Europa y las provincias

Entre tiburones
A.V.D.

1 de agosto.- Querida Ainara: el español es propenso al clan.

La pertenencia a la tribu ayuda, a cambio de una cesión de cierta cantidad de autonomía, a domar un poco la ansiedad que produce el futuro.

Por un lado, uno se siente respaldado por la fuerza del rebaño y, si esta fracasa frente a la crudeza de los acontecimientos, por lo menos queda eso tan humano de que mal de muchos consuelo de todos (o de tontos).

El desarrollo de la Constitución de 1978, a pesar de las intenciones iniciales del legislador, ha fomentado esta característica peculiar también en la política española.

Con dos consecuencias directas: el cambio de facto de la forma de ordenación territorial del país. En la práctica, España es hoy una monarquía federal compuesta de diecisiete tribus que, en lo posible, van a su bola.

Y dos, derivado de la anterior, el crecimiento desmesurado de eso que se llama “la administración autonómica”, con sus diecisiete presidentes, sus diecisiete parlamentos, sus diecisiete flotas de coches oficiales, sus diecisiete televisiones y radios, sus diecisiete máquinas de producir enchufes para parientes que no se han sacado la ESO –dado el fracaso escolar reinante, una muchedumbre– y sus dos variantes fundamentales de estar ante el mundo: ser “progresista” o ser “como Dios manda”.

Los progresistas, con la bandera de la república en la maleta, se van a Cuba una vez al año, a ver el aire culto con el que los simpáticos isleños palman de consunción, y a desear para España una utopía parecida de remiendos, consignas facilmente digeribles y estado felizmente omnipotente –aunque, desde que Fidel está algo amojamado, el espejo es más bien el plasta de Hugo Chávez- .

Los de la acera de enfrente se encasquetan la mantilla de blonda o se ponen ciegos de fino en las consuetudinarias romerías con las que España honra a sus mil y una vírgenes, al tiempo que se hacen la ilusión de arreglar la pobreza en unos mercadillos que ofrecen un nuevo futuro de los chinos, en el que la Duquesa de Alba baila (indefectiblemente) por sevillanas.

Este sistema –y estas castas- se han podido mantener hasta ahora sin grandes tropiezos porque había dinero generosamente aportado por el poder central (guiles, que dice tu padre) para recompensar los favores de tal empresario dándole tal obra, o para inaugurar hospitales a los que luego no se dotaba de camas, maquinaria ni personal.

Cuando el dinero ha faltado, Ainara, inevitablemente, han saltado las rivalidades, como en esas familias en las que todos los hijos llevan años esperando a que el abuelo la espiche y, cuando la espicha, se encuentran todos con que el viejo no tenía un clavo en la libreta de la caja de ahorros.

Pero la pregunta es, en esa Europa que dicen que nos tiene que salvar (aunque solo sea colocando a nuestros parados) ¿Qué piensan de todo esto?

El otro día estaba viendo una entrevista en Euronews. La locutora le preguntaba a un comisario europeo –alemán- qué le parecía de los sustos que estaba dando la economía española al euro maltrecho.

Recibida la pregunta, el señor hizo una pequeña pausa y empezó a decir lo de costumbre, que si el euro no estaba en peligro, que si esto se arreglaba en un pispás y que lo que España tenía que hacer era controlar a sus…A sus…el hombre no pudo evitar una sonrisa despreciativa y dijo, a sus “provincias”. Provinzen.

Y ese sea quizá la peor de las consecuencias: la insistencia malsana en lo local, en nombre de la búsqueda de la “mamandurria” ha hecho de España un país atrasado y provinciano, cutre y estrecho, del que, para colmo, se va lo mejor, lo más preparado.

O sea, después de que parecía que habíamos levantado cabeza, lo de siempre.

Besos de tu tío

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