La misteriosa muerte de Shukri Ghanem

Copakagrana la nuit
Copakagrana la nuit: la flecha indica el lugar en donde se encontró el cuerpo (A.V.D.)

30 de Abril.- Hay un dicho austriaco que dice –muy sabiamente- que las horas de la mañana traen el oro en la boca. Dudamos mucho que a un madrugador habitante del barrio de Kagran (Donaustadt) se le olvide nunca la mañana del domingo pasado. A las ocho cuarenta de ese día, mientras daba un paseo matinal –quién sabe si para poner tierra de por medio después de haber discutido con la santa-  un vienés encontró flotando en la semiabandonada zona de ocio de Copakagrana el cuerpo de un hombre, a sólo veinte metros del restaurante griego del complejo.

El cuerpo estaba, según describen los periódicos “leger angezogen”, lo cual puede significar lo mismo que estaba en bermudas o que el difunto iba vestido con un traje nada apropiado para el propio sepelio. Aunque, al fin y al cabo ¿Quién puede estar elegante y glamuroso mientras están levantando su propio certificado de defunción?

El paseante madrugador, como ciudadano responsable, llamó inmediatamente a la policía para que se hiciese cargo de su hallazgo. Pocas horas después de personarse las fuerzas del orden en el lugar, se supo la parte más explosiva de la noticia: el cuerpo de aquel hombre casi septuagenario, algo obeso y con bigotillo (o sea, talmente la pinta de un entrenador cualquiera del Real Madrid) pertenecía nada más y nada menos que a Shukri Ghanem. Sí: lo sé: a mí el nombre tampoco me sonaba. Pero se trataba del exprimer ministro de Gadafi y, asimismo, el ministro que controlaba el combustible fundamental del poder omnímodo del dictador libio: el petróleo.

Cuando la cosa se puso fea en Libia (o sea, para Gadafi y para Gahnem, aunque en diferentes grados) Ghanem puso pies en polvorosa y se refugió en Viena (llegó en 2010) pues, como muchos señores con un expediente algo turbio, el exprimer ministro libio se había cuidado muy bien de que sus hijos obtuvieran una nacionalidad respetablemente europea (¿Y qué nacionalidad hay más respetable que la austriaca?).

En la capital de los valses, aprovechó su experiencia en los asuntos del oro negro y la cercanía de la Organización de Países Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP) para montar una consultoría. Y así se ganaba la vida oficialmente: atendiendo consultas –más o menos como yo en Viena Directo, pero cobrando millones de dólares por cada correo-.

La policía viení se encuentra momentaneamente totalmente a ciegas sobre las circunstancias de la muerte de Ghanem. Buscan testigos (parece claro que no los encontrarán fácilmente). Se ha sabido, eso sí, que el libio no cascó de un infarto, sino que murió ahogado y, asimismo, ha trascendido que no se han encontrado en su cuerpo señales de violencia que permitan suponer que no cayó al agua por su propio pie. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que, a eso de la medianoche del sábado, después de haber estado viendo la tele con su hija, al salir de su domicilio de lujo en Donaustadt, dijo que iba a dar un paseo porque no se encontraba demasiado bien. A la mañana siguiente, la hija, al nota su falta, denunció la desaparición.

No se descarta, de momento, ninguna teoría que explique el óbito. Desde el fallecimiento por causas naturales hasta una venganza política (el clan Gadafi, aunque descabezado, aún cuenta con fieles que se morirían de ganas de despachar a alguno de los que consideran traidores). Lo que sí parece claro es que Ghanem no se suicidó, pues no dejó carta alguna en la que pidiese que no se culpara a nadie de su muerte, ni tampoco tenía problemas más apremiantes que el de encontrar cocineros que le hicieran las especialidades libias a las que estaba acostumbrado.

¿Se resolverá alguna vez el misterio de su muerte? Quién sabe…

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