El hobby nocturno del padre Elías

Cripta
A.V.D.

2 de Junio.- En el marco de la ya tradicional Larga Noche de las Iglesias (Lange Nacht der Kirchen) visitamos la cripta de la Iglesia de los Franciscanos, sita en la plaza del mismo nombre, a tiro de piedra del Kleines Cafe y desde cuya puerta se pueden ver las ventanas del lujoso ático que comparten la oronda soprano Ana Netrebko y su señor esposo, el también cantante de ópera Erwin Schrott.

Como la Lange Nacht es un acontecimiento cada año más concurrido  y a pesar de que las visitas a la cripta se efectúan cada media hora, solamente conseguimos entradas para el tour de las once y media de la noche. Entretanto, alegramos el estómago en un restaurante español cercano, porque, como dice un amigo mío “la mística no está reñida con la mástica”.

Al llegar al recoleto convento que ocupan los del de Asís, nos encontramos con una cola de gente bastante numerosa. De hecho, hay atasco. A las doce menos veinte, parece ser que aún no ha salido el grupo de las once. No entramos hasta menos diez.

Nos recibe un hombre de unos cincuenta años muy mal llevados, mejillas rojas de borrachín. Se trata sin duda de un lego. El caballero, nos enteramos acto seguido, se considera a sí mismo la mano derecha de un supermán religioso llamado el Padre Elías (retener este nombre). Mientras escucho la introducción de nuestro cicerone por el mundo de los muertos, no puedo evitar parar mi atención en la cartela que tiene detrás. Dice: “Fui lo que tú eres, soy lo que tú serás ¡Memento mori!” (o sea, en latín, ¡Recuerda que vas a morir!).

El lego no para de mencionar al Padre Elías en términos elogiosos y explica que él y el franciscano (que no está presente, por cierto) fueron los encargados de ordenar el caos que dejaron los rusos en la cripta cuando saquearon el templo en busca de los tesoros que la propaganda bolchevique explicaba que los perversos capitalistas enterraban con los explotadores del Pueblo (de hecho, esta propaganda también hizo que el ataud de la pobre Mary Vetsera fuera profanado en el Zentralfriedhof y abierto como una lata de atún Calvo en busca de hipotéticas joyas).

Lo hacíamos de noche –al orden y la limpieza se refería el lego- porque el padre Elías –párroco en una iglesia del Seewinkel-tiene otras muchas ocupaciones de oficina und so weiter –etcétera.

“Un planazo lo que tenía el padre Elías cuando el sol se ponía”, pienso yo, y me imagino al lego y al religioso, con mascarilla a lo Michael Jackson, ordenando según Dios les daba a entender –nunca mejor dicho- los restos mortales dispersos por las bóvedas subterráneas del convento.

Seguimos informándonos sobre la peculiar (o santa, según) personalidad del padre Elías. Frente a un altar, el lego nos explica sinceramente arrobado que el sacerdote fue ordenado allá a mediados de los ochenta y que la primera misa que dio fue en el lugar en donde nos encontramos: para aquellos frailes que, como dice la liturgia, “habían muerto en la esperanza de la resurrección”. De hecho, el padre Elías, que debe de considerar la limpieza de la cripta de los franciscanos como la obra de su vida, ha reservado  para sí un hueco junto a aquellos que le precedieron, hueco que nuestro amigo el lego señala con toda naturalidad. Cero al cociente y paso al enterramiento siguiente.

Tras hacerlo, nos conduce por un pasillo angosto a otra dependencia, en la que esperan la resurrección de la carne unos 200 muertos del siglo XVIII, durmiendo su siesta de siglos en sendos sarcófagos de madera decorados con motivos alusivos a su yerto estado (calaveras, tibias cruzadas y otra simpática iconografía mortuoria).

Calaveras
A.V.D.

-A nadie le gusta morirse, claro, pero solo se muere una vez y luego despertaremos a la vida eterna –sic- así que, wenn es muss sein…-como diciendo, si hay que ir se va, pero ir pa ná es tontería.

El lego nos explica que la temperatura y la humedad en la cripta se mantienen constantes para que no puedan reproducirse gérmenes que serían nocivos para los visitantes y para el estado de conservación de los cadáveres. Y luego nos explica algunas simpáticas anécdotas que les acaecieron a él y a su jefe, el famoso padre Elías, durante el proceso de adecentamiento de aquel almacén de restos mortales.

En ese ataúd –dice señalando uno notablemente más ancho que el resto- hay una mujer vestida totalmente de negro que está momificada. No voy a abrirlo, claro –cunde un agradecimiento general- pero se le pueden ver las facciones, los labios, la nariz… Lo único claro, que este ojo –se señala el izquierdo- ya no está. Ya se sabe que, cuando se manipulan las momias, se pulverizan –el auditorio tiene escasa experiencia en el trato directo con las momias, pero todo el mundo pone cara de hacerse cargo.

Aunque sea incómodo (unangenehm) mencionarlo –prosigue- también hemos encontrado que a algunos los enterraron vivos –habla de los muertos como de una tribu de extraños animales, o como de plantas que estuvieran sometidas al lento ritmo de crecimiento de las secuoyas-  se nota que los enterraron vivos porque hemos encontrado las rascaduras de las uñas en la tapa del ataúd –detalles gráficos no, por favor- o algunos –remeda la postura- aparecieron boca abajo, al intentar abrir la tapa del ataud con la fuerza del cuerpo –deduzco que era imposible porque las clavaban; el lego continúa con su voz un tanto monocorde- en aquella época era relativente frecuente porque claro, en cuanto se quedaban en coma pensaban que estaban muertos. Para prevenirlo –añade con una sonrisa- en cuanto se tenía sospecha de la muerte el médico les clavaba una aguja en el corazón. Si no estaban muertos entonces, pues ya se morían –y se echa a reir un tanto incongruentemente.

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2 Responses to El hobby nocturno del padre Elías

  1. victoria dice:

    Hace cinco años, en mi primera visita a Viena, visité la Cripta de los Capuchinos. La verdad es que aunque el lugar era algo desangelado (nada que ver con El Escorial) mi mitomanía histórica me empujaba a ver semejante sitio. Busqué en primer lugar el sarcófago de la infanta Margarita María Teresa, la infanta principal del cuadro «Las Meninas», esa niña rubia y llena de gracia, que no sé si fué casada como a los catorce años con su primo el Emperador Leopoldo I. Creo recordar que murió de parto a los 21. Una vida fugaz aunque su recuerdo permanece en muchos de los cuadros de Velázquez, algunos de los cuales están ahí en Viena, en el Museo de Historia del Arte. También me llamó la atención la tumba de la Emperatriz Maria Teresa (madre de María Antonieta), doble, pues con ella estaba su esposo Francisco I de Lorena. Era muy ostentosa y barroca. Al lado, muy sobria, la de su hijo José II. Ambos fueron monarcas ilustrados. También me llamaron la atención las tumbas del Emperador Francisco José y su esposa la Emperatriz Isabel (Sissi) y su hijo Rodolfo. Había flores frescas y la bandera de Hungría. Por último la tumba de la esposa de Napoleón, Maria Luisa. Al lado había estado su hijo, el hipotético heredero del Trono Imperial Francés, pero después los franceses se lo llevaron a los Inválidos y lo enterraron junto a su padre, Napoleón. No deja de ser un cementerio, pero algunas de las personas allí enterradas movieron los destinos de esta nuestra Europa y la hicieron así, con sus fronteras y sus religiones, a través de guerras y matrimonios. Eso es lo que es ese cementerio, un trozo de la Historia de Europa.

  2. Pingback: Christoph Waldner hace equilibros entre dos torres de la catedral de Viena | Viena Directo

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