Jugando a mirar

La foto que nos va a servir hoy de juguete (Diario Österreich de este domingo)

16 de Julio.- Lo que es el inconsciente: al fechar este post, en vez de dieciseis de julio he escrito dieciséis de noviembre.

Hombre, Noviembre, quizá sea un pelín exagerado, pero es cierto que, dadas las temperaturas (frías, 16 grados), el cielo de color panza de burra y las lloviznas y churrascos tormentosos, podríamos pensar perfectamente que la fecha de mi cumpleaños se acerca y que nos encontramos en ese mes de octubre que tan feo puede ser por estos pagos.

Los “masa media” se encargan de explicarnos que, en los últimos tiempos, llueve tanto en Austria porque el cambio climático ha desplazado hacia el sur el Jet Stream y, si anteriormente, las tormentas caían en lugares ignotos de Siberia hoy, los fenómenos meteorológicos adversos se ceban (y vaya si se ceban) con Centroeuropa. Esa zona del mundo que, por razones que podrán mis lectores entender perfectamente, me resulta tan querida.

En fin: a lo que vamos, que se nos acumulan los temas.

Hoy, vamos a jugar a un juego que se llama Sacarle a Una Foto Toda la Información que Pueda Proporcionar.

Nuestro juguete va a ser la foto que sirve de ilustración a este artículo.

La publicó ayer el suplemento dominical del Österreich –gran periódico-  y forma parte de una doble página que el rotativo vienés le dedicaba a un publirreportaje sobre Heinz Christian Strache, líder de la ultraderecha austriaca (para situarnos: en estos momentos, según el insituto de opinión Gallup, un veintitrés por ciento de intención de voto, segunda fuerza política  a una distancia moderada del Partido Socialista Austriaco (SPÖ) que tiene un 28%).

La pieza en cuestión es fascinante desde el punto de vista semiótico (ese que mis lectores saben que me gusta tanto) y lo es más, desde el momento en que el Österreich, que va dirigido a las capas culturalmente más desarboladas de la sociedad, tiene que utilizar las imágenes para transmitir sus mensajes.

Veamos:

Como mis lectores pueden observar la foto muestra a Strache en la azotea del edificio del Parlamento.

Está tomada desde el punto de vista de un niño de seis o siete años, aproximadamente. O sea, de abajo hacia arriba. Strache, vestido de sport (chaqueta azul de un tono sospechosamente parecido al del logo de su partido), camisa de tono más claro (italiana, un poquito macarra, doble botonadura en el cuello) vaqueros y mocasines (sin calcetines). En la muñeca, un reloj “ostentóreo” –dicen las malas lenguas que de veintemil eurazos-; el político  tiene las piernas abiertas aproximadamente a la altura de las caderas, las manos en la cintura y mira a un punto un poco por encima de la cabeza de un observador eventual, por ejemplo, el techo de un autobús que estuviese parado frente a él. La típica pose del visionario (ver foto del Che Guevara reproducida en millones de camisetas)

En el caso de Strache (44 años) esta pose resulta favorecedora porque le rejuvenece. En los carteles electorales, en los que el punto de vista es inevitablemente frontal, los técnicos tienen que retocarle siempre la papada que está empezando a afear su aspecto de dinámico defensor de los austriacos de pata negra.

La pose, el punto de vista y el lugar en que está hecha la foto, tienen otro efecto colateral (calculado, obviamente): podrán observar mis lectores que el horizonte queda más o menos a la altura de medio muslo del modelo, con lo cual el espectador, privado de otro punto de referencia, tiene inconscientemente la sensación de encontrarse frente a una persona de una estatura superior a la media, casi un gigante.

Pero los alrededores de la foto también son significantes. Miren, miren: el tamaño de la letra del titular (idéntico al de la cabeza del modelo) hace que las declaraciones del político parezcan contundentes cuando, en realidad, lo son solo aparentemente.

Dejando nuestro jueguecito y pasando a lo que mis lectores no pueden ver, en el cuerpo del artículo, situado al lado de la foto, Strache se marca una “umbraliana”: esto es: se ve claramente que ha venido a “hablar de su libro”. O sea, de ese libro que anunció hace días que va a escribir en el que contará su visión de la vida y de la política.

También a intentar parar de alguna manera los efectos adversos que las manifestaciones mafiosas de su correligionario Uwe Scheuch pudieran tener sobre la opinión de esa mayoría burguesa que Strache sabe que es imprescindible si su partido quiere algún día rebasar el 25 por ciento de los sufragios y, por tanto, morder poder nacional.

Para hacerlo, Strache se desvincula totalmente de Scheuch diciendo que la división carintia de su partido (el FPK, producto del fraccionamiento del partido de Haider) es un partido distinto que no tiene nada que ver con el FPÖ (a pesar de lo cual Scheuch se somete a la disciplina del partido y el FPö nacional recibe dinero del Estado Austriaco como si fueran una sola organización). En fin.

Para romper ese “techo de cristal electoral”, Strache, gran conocedor instintivo de la fuerza creadora de realidades del lenguaje (como lo fue Haider en su momento, como un tipo con bigotillo antes que él) ha empezado a deslizar una muletilla en todas sus apariciones públicas: la de que el FPÖ aspira a dar el golpe definitivo consiguiendo un porcentaje de votos del 33,4 por ciento en las próximas elecciones generales.

Un porcentaje, exactamente un tercio del electorado, que conseguiría quebrar el aislamiento al que las demás fuerzas políticas tienen sometido al FPÖ y que impide a Strache ser canciller en coalición con ningún partido de los que podríamos llamar “ortodoxos”.

Un objetivo, este del 33,4 por ciento que, incluso Strache, tiene que saber que es prácticamente utópico en las condiciones actuales (tendría que subir diez puntos en intención de votos, que son muchos puntos) pero que le sirve para a) mantener a sus adeptos en la tensión necesaria y b) para crear la sensación de que lo que dice es posible (ya se sabe que, lo que no se nombra, no tiene visos de ser real).

¿Será el libro su Arma Definitiva?

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