El gavilán pollero

Mosaico 1
A.V.D.

1 de Mayo.- En estos momentos en que escribo, Austria está bajo una ola de calor inusitada para esta época del año. Disfrutamos de unos paradisiacos treinta grados, y los austriacos en general, y los vieneses en particular, agradablemente sorprendidos, se han visto obligados a celebrar el día del trabajo buscando una sombra y una bebida fresquita con la que combatir la calorina.

La familia austriaca que me pilla más cerca, natural de Burgenland, ha decidido aprovechar el festivo para inaugurar la tan austriaca costumbre de la barbacoa y para limpiar la piscina y prepararla para los calores veraniegos –los cuales, como sigan así, nos van a achicharrar vivos en junio-. Ha sido un día perfecto.

Teniendo como fondo la voz nasal del canciller Faymann en el informativo de radio Burgenland, el pequeño de la casa refregaba con un estropajo el azul  de la piscina vacía, la madre y otro hermano mayor (risrás risrás) se dedicaban a dejar el fondo reluciente. Más allá, el carbón de la barbacoa se convertía en la pesadilla de un ecologista y no dejaba de emitir dióxido de carbono hacia el cielo intensamente azul. La única que no parecía darse por aludida de que tenía que ponerse las pilas era la bomba que regula los flujos de agua de la alberca familiar. Ni siquiera los esfuerzos combinados de cuatro adultos versados en instalaciones parecidas han sido capaces de devolverla a la vida.

Con el sol ya alto en el horizonte, han llegado las novias de los mayores, que han ayudado a poner la mesa o, en bikini, se han echado lánguidamente en las tumbonas para ver el espectáculo de la lucha del hombre contra el traidor motor que quita y pone agua en su piscina.

Mosaico 2
A.V.D.

Paco, uno más de la familia, la cabeza cubierta para evitar los rigores del sol sobre su incipiente calva, estaba sentado sujetando juntos dos tubos por orden superior (¿Por qué? ¡Quién lo sabe! Y, lo que es mejor ¿A quién le importa?). Para entretenerse, cantaba una canción de Pedro Infante cuya coña, estaba seguro, era la única persona en diez kilómetros a la redonda que podía entender.

-Se llevó mi polla el gavilán pollero, la pollita que más quiero, que me sirvan otra copa cantinero, sin mi polla yo me muero…

El sol ha ido cayendo, lentamente. La bomba, dejada por imposible y la piscina vaciada a cubos. Los trabajadores han recibido como recompensa sendas botellas de cerveza con limón (lo que aquí se llama Radler, un ciclista, vaya). Poco a poco, el jardín ha ido llenándose de unas sombras suaves y se ha hecho hora de cenar en un heuriger cercano.

Al volver a por el coche, alrededor de la piscina en cuyo fondo, medio lleno de agua, se reflejaba una luna blanca y luminosa, saltaban un par de ranitas pequeñas.

De vuelta a casa, con la osa menor en el cielo, Radio Stephansdom retransmitía una serie de nocturnos de Chopin.

El mundo estaba en calma para los hombres de buena voluntad y, a lo lejos, sobre el Prater, había fuegos artificiales.

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2 Responses to El gavilán pollero

  1. Landahlauts dice:

    Una duda ¿la cantabas en voz baja o en voz alta?

    Magnífica estampa ¿costumbrista?

    Saludos.

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