Noche de tormenta en Viena

Opep
La nueva sede de la OPEP en Viena, actualmente en construcción (A.V.D.)

5 de Julio.- En Diciembre de 1975, esta ciudad se convirtió en el centro de las miradas de todo el mundo.

Pocos días antes de navidad, un comando de terroristas armados, capitaneado por Illich Ramirez (alias Carlos) secuestró a la plana mayor de la OPEP, que se encontraba reunida en una de las sedes que esa organización tiene en la capital de Austria. Las negociaciones, conducidas por el entonces canciller austriaco (el astuto, episcopal y socarrón Bruno Kreisky) llevaron a que Carlos, sus tropa y sus rehenes fueran facturados a bordo de un DC-9 camino de Argel. Lo que en principio Carlos tomó por una escala técnica se convirtió en un ir y venir hasta cierto punto cómico por aeropuertos del Magreb. Esta huida hacia adelante terminó por fin con la detención de los terroristas en el aeropuerto de Trípoli.

Estos hechos son solamente una pequeña parte de los muchos que se narran en Carlos, El Chacal, una película para televisión de siete horas (Director´s cut) que, convenientemente troceada, emitió en España, si no recuerdo mal, el Canal Plus. A la hora de escribir estas líneas, yo he visto solo las primeras tres y media, y tengo que decir que las he visto con muchísimo interés y ya me froyo sobre la segunda parte, que tendré que ver a trozos porque mañana tengo que madrugar y no me puedo quedar, como ayer, hasta tarde.

Carlos, El Chacal, tratando un tema parecido es, para mi gusto, muchísimo mejor que Munich, de Steven Spielberg. Quizá porque el guión es muchísimo más dinámico, porque el tratamiento es mucho menos ideológico y porque el actor que da vida a Carlos, un tal Edgar Ramírez, está a años luz de la inexpresividad del bueno de Eric Bana que es a los actores lo que Kenny G es a los músicos. O sea: una cosa con menos chicha que cinco litros de sopa de sobre.

Mientras anoche caía sobre Viena una tormenta eléctrica que parecía querer presagiar el finde (los tiempos) yo no cesaba de pensar que Chacal se parece a otra histotria, también sumamente amarga, ambientada en los setenta: Boogie Nights.

Illich Ramírez alias Carlos no tenía –no tiene- un canuto de treinta y cinco centímetros escondido debajo de los gayumbos, pero también adquirió una reputación sobrehumana en un entorno, el de las células terroristas de los setenta, forzosamente tan marginal como la industria americana del porno antes de la llegada del vídeo.

Una reputación a la que contribuyó no poco la policía, la cual hizo todo lo que pudo para cimentar la fama de escurridizo de Carlos y a la que también se sumaron sus compañeros de lo que entonces se llamaba “la lucha”, los cuales vieron en Carlos la encarnación de un ángel rojo al que no le temblaba el pulso a la hora de cepillarse a los agentes de Mordor (léase el imperialismo americano y sus palmeros).

Como Dirk Digler, el ingénuo muchacho sin más oficio que el que llevaba entre las piernas, Carlos también hizo lo que pudo para escenificar su propio mito, adoptando siempre que podía un cierto parecido con un Che Guevara de Todo a un Cien (ya se sabe: la boina, la melena con las guedejas choteándose de los cortes de pelo burgueses, el chaquetón de cuero negro de los guerreros proletarios, la perilla y el bigote claruchos y algo ratoneros…en fin: el kit completo).

Y también como Dirk Digler, la estrella de Carlos también empezó a decaer a primeros de los ochenta, cuando la peña se dio cuenta de que el culo de vino que queda en el vaso de la revolución siempre tiene un sabor amargo. Cuando las jóvenes a las que Carlos se tiraba en los apartamentuchos de París se dieron cuenta de que el Octubre rojo cobijaba un poder tan helado, tan inhumano y tan odioso como el que blindaba la Sexta Flota, se jubilaron del poncho, se quitaron las botas altas y se dieron a las alegrías mucho más seguras de la maternidad y del adosado.

Técnicamente, Carlos es una obra maestra de ambientación. La exacta reconstrucción de la vida diaria de los terroristas permite, por ejemplo, conocer sus hábitos y deducir que lo cortés no quita lo cabal. O sea, que pasarse el día entre granadas de mano y cuerpos despanzurrados no tiene por qué afectar a ciertos hábitos civiles. Gracias a las frecuentes escenas de ducha pordemos certificar asimismo que, al contrario que Dirk Digler, Carlos –o el actor que lo encarna- hubieran tenido un porvenir tirando a discretito en la industria del porno.

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