Adiós a Viena

Lange nacht14 de Julio.- El hombre se decide por un restaurante oriental, pequeño, algo escondido, al que llega a tiempo para encontrar una mesa, antes de que el pequeño local se vea invadido por los turistas que huyen de la llovizna. El hombre se siente cómodamente insignificante, agradablemente invisible cuando ocupa un sitio al fondo del local. Un lugar que le permite observar a la gente que entra y que sale, el ir y venir de las camareras coreanas, como si viera una película.

A su lado, hay sentada una pareja. El hombre no puede reprimir cierto fastidio al darse cuenta de que son españoles. “Turistas”, piensa,”no sé yo dónde c?ñ? está la crisis, si aquí cada vez hay más gente”. La camarera coreana se acerca, el hombre pide sushi y, entonces, la pareja, que hasta entonces ha intercambiado unas cuantas palabras a propósito de la comida, empieza a mantener una conversación que toca más profundidad.

El hombre les observa. Probablemente, piensa, sus vecinos de mesa están casados. Es un matrimonio que, sin que pueda decir por qué, le produce una cierta sensación de desequilibrio. Quizá porque las dos personas guardan el uno hacia el otro una actitud muy diferente.

Ella va vestida de manera impersonal con una sencilla y unos vaqueros.

Un blazer blanco cuelga del respaldo de la silla. Un bolso discretamente caro ocupa gran parte del velador. Él lleva vaqueros y una camisa azul, por fuera del pantalón, con un aire que denota claramente que sólo se pone esa ropa en fin de semana. Quien les observa imagina de pronto un armario masculino colonizado por trajes marengo y corbatas de esas cuyo estampado discreto hace llorar a gritos. Los dos miembros de la pareja son muy pijos. Se nota fundamentalmente en que ella habla como un carretero, mandándolo todo “a tomar por culo” y calificando de “hijas de la gran puta” a las que dice que son amigas íntimas.

Mi amor –dice ella- antes de que nos vayamos me tienes que ayudar a hacer una cosa. Me tienes que hacer un favor . Oye, ¿En los ordenadores pequeños tenemos Word?

Sí, ¿Por qué?

-Porque quiero hacer mi Curriculum.

-Tu currículum se hace en poco tiempo.

Ella parece acusar el golpe.

-¿Me lo haces tú, entonces?

-Claro, claro. Yo te lo hago, si quieres –repone, conciliador, el hombre.

Es que tengo que encontrar un trabajo…Lo que pasa es que no tengo experiencia de nada.

Es igual.

-No, no es igual ¡Cuarenta y cuatro años y sin experiencia es mucho! –se escucha una voz que dice “achtundzwanzig”- veintiocho ¿Han dicho veintiocho, verdad? –el hombre asiente- ya ves: entiendo hasta los números. Cuarenta y cuatro años y sin experiencia.

El hombre se echa a reir:

-Haber terminado la carrera.

La mujer se revuelve, nerviosa:

Oye, ¿Tú crees que J. me respaldaría una mentira? No sé, decir que he estado dando clases de español en uno de esos colegios aquí en Viena, uno, dos meses…

-No mientas.

-No, si no es mentir, es que, sin experiencia…

-No mientas.

-¿Y si buscamos en Alemania?¿Eh? Qué te parece –adopta un tono zalamero- Alemania es el motor de Europa.

No sé…En Alemania, ¿Dónde?

-En Berlín.

-Yo no he visto nada de Berlín. Acuérdate que sólo he estado dos días. En una reunión.

-Ya, pero B….¿Has visto las fotos que ha puesto en Facebook? Qué bebé más guapo. Pues está dando clases particulares de español en Berlín y cobrando paro…Y es indefinido…Yo no necesitaría trabajar.

Mientras come sushi, el hombre deduce que sus vecinos de mesa dejan Viena hoy o mañana, después de algunos años de estancia por motivos de trabajo durante los cuales ella, está claro, no ha pegado un sello (y ha aprendido un alemán zarrapastroso, según comprueba al poco tiempo). La parte femenina de la pareja empieza a hacer recuento de las amistades que podrían ayudarles en España, el que parece ser su destino, o en Viena en el caso de que vinieran mal dadas y tuvieran que volverse. La mujer, con creciente nerviosismo, como si planeara cometer un atraco a mano armada y tuviera que buscar un escondrijo, se da cuenta de que, después de una larga temporada aquí, sus amistades son demasiado superficiales para poder conseguir de ellas ningún tipo de ayuda laboral o económica. El hombre está más tranquilo y, de vez en cuando, le recrimina con mucha pachorra la frialdad de su actitud y los términos en los que la mujer habla de sus amistades. El hombre parece que nunca se pone nervioso por nada. La mujer concluye que no tiene a nadie cerca a quien la una una gran intimidad (ella lo llama “confianza”).  Intenta que el hombre comparta su desazón, echándole en cara el caso de un amigo común, que vive en cierta capital del norte, el cual, desde que se divorció apenas les llama.

El hombre se defiende, aduce que “los tíos” no necesitan según qué intimidades para mantener viva una amistad.

Se vuelve a hacer un crispado silencio.

Voy al servicio y nos vamos, ¿Vale? –dice la mujer. El hombre se muestra de acuerdo. Cuando ella se levanta, se queda mirando por la ventana, inexpresivo, un poco  triste, como si estuviera a cargo de un enfermo mental o de una persona maligna, cuya propensión a la impiedad tuviera la misión de contrarrestar.

El que les observa paga –diez euros justos- y se marcha.

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Un comentario a Adiós a Viena

  1. Bad Voslauer dice:

    Para bien o mal, conocerás de verdad a las personas que te rodean cuando vengan mal dadas, cuando todo va bien todo el mundo se arrima.

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