delicada. Necesitada de consuelo y consejo, nuestra amiga se dirigió al párroco de Pressbaum el cual, se supone que obnubilado por sus encantos de Walkiria, le preguntó con “su acento polaco” (sic) si podía pasear con ella. De los paseos, se pasó a la pisicina, de la piscina a la encimera de la cocina y de la cocina al dormitorio, en donde el párroco se supone que tuvo ocasión de admirar el gusto admirable que la señora Mahrer tiene para los visillos y la ropa de cama.

En Stützenhofen, la parroquia actual del pizpireto sacerdote, están ya un poco hasta las narices de ver a tanto periodista tras las huellas de otras posibles feligresas rendidas por los encantos del párroco que surgió del frío. No se conocen otros casos de seducidas, pero los fieles están un poco cabreados por la historia. Los que se atreven a hablar, dicen que ellos no tendrían ningún problema si los curas pudieran casarse, pero que el señor este, vaya de puertas para afuera de representante del catolicismo más conservador (léase rancio) y luego tenga queridas por ahí, es una cosa que no gusta.

La exnovia del cura también se muestra indignada por la presunta doble moral del cura. En declaraciones al Kurier dice la señora:

-¿Cómo puede él comportarse así con dos hombres jóvenes? Viven en paz sin hacerle daño a nadie ¿Qué pecado puede haber en eso?

Para hacer un relato equilibrado de la cosa, también hay que decir que el polaco también cuenta con partidarios en su parroquia. Gentes de orden a quienes el estilo tridentino del sacerdote les mola. De todo tiene que haber en la viña del Señor.

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