Insumisos

Kardinal Schonborn
El cardenal Schonborn (A.V.D.)

28 de Junio.- Personalmente, soy bastante fan del cardenal Schönborn, jefe de la Iglesia austriaca. Le considero una persona inteligente e ilustrada que, sin embargo, en mi opinión, intenta conseguir esa cuadratura del círculo que consiste en tratar de reconciliar lo que dice la geriátrica curia romana con lo que le piden en la calle los fieles.

Debido a este debatirse entre el lobby de los fabricantes de bragueros y el personal de sotana que quiere concursar en Gran Hermano y practicar el edredoning, Schönborn se ve muchas veces  en el brete de adoptar decisiones que parecen tomadas por dos personas diferentes.

Hace unos meses, por ejemplo, Su Eminencia dejó en evi(dencia) a un cura carca que pretendía expulsar del consejo parroquial a un caballero, que había sido elegido por la feligresía, sólo por ser gay y vivr (cosa más normal) con su pareja. El cardenal mantuvo una entrevista con los cónyuges (pues eso y no otra cosa son los dos señores) y, tras ella, concluyó que las pretensiones del párroco no eran de recibo. Hecho lo cual, el contrariado páter (polaco, para más inri) se marchó a unas largas vacaciones, a rumiar lo que él consideraba una intolerable campanada por parte de su superior.

Ayer, sin embargo,Schönborn demostró no ser tan liberal

Como mis lectores recordarán, hace justamente un año, un grupo de curas austriacos llamó a la desobediencia a los dictados de Roma pidiéndole al Vaticano “un paso hacia la modernidad”.

Las pretensiones de los párrocos eran las mismas que expresó el presidente Suárez ante las cortes franquistas, al objeto de convencerlas de que la conveniencia de hacerse el harakiri, esto es: hacer que para la Iglesia sean normales las cosas que, en la calle,desde  hace muchísimo tiempo son normales.

Los párrocos contestatarios quieren, por ejemplo, la abolición del celibato (o que este se hiciera opcional para que los curas no se vean en la tentación de acariciar golosamente las rodillas de los educandos), que las personas divorciadas puedan volver a casarse por la Iglesia, libertad de predicación para los laicos o la ordenación sacerdotal de las mujeres.

Durante este año, Schönborn ha mantenido diferentes reuniones con los disidentes, de cuyo contenido estos han dado cuenta a los medios, básicamente para dos cosas: por una parte, para expresar su optimismo y su convicción de que, a fuerza de poner la otra mejilla para que se la partan, algún día conseguirán algo y dos, indicar que, a pesar de su talante tan de acuerdo con los evangelios, las posturas no se han acercado en lo más mínimo.

El conflicto, entretanto, se ha mantenido en el nivel pellizco de monja con una sola excepción: la homilía del jueves santo del papa Benedicto, en donde, sin nombrar a los pecadores, el pontífice tiró de las orejas a los curas díscolos y les dijo que la Iglesia son las famosas lentejas de Negrín, que si las quieres las comes y si no, pues también.

Viendo que las reuniones, las interminables conferencias sobre pájaros y flores y la actitud más o menos comprensiva no daban ningún fruto, el cardenal Schönborn decidió ayer que más vale una vez colorado que ciento amarillo, citó a una de las cabezas de la rebelión de ensontanados, el Sr. Peter Meidinger, y le puso sobre la mesa un ultimátum que, al cura, le escoció como era lógico: o bien abandonaba el grupo de los desobedientes o bien renunciaba a sus cargos en la Iglesia. Renunció Herr Meidinger a ser reelegido para sus cargos, no así a su parroquia, Markt Piesting, cuya dirección espiritual espera poder conservar.

Meidlinger ha calificado la actuación de Schönborn de “inmoral” en tanto que los portavoces de la Iglesia oficial  austriaca consideran que el cardenal ha sentado un ejemplo para que, en el futuro, los sacerdotes se lo piensen antes de unirse a un movimiento que crecía (y crece) de una manera que ellos consideran rápida y peligrosa.

Sobre todo, y aquí creo que está la razón última de la inusualmente expeditiva actuación del purpurado, teniendo en cuenta la situación que se vive ahora en la colina vaticana. Con un papa al que no se le da mucho tiempo de vida, y varias facciones enfrentadas en una guerra fratricida que ha incluido revelación de secretos y chantajes varios.

Parece evidente que hay personas que se han sentido en la necesidad de demostrar de qué lado están. Y el cardenal Schönborn ha movido ficha.

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