Viena y Atenas, ¿Quién tiene razón?

Vida gatuna
¿Quién tiene razón? (A.V.D.)

8 de Mayo.- Dos países, dos maneras interpretar los mismos hechos. Las imágenes del energúmeno griego saludando a la romana (al candidato electo del partido griego Aurora Dorada me refiero) abrieron ayer los informativos austriacos.

A pesar de lo aséptico del montaje de las imágenes y del texto que leía el dueño de la voz en off, se podía adivinar en los presentadores del telediario no poco escándalo, como cuando uno habla de esos miembros de la propia familia que son incapaces de administrar su vida con un mínimo de inteligencia. Esos que lloran ahora por ser víctimas de la recesión pero que, en tiempos de bonanza, se metían en créditos personales para ponerle llantas de aleación al coche o para esculpirse un pecho de silicona hecho a la medida de los sueños de un presidiario.

La opinión pública en este santo país a propósito de lo que pasa en Atenas oscila entre el asombro y el desprecio, estando dominada en sus sectores más sensatos por una justificadísima alarma. Al principio de la crisis, el parecer dominante era que la ruina griega era una tormenta en un vaso de agua. Un conato de incendio al que se podría poner coto fácilmente si el gobierno griego se sometía a una mínima dieta de sensatez financiera.

Las corrientes de opinión austriaca más antieuropeistas aprovecharon entonces para rajar y no acabar a propósito del despelote que reinaba en lo que decían que era la versión continental de una república bananera. Videntes que cobraban por ser ciegos y mozos de cuarenta y tantos que percibían pasta del Estado en concepto de seguro de vejez llenaron las páginas del Kronen Zeitung, junto con las severas admoniciones de Frau Merkel (muy aplaudidas por el sensato contribuyente centroeuropeo) en las que decía que ya estaba bien de chupar de la teta de la vaca, que el trincar se iba a acabar.

Los medios españoles, entonces y ahora, miraban la elasticidad con la que los griegos (gobierno y ciudadanos) parecían interpretar el concepto de decencia con una notabilísima indulgencia en tanto que, detrás de multitud de artículos de opinión y editoriales, se le afeaba a Frau Merkel un presunto deseo de imponerle a los griegos el consumo masivo de los yogures de Lidl.

Los periodistas españoles, al contrario que los secos, fiables y algo tostones periodistas austriacos que mencionábamos más arriba, no se centraban en los fríos datos macroeconómicos (a vista de pájaro cualquier crisis es un conato de incendio o, en el peor de los casos, tan disecable y analizable como la manía que tenía Enrique VIII de cortarle la cabeza a las mujeres de las que se desenamoraba). Los periodistas españoles no podían evitar la empatía que sentimos todos los hombres mediterráneos cuando hablamos de nuestros hermanos, de ahí la indulgencia y de ahí el énfasis en lo que va camino de convertirse en el combustible principal de una hoguera que puede acabar con la Unión Europea tal y como hoy la conocemos: las historias de interés humano.

Esa es quizá la diferencia principal entre la Europa del Norte y la Europa del Sur, y lo que quizá sea la causa de que la Unión sea un proyecto condenado al fracaso: de los Alpes para arriba, piensan que un médico no puede parar mientes en el dolor que le va a causar al paciente, sino que debe subordinarlo todo al objetivo final: su curación. En el sur, sentimos el dolor de los otros como nuestro, y sus faltas como las que podríamos nosotros haber cometido, de forma que preferimos vivir en la incomodidad o incluso caer en el desastre, antes de infringir un sufrimiento que, pensamos, incluso puede ser innecesario.

¿Quién tiene razón? Yo no lo sé. Ahora, estoy en medio. Los inmigrantes tenemos esa suerte (y la desgracia de que, al vivir entre dos mundos, casi nada nos queda claro).

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Un comentario a Viena y Atenas, ¿Quién tiene razón?

  1. victoria dice:

    Como decía Horacio, «en el medio la virtud».

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