Los 600 hijos del profesor Wiesner

Un niño
En 1965 David Gollancz era un despierto chaval de doce años (A.V.D.)

24 de Abril.- Como voy a estar, como aquel que dice, recién aterrizado en Viena, mientras clasifico fotos, las revelo, lavo, plancho y me acostumbro a la desasosegante idea de que, según las encuestas, la ultraderecha es la primera fuerza política del país en intención de voto, voy a contarle a mis lectores un cuento. A ver qué tal me sale.

Aunque tenga que ver algo con Austria, mi historia empieza lejos de Viena, en las calles de Londres, pongamos que una fría mañana de 1965. Ese día, David Gollancz, un despierto niño de doce años, descubrió que había sido concebido por inseminación artificial. Para el pequeño David, averiguar que su padre no había puesto la semillita de la manera más corriente supuso un cierto trauma, que se hizo más profundo, por cierto, cuando se enteró de que, incluso la semillita, había sido aportada por un donante que había elegido permanecer en el anonimato.

Gollancz se hizo mayor, estudió, fue a la universidad y, con el tiempo, se hizo abogado. Durante toda su juventud llevó dentro el peso de cargar con la incógnita del origen del cincuenta por ciento de su material genético. Así que, en cuanto pudo, se puso a investigar y sus pesquisas le llevaron hasta un edificio de apariencia anodina, situado en una calle cualquiera de la capital británica. No cabía duda: en aquella dirección había estado la clínica en donde se habían encontrado las dos primeras células de David Gollancz.

El negociete había sido fundado en la década de los cuarenta por un biólogo de origen austriaco, el doctor Bertold Wiesner el cual había empezado entonces ayudar a parejas a las que la cigüeña se negaba a visitar.

Gollancz averiguó que, durante los veinte años que había estado abierta la clínica, Wiesner, ayudado por su santa, una tal Mary Barton, había ayudado a venir al mundo a más de 1500 británicos.  A las acongojadas parejas que acudían a su consulta, el honrado Wiesner les ofrecía esperma de donantes cultos y de clase media alta; lo que no les explicaba era que cuando escaseaban los sementales de alto standing, era él mismo el que se metía en un cuartito, se hojeaba unas revistas, se crujía los nudillos, raca raca y hale: ya estaba la materia prima.

Las pruebas de ADN impulsadas por el tenaz Gollancz sugieren que Wiesner podría ser el padre de 600 de los niños que nacieron gracias a su actividad con la pipeta (va sin segundas).

El prolífico biólogo austriaco, sin embargo, no podrá ayudar al esclarecimiento del caso porque, después de haber colaborado a brazo partido (ejem) en la tarea de la perpetuación de la especie, Wiesner falleció en 1972 y su mujer, antes de morir en 1983, destruyó todos los archivos en los que figuraban todos los datos de las criaturas.

A pesar de lo que pudiera parecer, sin embargo, nuestro austriaco no hizo nada ilegal aportando él mismo las celulillas caudadas que constituían la materia prima principal de su industria. Hasta 1990 no hubo en el Reino Unido una ley que limitase el número de donaciones de esperma o de óvulos. Actalmente, un mismo donante sólo puede colaborar en la fabricación de diez criaturas.

Después, tiene que cerrar el kiosco.

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