Spanish Revolution 2012 (9): El secreto de Puente Viejo

Donaukanal
Un puente (viejo, claro). Archivo Viena Directo

23 de Abril.- De la televisión española se pueden decir dos cosas: una, que está poseída por un enfurecido afán tertuliante (decíamos ayer) y dos que, junto a las tertulias, el género rey es la ficción.

Un tipo de ficción muy particular, claro. Y adaptado a las especialísimas características de la idiosincrasia española.

Si en Austria, donde yo resido habitualmente, el asunto por excelencia de series y películas es quién mató a quién (esos Krimis en donde siempre hay un cadáver tieso y un policía que se queda pensativo enfrente de ese cadáver y, cincuenta minutos después, detiene al malhechor y lo pone entre rejas) la ficción española es un asunto menos de lógica y más de sentimientos.

Esos dos sentimientos son, generalmente, tres: el amor, el miedo y la intriga (habitualmente se presentan separados: hay ficciones principalmente de amores y ficciones principalmente de miedo e intriga aunque, en ambas variantes, los guionistas se las apañan para encamar a los protas cada cierto número de episodios, de manera que el prota pueda lucir torso descubierto –fenómeno que podríamos llamar “Mariocasismo” o “Miguelangelsilvestrismo”– y la prota pueda también lucir curvas o trasero firme).

Otra característica primordial de la televisión española es que, como en Celtiberia, la gente se va a la cama a una hora en que los austriacos ya están en los siete sueños, los episodios, de lo que sea, duran una eternidad.

También sucede que, si bien la mayoría de las series españolas, vistas por un observador imparcial –de fuera, vaya-, son entrañablemente salchicheras, también es verdad que la producción española ha alcanzado una agradable velocidad de crucero y se puede decir que, si bien la industria del cine español murió en el tardofranquismo –cuando empezaron a declinar los grandes productores, como Cesáreo González, Alfredo Matas o Emiliano Piedra-la industria de la serie de pata negra goza de muy buena salud.

Pasaron también los tiempos aquellos en que las series españolas eran todas paráfrasis más o menos confesas de las películas de Gracita Morales y Alfredo Landa (trama costumbrista,familia con hijos e hijas, abuelo y la inevitable criada andaluza). El agotamiento del modelo “Médico de Familia” y la creación de un incipiente star system (Amaia Salamanca, Miguel Angel Silvestre, Mario Casas y por ahí) ha propiciado que las series españolas hayan empezado a apostar por otros géneros. Como por ejemplo, la ficción “histórica”. Pongo el adjetivo histórico con todas las comillas posibles.

La ficción “histórica” española (El Secreto de Puente Viejo es un buen ejemplo, pero también Amar en Tiempos Revueltos) bebe directamente de las fuentes de la ficción “histórica” sudamericana, rama Televisa y su famosa Escuela de Talentos (“Pasión de Gavilanes”, por ejemplo) y obedece siempre a la regla siguiente: si uno cierra los ojos y, por lo tanto, no ve el vestuario de época ni el atrezzo que pretende imitar algunos objetos antiguos, uno podría pensar que la trama se desarrolla en un rascacielos cualquiera de la capital de España (pongamos la torre Picasso).

Se diría que los pobres guionistas, galeotes encadenados al banco de un procesador de textos, presos en locales oscuros, alimentados a pan, agua y tranchetes, son obligados a despojar a todas sus invenciones de cualquier rastro de credibilidad o de profundidad histórica.

En el fondo, la ficción española y la austriaca sufren de una anemia parecida: si a los austriacos se les da mal el sentimiento, a los españoles se les da mal la lógica.

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Un comentario a Spanish Revolution 2012 (9): El secreto de Puente Viejo

  1. Fer dice:

    Lo de los horarios es un poquito más complicado de lo que a primera vista parece, y tiene bastante que ver con la tan manida memoria histórica, aunque en este caso, a pesar de que esto sí es un problema real que nos sigue afectando hoy directamente en nuestra vida diaria, pocos parecen ser los que han reparado en ello.

    Los mayores aún recuerdan cuando expresiones como mediodía o medianoche tenían sentido literal hasta 1941, cuando debido a las simpatías de nuestro dictador por su colega, precisamente austriaco, que a la sazón medraba por aquellos lares, se cambió la hora ibérica de toda la vida por la de la Germania, y si bien entonces aquello, además de para ponerse en sintonía con los genocidas de Centroeuropa, fue útil para facilitar el pluriempleo, los que lo vivieron eran conscientes de que ahí había un desfase —es conocida la anécdota del caminante que le pregunta la hora a un labriego, y éste, ni corto ni perezoso, le contesta: «¿Cuál quiere saber, la del Sol o la de Franco?—. El paso de los años, a la vez que ha cambiado el modelo productivo ha ido nublando la memoria de los perjudicados, hasta el punto de que una ocurrencia reciente como ésta se nos antoje un atavismo ibérico inherente a la hispanidad desde los tiempos más remotos, como la jota o el jamón de bellota. Así que a nadie le extraña el llevarle la contraria al Sol, tener por costumbre salir de casa aún en plena noche cerrada para ir a trabajar, o cenar a las mil. Eso de madrugar con el Sol, que es una excepción que en España sólo ocurre entre junio y julio, en el resto del mundo es lo habitual, salvo por dos meses en invierno. Si ya nos vamos a Galicia, este experimento de ingeniería social ya toma matices de tortura psicológica a la población. De ahí que, mal que bien, nos hayamos adaptado como buenamente hemos podido a este desajuste entre la hora civil y la solar produciendo nuestro particular ritmo diario, y de ahí también otros daños colaterales, como los disparatados horarios laborales que padecemos en España. A la vista de un mapa sólo puede inferirse que, una de dos, o británicos, irlandeses, y portugueses son unos pringados, que van con retraso, no les importa despilfarrar energía, y se autoimponen un jet lag perpetuo, o somos los españoles los que vamos al mal.

    Con respecto a las series, no sé cómo está el tema porque afortunadamente me quité del vicio de la televisión, pero apuesto a que más que el gusto por un género en particular, la diferencia estriba en que la televisión española está a años luz en cuanto a chabacanería. De lo que sí puedo dar fe es que tanto en Austria como en España, entre personas jóvenes con cierta formación, lo que se ve, más que el producto nacional, son series americanas, que probablemente emitirá a trompicones una cadena privada en España dos años después de que que se haya confirmado que es un éxito de público y crítica, o sea, cuando ya las haya visto todo el mundo, aunque en Austria a esto hay que sumarle que además de tarde, será desembolso mediante. Eso sí, la querencia que tienen por los Krimis en tierras transalpinas es innegable, y como muestra, el spin-off policiaco de Kaisermühlen Blues.

    Me da la sensación que las series de televisión van a ser a esta primera mitad del siglo XXI lo que el cine al siglo XX, y mucho me temo que el pescado se seguirá cortando en el mismo sitio, esto es, al norte del río Grande.

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