Spanish Revolution 2012 (8): el resultado del clásico

Calle Argumosa
La calle Argumosa, en Madrid (A.V.D.)

22 de Abril.- Quiero empezar el post de hoy pidiendo mil perdones a todas aquellas personas que saben que estoy en España, a las que dije que llamaría o que vería y a las que me va a ser imposible ver o llamar.

Me queda día y medio de estar en “estepaís” y, la verdad, no tengo tiempo material.

Para las próximas navidades tendrán que quedarse un encuentro que yo tenía previsto organizar con mis excompañeros de la tele (parados recientes algunos), y otro también con mis excompañeros de instituto –el padre de Ainara, que iba a asistir, parte hoy para un lugar de lejano oriente y no ha podido ser-. En resumen que, como me pasa siempre cuando estoy en España, no doy abasto. Y eso que intento concentrar las citas y optimizar en lo posible las rutas.

Naturalmente, procuro no faltar a lo primordial: disfrutar de los míos, que para eso me ven poco el pelo.

Y observar, observar mucho.

En Austria he descubierto el inmenso valor del silencio y de la acción. Y cada vez disfruto más escuchando.

Ayer tuve un encuentro gratísimo (como siempre) con mi primo N. y su mujer.

Para que mis lectores se sitúen, diré que mi primo N. no es primo mío carnal. Nos conocimos en Viena allá por el año 2006, en una tarde en la que los dos terminamos llorando de risa y, desde aquel momento, nuestra amistad se hizo tan entrañable, que el que esto está escribiendo no concibe poder estar a menos de doscientos kilómetros de distancia y no programar un encuentro.

N. y su santa decidieron irse de Viena el año pasado, porque, aparte de inteligentes y cultos, son intrépidos y les apetecía ver mundo. Como parada transitoria eligieron España. Concretamente la bonita ciudad de Cuenca, patria de los Joseluises (Perales y Coll) y de Mari Carmen (la ventrílocua más famosa de la meseta).

Ayer, en una terraza de la calle Argumosa, delante de sendas claras (“bicicleteros”, como las bautizó B., traduciendo muy saladamente del Radler alemán), les preguntaba yo por lo que habían pensado al volver (volver, volver) y les explicaba que mis impresiones, en general, son más melancólicas en cada viaje. En gran parte, por mi culpa, soy muy consciente.

Porque las referencias de mi itinerario sentimental se me van borrando, porque cada vez entiendo menos cosas y porque cada vez hay más que, si bien no me molestan, sí que se me harían muy cuesta arriba si me tuviera que ver en la tesitura de volver a vivir aquí.

Y son cosas que creo que son partes consustanciales de la manera de ser de mis compatriotas. Como por ejemplo, la querencia por la cháchara y el comentario de la jugada (estoy hasta el mismísimo gorro del asunto del Rey –de hecho lo de “me he equivocao, no volverá a pasar” se ha convertido en una coña familiar cada vez que mi sobrina hace alguna trastada-, y mis lectores se habrán dado cuenta de que no he hablado de la recauchutada presidenta de Argentina, ni de esa empresa que todo el mundo dice que es española, cosa que es verdad solo a medias).

Mi primo N. y su santa me explicaban que el volver no se les había hecho difícil, pero que estaban un poco hasta el gorro de que la gente no tuviera otro tema de conversación que la crisis y que la estrechez económica se hubiera convertido en un comodín en todas las charlas, como antes lo era el decir que este era el invierno más frío que se recordaba menos uno.

Al decirlo, suspiramos los tres y le dimos un sorbito a la cerveza. La calle Argumosa, llena de gente alegre hablando en idiomas inverosímiles, lucía hermosa bajo el dorado sol del atardecer.

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